Cotija. Benjamín González Oregel

List of viceroys of New Spain

List of viceroys of New Spain (Photo credit: Wikipedia)

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Español: Don Martín Enríquez de Almanza, Virrey de Nueva España (1568-1580) y virrey del Perú (1581-1583) (Photo credit: Wikipedia)

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English: Viceroy Luis de Velasco Español: Virrey Luis de Velasco (Photo credit: Wikipedia)

English: People in Cotija enjoying the evening

English: People in Cotija enjoying the evening (Photo credit: Wikipedia)

Puebleando Cotija, “donde la garganta está más ensanchada”

BENJAMÍN GONZÁLEZ OREGEL

(Tomado de GUIA, Semanario Regional Independiente, Zamora, Mich., México. http://www.semanarioguia.com.mx)

(Fotos de GUIA. Y de Wikipedia, cuando se indica)

Ha sido tierra de trotamundos y emigrantes

(Primera  parte)

Cotija de la Paz, Mich., —  Hay quien asegura que esta Cotija de la Paz  –que es ciudad tras una visita que realizó, el 23 de abril de 1896, el gobernador del Estado, Aristeo Mercado,  quien  decretó que a partir del 5 de mayo de ese año se le otorgara el título de ciudad, con  el apellido de la Paz–, ha pasado de ser “tierra de arrieros”, a “tierra de emigrantes”, comprobada la fama de “trotamundos” –como la definió el presbítero don José Romero Vargas–,  que con creces han ganado sus hijos, a lo largo de su historia.

Se afirma que el nombre Cotija se originó en el término chichimeca –sin poder comprobar que hayan existido y habitado en esta parte de Michoacán miembros de esta tribu–, cutixani, que quiere decir “lugar donde la garganta está más ensanchada”. Ignoro, como la mayoría de los que aquí habitan, si en el concepto tuvieron que ver las condiciones orográficas del valle, si éste es visto desde lo alto. Si se accede desde la comunidad de San Francisco, por ejemplo, se percibe la intención de que los primeros pobladores de lo que hoy es una próspera población, era la de protegerla, de esconderla; como si hubiesen pretendido conservarla para ellos solos.

De tendajón en tendajón

Con el paso de los años y el natural crecimiento de la comunidad, la palpable escasez  de terrenos fértiles en la cantidad  requerida, forzó a sus habitantes a ganarse la vida por esos pueblos y caminos de Dios. Se cuenta que los cotijenses recorrían comunidades, pueblos y ciudades del Estado y el país. Lo hacían de tendajón en tendajón y hasta de puerta en puerta, con tal de ofrecer sus mercancías. Llevaban, naturalmente,  los productos lácteos –quesos principalmente–, dada la demanda que tenían entre los habitantes de otras comunidades, en viajes tan intermitentes como los eventuales; que eventuales  clientes sugerían y trazaban. Además, recibían encargos y comisiones de parte de quienes requerían de sus servicios.  Esto los obligó a, mediante el cobro por los servicios que prestaban, actuar como mensajeros. Hicieron las veces de carteros. Hoy no son pocos los aquí nacidos que han emigrado, y emigran, a otras ciudades y al extranjero, a ganarse el pan de cada día.

Breve reseña histórica   

Ahora sabemos que durante los primeros años del dominio español, tras la llegada de los europeos al mando de Cristóbal de Olid, este territorio –sobresalía Tacátzcuaro– formó parte de la encomienda de Terecuato –Tepehuacán–, concedida a don Antonio de Caicedo. Y que, una vez concedidos, nombramiento y mercedes al esposo de doña Marina Montes de Oca –primero, y luego al morir don Antonio, de Chávez–, don Melchor Manzo consiguió merced real para la explotación de ganado mayor. Unos años más tarde, el Virrey de la Nueva España, don Luis de Velasco, padre, autorizó que familias españolas se asentaran en el valle, lo que dio origen a una congregación dentro del corregimiento de Tingüindín.

Esto ocurrió antes de  1575 y 1576 –de ser cierta la fecha aquí anotada, fue el virrey Martín Enríquez de Almanza quien otorgó las mercedes, pues gobernó del 5 de noviembre de 1568 al 4 de octubre de 1580–, en un sitio cercano a un cristalino riachuelo que después llamaron el río Claro. En el lugar escogido,  don Melchor Manzo de Corona construyó su casa. Con él llegaron, también, su esposa doña Juana Pérez, así como sus hijos Melchor y Leonor. Además de algunos indígenas, como Juan Alonso, nacido en Tacátzcuaro.

La ganadería, la fuente de vida

Unos años más tarde, entre 1581 y 1595, se establecieron alrededor de esta estancia otros once colonos españoles. Algunos edificaron sus casas y, con perseverancia,  se dedicaron, principalmente, a la ganadería. Al transcurrir  los años y atraídos por el buen clima y la belleza de la zona, se fueron avecindado otras familias españolas, previa concesión de mercedes reales para la explotación de ganado mayor. Para  entonces se le conocía como El Rincón de Cotixa y la estancia de don Melchor Manzo era considerada como la cabecera o centro de las demás. Por esta razón en ella se construyó una primitiva capilla a Nuestra Señora del Pópolo y se hacía los domingos el tianguis.

Como las visitas a la capilla y los domingos de mercado fueron una costumbre, la posición del Rincón cobró importancia. Tanta que, antes de 1730, la capilla de El Rincón de Cotija tenía sacerdote de pie, con sus peros: los bautismos, los casamientos y los entierros no se permitían  en este lugar. Era forzoso acudir a la sede parroquial en Tingüindín, a la realización de estos eventos.

La pureza de la estirpe

Por ese tiempo, los apellidos más abundantes en la nueva comunidad eran: Manzo de Corona, Manzo Pérez, Mendoza, Figueroa, Martínez, Ortiz de Luna, Del Castillo Vargas, Rodríguez, Vázquez, Bermejo, Herrera, Mejía de Figueroa, Oseguera, Torres, Preciado, Galván, Barragán, Zepeda, Valencia, Maldonado, Ochoa, Alcaraz, Barajas, Ceja, Garibay, Gutiérrez, Hernández, Magaña, Morales, Bravo, Díaz, Guízar, Madrigal, Valdovinos, Villanueva, Gaytán, Zaragoza, Degollado, Monroy y Robledo.

Y aunque fueron pocas las poblaciones fundadas por los conquistadores que conservaron en un cien por ciento la sangre española, en toda su pureza, Cotija, criolla desde su origen, luchó con pasión y denuedo por conservar su estirpe hispana.

La tenacidad y empeño de los habitantes de este lugar dieron frutos: en 1759 fue elevado a la categoría de congregación. Consumada la Independencia, pasadas las sorpresas de recibir tanto a insurgentes como a realistas, se instaló en la población, en 1828, un juzgado de primera instancia.  3 años más tarde, Cotija se constituyó en municipio por la Ley Territorial del 10 de diciembre de 1831, y fue adscrito al partido de Jiquilpan.  Más tarde, el desarrollo de su actividad comercial fue suficiente para que, el 30 de julio de 1878, el distrito rentístico de Jiquilpan se trasladara a este lugar. Se le adjudicó el nombre de distrito de Cotija.  Aunque, como cabecera de distrito, solamente duró cuatro meses y medio.

El primer periódico

Por este tiempo, apareció el primer periódico cotijense, El Pacífico, bajo la dirección de su fundador Fermín Mendoza Valencia.  Cuando la centuria número 19, de la era cristiana, llegaba a su fin, en 1896, con la visita del gobernador Aristeo Mercado –quien comprobó que los hijos de esta comunidad luchaban por conservar la paz, por vivir en paz, como Dios manda–, la fortuna volvió a tocar a la puerta de Cotija: el gobernante la decretó ciudad.

La llegada del ferrocarril a esta región –Tingüidín, Los Reyes y Moreno-Guaracha–, afectó la próspera economía de la nueva ciudad. Fue el primer revés en la historia cotijense.

La Revolución

La población vivió su mayor auge en 1910. Desde su fundación, los pobladores prefirieron, siempre, las autoridades civiles y eclesiásticas, por encima de los caudillos que hacían la guerra. Por lo que logró posicionarse como un lugar donde florecían toda clase de virtudes. Aquí se cultivaba y fomentaba la  sapiencia. Prueba de este aserto son el monumental edificio parroquial, que sobresalía en el cuadro donde aparecían las soberbias casonas de los acaudalados hacendados.

Derivado de la burguesía porfiriana palpable, en Cotija  la distinción de clases sociales era muy marcada, a inicios del siglo XX. Ello propició el  florecimiento de algunos de los grandes orgullos que enaltecen la historia de este rincón michoacano. Aunque fue también en ese siglo cuando varios sucesos golpearon a Cotija y dejaron improntas hondas e indelebles.

Cotija se había distinguido por el comercio que registraba la arriería, pero debido a la aparición del ferrocarril la economía de Cotija decayó. No obstante los fuertes capitales de sus habitantes, principalmente las antiguas familias Valencia y  González, lograron regalar a la humanidad un legado que laurea la historia del lugar.

Sin embargo, la historia es dura y cruel. Cotija de la Paz fue devastada por toda clase de atrocidades. La entrada destructora de las hordas revolucionarias del pseudo-villista Inés Chávez García, alias el “Indio”, en 1918 y poco tiempo después la Guerra Cristera en 1924, marcaron la vida de los cotijenses.

José Rubén Romero

Pero hubo gente de Cotija que desempeñó un papel importante en tiempo de la Revolución. José Rubén Romero González (1890-1952), durante su juventud, participó en el movimiento revolucionario de Francisco I. Madero. El joven Romero soñó con ser un héroe, un caudillo, un general invencible pero la realidad fue otra. Tuvo, como militar, pocos enfrentamientos. Sin embargo, su ánimo revolucionario era tan auténtico y legítimo que las tropas enemigas con frecuencia se convirtieron en sus aliados.

Al triunfo del Movimiento Antirreeleccionista, José Rubén es nombrado receptor de rentas de Santa Clara del Cobre. Sin embargo, con la usurpación de Victoriano Huerta, los maderistas fueron perseguidos. Él, huyó a la ciudad de México, donde sufrió la soledad, el hambre y la miseria.

Al regresar a  Michoacán, lo descubrieron y aprehendieron. Un piquete de soldados lo llevaba al paredón y, a punto de ser fusilado, su padre llegó con el indulto en la mano. El doctor  Miguel Silva, gobernador del Estado, lo llevó a Morelia como su secretario particular. Luego, José Rubén desempeñó cargos oficiales y trabajó en el servicio exterior mexicano.

Hoy, la tierra que  vio nacer, crecer, acudir a la escuela, que seguramente le escuchó leer sus primeros escritos, al autor de La Vida Inútil de Pito Pérez, no lo olvida. Una estatua, sobre el boulevard por el que se accede a la ciudad, lo recuerda. Pero es sólo uno de sus muchos hijos ilustres.

(Continuará)

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Puebleando: Cotija es tierra de contrastes. Pero muy hermosa.

(Segunda parte)

Cotija de la Paz, Mich.–   Cotija, que limita al norte con Jiquilpan, al noroeste con Villamar, al este y sur con Tocumbo, al oeste y suroeste con el Estado de Jalisco, es una tierra de contrastes. Esto es evidente cuando se recorren sus anárquicas y serpenteantes calles. Mientras la parte sur del centro de la población está plagada de señoriales mansiones, en los barrios que han crecido luego de la desbandada migratoria y la llegada de muchos de los rancheros que han decidido mudarse a esta ciudad, la vista que nos ofrece la mancha urbana nada tiene de homogénea. Pero eso sí, es muy hermosa.

Similitudes

No sé cuál sea la razón. Pero en cuanto pongo pie en el centro de esta ciudad, las visiones del quiosco y las arcadas de los portales, vistos desde el lado norte de la plaza, desde la acera sobre la que se encuentra el hotel de Don Lupe Vargas, obran el milagro de transportarme hasta el centro de lo que fue el pueblito de Tlalpan, más allá de donde se eleva majestuoso el estadio Azteca; más lejos del punto donde se torcían los rieles sobre los que corrían los trolebuses que unían el Zócalo defeño  con Xochimilco. Precisamente allá donde el Ajusco comienza a elevarse, a cercar, como si quisiera y pudiese proteger la gran ciudad.

A mi mente llegan nítidas visiones, notas y hasta algunos nombres de los temas musicales –un domingo María Greever ocupó buena parte del recital– que, en agradables conciertos, cada domingo, al filo del medio día, la regencia del Distrito Federal ofrecía, desde el quiosco del jardín principal del pueblito citadino, para deleite de vecinos y paseantes. Tal vez, inconscientemente, el corresponsal encuentre similitudes en cuanto a que varios de los accidentes arquitectónicos se dan en ambos casos. Aunque no haya ninguna relación en cuanto a la ubicación de las construcciones: iglesia, quiosco, portales y tránsito vehicular.

Puede ser que todo este embrollo se haya originado aquel día 12 de diciembre, en que mi padre, irredento taurino, me llevó a esta, la ciudad del queso. Sobre el centenario quiosco –tiene poco más de un siglo–, cantaba una guapa mujer, de tez blanquísima. Con el paso del tiempo supe su nombre: María Elena Sandoval –cómo olvidar su versión de Ayúdame Dios Mío, con la que se hizo famosa la cotijense–. Esto sucedió apenas pasado el ecuador del día de la fiesta. Después, antes de que sol se despidiera, allá por el rumbo del sur de Jalisco, tras las escarpadas montañas que rodean a Cotija, acudiríamos a la plaza de toros. Allí esperaban 4 astados –una plaza de madera, de talanqueras, portátil, había sido instalada para la ocasión. Ruedo en el que, seguramente, partió plaza otro de sus hijos predilectos: Mario Moreno Reyes, Cantinflas.

Cuna de cristeros

Pero, hay algo más: siempre que paso por la calle de la entrada, esa sobre la que se encuentra el bello conjunto de construcciones que dan vida y forma a la parroquia, y el Mercado Municipal, mi memoria es asaltada por  aquel día en que, junto a mi padre, nos apersonamos a visitar y conocer a un viejo y muy recordado cristero en mi Santiago querido. Se llamaba José González –igual que el autor de mis días–. Era un hombre alto, enjuto y seco de carnes. Su esposa, doña Dolores Anguiano, una mujer bajita y características parecidas a las de su marido, le acompañaba. Con el paso de los años supe que eran solos. El, por ese tiempo, convalecía tras una intervención quirúrgica realizada en un hospital zamorano. En mi pueblo se recordaba –y creo que mucha gente la recuerda–, la noche en que, gracias a una delación –¡ay mi Santiago querido!, parece que ser delator es una más de las virtudes que han caracterizado a tus hijos. ¿Ya olvidaste el papel que jugó uno de mis paisanos en el caso del subcomandante Marcos?  Razón tenía Alejandro Torres Díaz al señalar esta cualidad–, cazaron y asesinaron a Ramón Aguilar. Junto con él, murió casi toda su escolta y acompañantes.

Sólo escapó José “El Curtidor”. Lo hizo, cubierto por las sombras de la noche y las tumbas del cementeerio, que se ubicaba donde hoy se encuentra un polideportivo, distante unos 200 metros del sitio donde quedaron los muertos. El Curtidor resultó ser el motivo de la visita. Don José y doña Dolores, lo supe ese día, fueron quienes llevaron a la pila bautismal a mi madre. Y fueron de los más apreciados compadres de mis abuelos: Jesús Oregel Vega y María Hurtado Guízar.

Y es que en Cotija se vivió y sufrió, con intensidad, como en pocos lugares del Estado, la Guerra Cristera. Tanto que, toda el área que abarca desde “Los Reyes, hasta el lago de Chapala, que se hallaba en estado de insurrección y reconocía la autoridad suprema de don Prudencio Mendoza” –según escribió Jean Meyer–. Se trató de un general que vio la primera luz en territorio cotijense y que, una vez al frente de tal encomienda, tras su levantamiento en  marzo de 1927, en esta ciudad, pronto dejó ver de qué estaba hecho. Don Prudencio llegó a ser “el jefe de la región por su movilidad y acierto”. Esto quedó plenamente manifestado cuando unos “soldaditos veían entretenidos un partido de futbol, Mendoza atacó a la guarnición de Los Reyes, la derrotó casi sin sufrir bajas e inició una campaña concertada con el alto mando cristero”. Así lo contaron Vicente González Méndez y Héctor Ortiz Ybarra.

Aunque lejos estaba de ser el único. El mismo historiador escribió que tocó a Jesús Degollado Guízar, descendiente de buena familia,  criollo de este rincón, que pensaba ser médico; y quien aseguraba ser descendiente del liberal Santos Degollado, encabezar la organización de la División del Sur, que abarcaba desde este sitio hasta Tepic, Nayarit.

En La Cristiada dio cuenta el también articulista de este semanario,  que estos cristeros combatieron los días 27, 28 y 29 de junio, de 1927, en las cercanías de Cotija, en un lugar llamado El Perico. En ese lugar inflingieron una sangrienta derrota a las fuerzas federales. Los jefes cristeros fueron Jesús Degollado, Maximiliano Barragán y Luis Guízar Morfín. Tras el triunfo los rebeldes se atrincheraron en la población, con 800 hombres. De donde, acosados por los federales, y ante la inminencia de la temporada de lluvias, y la urgente necesidad de hacer la siembra, muchos desertaron. Pero el movimiento era bien visto por la población, oriunda de una población levítica. Ya que, “el alimento no faltaba”, para los sitiados. “De los lugares cercanos nos llegaban gallinas tatemadas, queso, frijoles, leche y tortillas en abundancia”, refirió el famoso escritor.

Pero eso sí, “al anochecer –continúa el doctor Meyer–, los cristeros rezaban El Rosario y, entre misterio y misterio, cantaban salmos; los federales se burlaban de ellos y les respondían con blasfemias”. Además, durante 5 días no dejó de llover. Empero, la situación cambió cuando don Prudencio Mendoza, “llegado como refuerzo, cortó la retaguardia del enemigo, el cual se encontró sitiado a su vez. El 30 dejó de llover y los federales intentaron una salida , empujando delante de ellos a los auxiliares agraristas a culatazos. Los esperaba una emboscada, en la que sucumbieron más de cien soldados. En total, los cristeros recogieron 150 fusiles y 8 mil cartuchos”.

Don Prudencio y El Beato

Además, fue a don Prudencio Mendoza a quien le fue encomendado, por su madre, el sahuayense niño José Luis Sánchez del Río, luego de que el ahora beato, que había nacido en Sahuayo 13 años antes, prometiera sumarse a las fuerzas cristeras. Hay quien escribió que el general, ante la demostración de entereza del adolescente, lo aceptó como parte de su tropa. Sólo te pido que, como  “no llevarás ahora las armas; serás el abanderado de mi grupo. Toma la Bandera de Cristo Rey. Llévala siempre con honor”.

Sin embargo, el 5 de febrero de 1928, mientras se libraba un duro combate en las cercanías de Cotija, cuando el entusiasta abanderado de Cristo Rey infundía confianza y valor a los cristeros con sus gritos de ¡Viva Cristo Rey y santa María de Guadalupe!, vio  que al general Luis Guízar le mataban su caballo. Sin pensarlo, el sahuayense se bajó del suyo y con valor y alegría le dijo: “Tome mi caballo, general, a usted lo necesitamos todos. Yo no hago falta a nadie. Yo sabré cómo arreglármelas”. Horas más tarde, el muchachito  fue hecho prisionero. Llevado a su natal Sahuayo –donde había matado a un par de gallos, molesto porque el propietario de los animales había convertido en gallera la iglesia del pueblo. Este sujeto respondía al nombre de Rafael Picazo. Era diputado local entonces. Se trataba del mismo agrarista que moriría por las balas que Manuel de Cuesta Gallardo le disparó cuando viajaba en el tren–. El niño, en su propia tierra, sería privado de la vida, luego de soportar, con entereza y gallardía, el doloroso martirio.

“Siete puñaladas lo hirieron y mutilaron al borde de su propia tumba. Un tiro brutal de pistola disparado por el capitán, enfurecido por la firmeza del mártir, atravesó su frente limpia; y José Luis cayó y quedó envuelto en la Bandera de su propia sangre, apretando fuertemente el crucifijo de su rosario. Murió en la raya, como lo deseaba”, escribió uno de sus biógrafos.

Cotija es una tierra de contrastes. Esto es evidente, cuando se recorren sus anárquicas y serpeteantes calles.

El Mesón de Tío Román

Pero eso ocurrió durante la tercera década del siglo pasado. Hoy, debemos encontrarnos con mis viejos amigos, allá por el barrio de Gualajarita. El viaje, desde la plaza hasta una de las partes altas de la ciudad, a pesar de la breve distancia que hay que recorrer y la ausencia de vehículos, la hago  entre las  imágenes dejadas por una época que, a pesar del correr de los años, se resiste a morir.

Y cómo no ha de ser así, si unas cuantas cuadras más acá del mesón de don Lupe Vargas, apenas cruzado el puente que hay sobre el río, se encuentra la enorme propiedad que fue de don Román Chávez. Se trata del caserón en el que se encontraba el Mesón de Tío Román, como le llamaban los rancheros que, con el fin de vender el queso de la temporada, o el ganado que no les era costeable mantener, acudían a esta ciudad luego de prolongadas ausencias.

El viaje, además, lo aprovechaban para hacer las compras de alimentos, condimentos e insumos para las planeadas y consabidas  actividades de los meses venideros. Y don Román compraba queso, además de ofrecer a los montañeses hombres del campo los servicios del mesón, para ellos sus bestias y su ganado. Los rancheros de esta región han preferido, desde siempre, la mula que el caballo; lo escarpado de las montañas exige mucho de quien ha osado conquistarlas.

Pero no lo hacía con descuido, o desparpajo. Conocedor, como pocos que era del producto, tenía preferencias. El “parmesano mexicano” de mejor calidad, para él, se producía y añejaba en el rancho de El Aguacate, y las comunidades cercanas. Cuando la mercancía no era de su contentillo, externaba pretextos como: no tengo dinero, tengo mucho, hoy no puedo comprártelo. Pero no dejaba de barrer –con una gran brocha– y limpiar con una limpia jerga, antes de voltearlas,  las cilíndricas, pesadas y aromáticas piezas. Esta labor la realizaba a diario, mientras completaba la cantidad de kilos que había que enviar a las grandes ciudades.

Imposible olvidar a sus hijos: Emilio, Margarito, Samuel y Melesio –sobre todo a  Mele–, a quienes los huéspedes imputaban haber encontrado “una árgana (sic) (un gran cajón) de alazanas”, en el altísimo tapanco de la casa –origen, según contaban los rancheros, de la riqueza de su padre– y quienes, día tras día, recorrían las calles de la ciudad, envueltos en el humo del cigarro, acompañados por una tina, sobre la que ofrecían desde fruta de la temporada –pepinos, mangos y guayabas–, hasta chayotes cocidos, garbanzas  y cacahuates.

    (Continuará)

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Puebleando Cotija, o la delicia del queso que lleva su nombre.

(Tercera parte)

Por Benjamín González Oregel.

Cotija de la Paz, Mich.,–   Al hablar de Cotija, uno entiende que se trata de la ciudad, de esa que fue fundada por la necesidad, la osadía y la ambición de don Melchor Manzo, y de quienes lo siguieron en su aventura. Uno piensa e imagina acerca de la calidad del oro que también ha dado fama a esta tierra –los aretes de alacrán que confeccionan los orfebres de aquí dan plena fe de este aserto–. Olvida, empero, que en los alrededores de esta gran comunidad hay un segmento poblacional por el cual es conocida nacional e internacionalmente: es el que forman los artesanos del queso. Esos hombres y mujeres que, diseminados entre las montañas que rodean y protegen  Cotija, se han preocupado por conservar lo que sus ancestros les enseñaron, les heredaron.

Durante el trayecto desde la plaza hasta el barrio de Gualajarita, apenas enfila el auto con rumbo noroeste parroquial. Una vez traspuestos el sagrado recinto y el área que lo circunda, luego de un breve columpio, la calle se empina. Estamos en el barrio. Desde antes de llegar al sitio acordado, es visible el frente de la cenaduría y miscelánea de Quico, lugar donde espera un grupo de amigos, de viejos conocidos. Con ellos platicaremos. Me acompañan: Rafael Villanueva Ochoa, tablajero; Filiberto Contreras Ceja, maestro, y mi hermano Carlos.

     Pocos cambios en la forma de vida

Minutos más tarde, tras los naturales saludos, cuando la charla con estos hombres del campo, de este rincón michoacano, los que han dedicado sus vidas a la crianza y cuidado del ganado vacuno, se percibe un sentimiento como el que provoca la lectura de estudios, como el realizado por estudiosos del tema, como el que logró la doctora Verónica Oikión Solano, mamá de mi compañero de páginas Ernesto Reséndiz Oikión. Conforme se desgrana la tarde,  confirmamos que las condiciones de vida de estos campesinos poco han cambiado. Los más afortunados pueden darse por bien servidos al poder utilizar el automotor, casi siempre una camioneta pick up, en vez de la mula o el caballo, para transportarse, para moverse de un lugar a otro. Pero esto es posible, sobre todo, para los que habitan aquellas congregaciones que hoy cuentan con caminos asfaltados. La realidad no deja de sobrecogerme.

Son gente noble, pero encastada, dura. En esto, las condiciones y circunstancias en que han crecido y se han desarrollado llevan la delantera. Conforme escucho sus versiones, no dejo de recordar a doña Librada Figueroa de Mendoza y sus largas conversaciones. Mujer madura, cercana a la vejez, cuando llegó, junto con su familia, para formar parte de los habitantes de Santiago. Dura como una roca, entre fumada y fumada de cigarro –lo que me ocasionó alguna reprimenda por parte de una sus hijas, a la sazón mi comadre, ya que, según el esposo de ésta, que es mi primo, mucho habían luchado para que dejara el vicio–, hablaba de estas tierras y de las adversidades que habían de vencerse para poder hacerse vivir. Hoy, en tanto mis contertulios hablaban, la imaginaba con el mecate en una mano, una vara en la otra, mientras arreaba el ganado entre los espinos, sobre esos terrenos áridos y escarpados, bajo un sol abrasador.

     Cuando de aguas hablamos

Presentes tengo las explicaciones que me daba cuando hablaba del mayor de los problemas: el agua. Porque allá arriba, en medio de la sierra, las condiciones orográficas del terreno han forzado a esos valientes a construir represas para la supervivencia de animales y  hombres. Las experiencias adquiridas, transmitidas a sus descendientes, les han proporcionado los medios para no dejarse vencer. Y su ánimo no ha mermado. Se requiere conservar el agua, no permitir que durante la estación de lluvias el producto que manan las nubes corra hasta abajo, antes de sumarse al caudal del río Tepalcatepec. Hay que detenerla, mediante represas. A la represa mayor, donde abrevará el ganado, tras un proceso de filtración del vital líquido, un poco más abajo y cerca de la casa, se construirá un estanque menor, al que muchas veces se conduce el agua que escurre de los tejados durante la época lluviosa; y cuyo contenido se utilizará en las labores domésticas. Un poco más abajo, protegido, como si se tratara de una fortaleza, tras una segunda y más exigente filtración, se deberá acondicionar otro depósito. El agua allí guardada, será para el consumo humano.

     El queso

Durante la estación de lluvias, cuando la familia es numerosa –casi siempre–, algunos miembros del clan se dedican a cultivar maíz y frijol para el autoconsumo. Otros, sin importar géneros, tienen como tarea la ordeña de las vacas. Esto, con el fin de cuajar la leche, para la elaboración del famoso queso Cotija.

Esta modalidad llegó con los primeros colonizadores a fines del siglo XVI, con la llegada de don Melchor. Criadores de ganado –así lo indicaban las mercedes que les fueron otorgadas–, tuvieron que instalarse entre los pliegues de la sierra. Así se ha conservado durante los últimos cuatro siglos, con muy pocos cambios, la tradición quesera y las pautas culturales de esta sociedad ranchera. Se trata de un método de producción familiar. Hoy, no llegan a 200 las familias que se dedican a esta actividad. Se trata de un oficio que si no les reditúa  en lo económico, les exige la imperiosa necesidad de  mantener, enriquecer, antes de transmitir experiencia y tradición a sus retoños.

La tarea no ha sido fácil. Desde el siglo XVIII y sobretodo en el XIX y primera mitad del XX –como antes se ha mencionado–, las piezas de queso Cotija, cien por ciento natural y artesanal, fueron dadas a conocer en el centro del país y hacia el sur gracias a los arrieros de la región, quienes a lomo de mula lo dieron a conocer en casi todo el país. Fue así como cobró su fama este manjar.

El queso se produce a partir de leche entera, sin  adición de compuestos químicos o análogos de leche u otros ingredientes que no sean sal y cuajo. Según la experiencia de los fabricantes, se requieren 10 litros de leche para la obtención de un kilo de queso. El queso Cotija debe tener un mínimo de tres meses de vida dentro del área geográfica que protege la marca, para evitar que productos parecidos, fabricados en otros lugares, aprovechen la bien ganada fama de lo que este rincón madura. El tiempo que marca  el inicio de la vida del lácteo  cuenta a partir del retiro de la prensa cilíndrica que le da su forma. En la parte superior del conjunto, con frecuencia es colocada una piedra, que sirve como tapa mientras presiona la masa láctea.

Añejos y rendidos; de tajo o de grano

Este queso se subclasifica comercialmente por su tiempo de añejamiento y su consistencia. Los hay, añejos, cuando las piezas crucen por los 3 y 6 meses de vida. Rendidos, si las amarillentas y toscas ruedas hayan sobrepasado el medio año, tras su elaboración.

Por su consistencia y características al corte, el productor lo podrá clasificar como de tajo, aquel que no se desmorona al corte y las paredes se mantienen en su posición, debido al menor contenido de sal y mayor contenido de grasa sobre el total de la materia seca. De grano, cuando se desmorona una vez pasado el cuchillo, por su mayor contenido de sal y materia seca. Los hay de medio tajo o de medio grano, condición intermedia entre los primeramente citados.

Primer paso

Falsificaciones y competencia desleal no han faltado, desde hace tiempo, como bien lo advirtió el doctor Luis González y González. Esta situación fue inocultable luego de la llegada de los “expertos extranjeros” que llegaron, sobre todo a San José Gracia –se ha dicho que José Partida García fue el principal impulsor y beneficiario–. Esto obligó a los productores artesanales, dispersos por el Santuario Ranchero de esta parte de la sierra conocida como Jalmich (Jalisco-Michoacán), y que recrean la forma tradicional de elaborar este producto, a luchar  y obtener una licencia de protección bajo la denominación de marca Colectiva.  Pero fue apenas el primer paso. La meta con la que sueñan estos indómitos rancheros es la Denominación de Origen.

La sangría migratoria

En Cotija no tenemos grandes fábricas que proporcionen las fuentes de empleo requeridas. No  contamos con tierras fértiles, como las que se encuentran allá en el valle de Zamora, afirman mis contertulios. Tampoco hay ejidos grandes. Y el agua de la presa de San Juanico la utilizan los campesinos de Tocumbo y Tacátzcuaro, para el riego de las plantaciones de caña. Estas son algunas de las causas de que sean muchos los millares de cotijenses que, obligados, viven en las grandes ciudades: México, Guadalajara, Querétaro; son las que se llevan las palmas, en cuanto a número. Pero son muchos más los que radican y se ganan la vida en los Estados Unidos –Texas y Missouri van en la delantera, aunque no son pocos los que habitan en California–. Pero todos, cuando pueden, regresan a su patria chica. Sobre todo en diciembre.  Entonces, las columpiantes y desiguales calles lucen atestadas de vehículos automotores, como en pocas partes del Estado. Sobre todo si de motocicletas se trata.

Para fiestas, y su cocina

Las fiestas en honor de la Guadalupana son rumbosas. Y si le sumamos que durante la venida de los ausentes suelen efectuarse muchos matrimonios, la cosa sube de tono. Las notas de los mariachis se escuchan a diario. Los centros de diversión no alcanzan y los obradores no se dan abasto.

Porque otra de las características de esta ciudad, es su cocina. Los chicharrones y carnitas son casi tan conocidos como el queso, sobre todo en los grandes centros poblacionales del país. Porque “cuando menos un par de veces, por semana”, los carniceros enviaban estos productos a La Capital. Alguna ocasión fui testigo de la pericia de los tablajeros que, ante la ausencia de sol, para quitar humedad, para medio disecar el cuero –condición indispensable para que los chicharrones sean crujientes y suaves–,  encendieron grandes hogueras con leña de encino y tepehuaje.

¿Y qué decir de la crema, el jocoque, los chongos y demás lácteos que aquí se procesan?, cuando son procesados bajo los métodos tradicionales. Hoy, como ocurre en otras poblaciones vecinas, en Cotija también se industrializa la leche y se obtienen productos que dejan mucho qué desear.

Pero cuando venga a esta ciudad, no deje de darse un agasajo con esas tostadas sin pellejo, las raspadas, con queso de puerco, lomo o hígado adornadas. Son únicas. Inigualables. (Continuará)

Autor:
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Cotija, Tierra de Hombres Ilustres

(Cuarta y última parte)

Cotija de la Paz, Mich., —  Creo que fue a raíz de que el comité encargado de otorgar los premios Nóbel, en Noruega, el Parlamento de aquel país, allá por el año de 1982, que en Zamora –sobre todo en la radio zamorana–,  se emprendió una campaña en la que se afirmaba que Zamora era “Tierra, o Cuna de Hombres Ilustres”. Razones no les faltaban a los zamoranos para cantar a grito abierto el regocijo que  produjo –y nos produjo a los que queremos a esa ciudad como parte de nuestra Patria Chica–,  entre los hijos de Chonguelandia, el hecho de que uno de sus retoños, el más ilustre de todos cuantos han venido a este mundo en Zamora, había sido galardonado con el Nóbel de la Paz, luego de que había entregado toda su vida en la búsqueda de la ansiada paz, como embajador de México ante la ONU –sobre todo tras su excepcional desempeño como representante de México ante el Comité de Desarme de la Organización con sede en Ginebra, Suiza.

La llegada de Salinas, lo más importante

Aunque para los priístas este reconocimiento quedó en el olvido, o pasó de noche, pues si uno lee lo que en los textos de historia que la SEP entregó a los estudiantes de los últimos 3 grados de primaria, años más tarde, el reconocimiento a uno de los impulsores del Tratado de Tlatelolco no alcanzó las notas que le dieron a la llegada a la Secretaría de Programación y Presupuesto de Carlos Salinas de Gortari. Esa, la aparición en la escena pública del hijo del PRI, según los libros de historia, fue la nota más importante y trascendente durante el año del ascenso de Miguel de la Madrid Hurtado. Era secretario de Educación Ernesto Zedillo Ponce de León, durante el mandato de Carlos Salinas de Gortari cuando se publicó esa versión. Además, en tales textos, sólo la premiación otorgada a Octavio Paz, en 1990, fue digna de mención.

A pesar de ser pequeña

Pero si  Zamora y su gente ya echaron en el cajón del olvido aquella frase, Cotija y sus habitantes tal vez la retomen hoy día. Y la presencia del adverbio de duda es porque quizá fue utilizada inicialmente por ellos; y siempre se han valido de ella para recordar los hechos y metas alcanzados por sus paisanos. Igual que los zamoranos, los cotijenses tienen motivos de sobra para ello. De esta ciudad, así de pequeñita como es, han surgido 6 obispos, 4 gobernadores, 2 grandes escritores, senadores y legisladores, además de un nutrido grupo de actores y cantantes. Aquí vieron la primera luz de este mundo: un candidato a la Presidencia de la República, una beata, una Sierva de Dios y un Santo. Muchos son los cotijenses que viven en los recuerdos, en los corazones de los actuales moradores del Rincón fundado por don Melchor Manzo de Corona.

Cierto, desde su fundación, los habitantes de esta localidad se han distinguido por su acendrado catolicismo. Sin embargo, las condiciones en que ha transcurrido la vida de los que habitaron y habitan en este lugar, mucho han contribuido en tal cosecha. Por otra parte, la población que residía y ha vivido a lo largo del siglo pasado y los días que corren, ha dejado huellas imborrables de que el sentimiento religioso ha ganado en profundidad. Así las tradiciones piadosas y el florecimiento de las vocaciones sacerdotales y religiosas ha sido tan productivo que de esta comunidad han salido cientos de sacerdotes a catequizar el país y el extranjero. Tan pródiga ha sido esta tierra en este aspecto, que la diócesis ha puesto en marcha los trabajos para la construcción del edificio en donde quienes aspiren al sacerdocio lleven a cabo el Curso Introductorio del Seminario de Zamora. Las clases hace años se imparten y son varios los grupos que han acudido a los provisionales dormitorios e  improvisadas aulas.

Jerarcas eclesiásticos

Y los recuerdan con tal fervor y veneración que los han divido en grupos, de acuerdo a las ramas en las que han sobresalido. En lo religioso, guardan respeto y veneración por: Francisco María González y Arias, obispo de las diócesis de Cuernavaca y Campeche (1874 – 1946); Antonio Guízar Valencia, obispo de la Arquidiócesis de Chihuahua (1879 – 1971), y hermano del ahora santo; Jos{e Ma. González Valencia, arzobispo de Durango; Luis Guízar Barragán, obispo de Campeche y Saltillo (1885 – 1981), quien llegó a ser decano del arzobispado mexicano; Jesús Sahagún de la Parra, obispo de las diócesis de Tula, Hidalgo, y  la de Lázaro Cárdenas.

Aquí tuvieron la fortuna de ver por primera la mundana luz la beata María Vicenta (Vicentita) de Santa Dorotea Chávez Orozco; el presbítero  Jerónimo Chávez Mendoza párroco de la iglesia de San Francisco, en el municipio de Atizapán de Zaragoza, fundador de una congregación religiosa; el polémico P. Marcial Maciel Degollado, Fundador de la Congregación “Los Legionarios de Cristo”, quien fue sancionado por el Papa Benedicto XVI, pero cuya labor, a favor de la educación, simplemente en Cotija, está fuera de duda: el Centro Cultural Santa María de la Montaña, la clínica Altius, el centro universitario UNID y el CEDECO, sumados a un museo, son pruebas vivientes de esta labor.

Grandes políticos

En lo político, han destacado: José María Mendoza Pardo, gobernador del estado de Michoacán entre 1944 y 1949). Mismo encargo ocupado por los señores  Emiliano Degollado Carranza y  Manuel Bouquet Carranza, pero en el estado de Jalisco. De igual manera, aquí no se olvida que Ismael Mendoza Sánchez, héroe revolucionario, en cuya memoria se adicionó su apellido a la ciudad de Motozintla de Mendoza, también fue gobernador del estado de Chiapas. Él nació  el 28 de enero de 1882 en este bonito rincón michoacano.

Además, don Marcelino Morfín Chávez fue otro político cotijense que tuvo el honor y la responsabilidad de gobernar el estado de Zacatecas, durante el lapso comprendido entre los años 1886 y 1889, en medio de un espacio en que legisló, como senador de la República, entre los años 1889 y 1890. José González Morfín –compañero de páginas–, odontólogo y abogado, ha sido diputado federal, senador y, actualmente, de nuevo diputado federal, vicepresidente de la Cámara de Diputados. Antes había sido diputado en el Congreso local, presidente estatal de su partido y secretario general del CEN panista.

Aquí tampoco se olvida a José María (Chema) Maldonado González. El fue músico y líder sindical. Se desempeñó como secretario de Trabajo del Comité Ejecutivo Nacional del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Música de la R.M. Fue secretario de Educación, Capacitación y Adiestramiento de la Federación de Trabajadores del Estado de México y Secretario General de la Federación de Trabajadores de la Región de Cuautitlán (C.T.M.), Coordinador Regional del Sector Obrero del Partido Revolucionario Institucional (P.R.I.) en los Municipios de Cuautitlán, Teoloyucan, Melchor Ocampo, Huehuetoca, Coyotepec y Tepotzotlán, Estado de México.

En las Artes y Cultura, han sobresalido, además del presbítero don José Romero Vargas como historiador,  José Rubén Romero González, escritor y diplomático; el pintor Gilberto Chávez García –nada qué ver con el bandolero–, así como su hijo Gilberto Chávez González, escritor; los poetas Jesús González Valencia y  Crescencio Galván González, primos hermanos de José Rubén.

Presidente de la Suprema Corte de la Nación y candidato a la Presidencia

Sobresalen, empero, don  Daniel Valencia Valencia, que además de haber sido un destacado  político, fue ministro presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación de 1934 a 1940. Él nació en 1886 y murió en 1948. Más cercano, no se puede dejar de mencionar a don José González Torres, un político que fue presidente del CEN del PAN, antes de abanderar a ese instituto en pos de la Presidencia de la República. Luego, junto a personajes como don Alfonso Méndez Ramírez, Jesús González Schmall, Bernardo Bátiz y otros, abandonaría el partido, porque éste se había apartado de los ideales originales. En este apartado, se encuentra el mimo, Mario Moreno Reyes, Cantinflas, quien, sin haber nacido en este lugar, se dijo, siempre, cotijense. Al menos así lo hizo saber a Jacobo Zabludovzy, quien, el año de 1967, le cuestionó sobre “un rumor muy generalizado de que usted es michoacano”.

–Bueno, el rumor es muy justificado, Jacobo –respondió el mimo–, porque toda mi familia, por parte de mi madre, es de Michoacán, de Cotija de la Paz. Entonces… Muchos hermanos míos nacieron allá. Y, en un viajecito que hizo mi mamá, nací aquí, en Santa María. Pero yo me siento michoacano porque pues toda mi familia es de Michoacán. Y yo también.

El hijo predilecto

Sin embargo, como en todas las familias, en las que siempre hay diferencias y distinciones, el hijo predilecto de esta ciudad es San Rafael Guízar y Valencia, V obispo de Veracruz. El mismo que, según cuentan los viejos, estuvo a punto de morir ahogado en  Orandino. Estanque del que lo rescató su padre. Aquel que durante la Revolufia, vivió en carne propia las distintas fases de la persecución. El que tuvo que huir para conservar la vida al dirigirse, primero, al sur de los Estados Unidos. Desde allí a Guatemala y posteriormente a Cuba. Era el que, desterrado, organizaba misiones cuando recibió la noticia de que había sido nombrado obispo de Veracruz. El anuncio se lo transmitió monseñor Tito Trochi. Recibió la consagración episcopal, el 30 de noviembre de 1919, en La Habana, Cuba, de manos del mismo Trochi.

Misionero, sobre todo

Vuelto a México, ya en Xalapa, prosiguió su interminable labor misionera, a pesar de que la etapa postrevolucionaria no era la mejor para la iglesia católica. Esto lo obligó a esconderse. Lo hizo en la ciudad de México, pero no perdió el tiempo. Se dio a la tarea de organizar y mantener abierto el único seminario de todos cuantos había en la Capital, durante toda esta etapa de la vida de México. Él, poca importancia le daba a enfermedades como la diabetes, flebitis e insuficiencia cardiaca. Nada lo detenía, en su afán por estar cerca y apoyar a los necesitados de todo, sobre todo de la gracia de Dios.

Pero tuvo que volver a salir del país y lo hizo por la senda ya conocida: Estados Unidos, Guatemala, Cuba, a la que añadió Colombia. Y es posible que durante sus travesías, extrañara su tierra y todas las comunidades que se asientan en el territorio cotijense: San Juanico, El Barrio, El Flechero, El Moral, Santa María, Cuameo Grande, San Pablo, El Paraiso de José R. Romero, Las Peñas, El Sauz, La Esperanza, El Paso Los Gallineros, Ayumba, Vista Hermosa, La Resolana, Los Zapotes, Lourdes, El Lobo y La Ladera, si tomamos en cuenta que descendía de una familia propietaria de hacienda y él ofició como hombre de campo, antes de ingresar el seminario de Zamora.

Para que se pueda dar el gusto

2 años más tarde, sorpresivamente se presentó a las puertas de su seminario, en mayo de 1929; cuando éste funcionaba en las instalaciones de un viejo cine que se encontraba en la calle de Mar Mediterráneo, en Tacuba. Para entonces, si  el gobierno federal da muestras de buena voluntad, no lo hacía el gobierno estatal de Veracruz. Especialmente el gobernador Adalberto Tejeda, quien emitió un decreto, conocido como Ley 197, mediante el cual limitaba el número de sacerdotes para atender  a los fieles. De acuerdo con esa norma, en el Estado sería permitido, solamente, un sacerdote por cada 100 mil habitantes. Así que solamente 13 sacerdotes podían oficiar en Veracruz. Esto obligó a los clérigos a radicar en las fronteras de Puebla y demás estados limítrofes y a catequizar en la clandestinidad.

No contento con lo anterior, Tejeda emitió una orden de captura y muerte, contra el obispo Guiar Valencia. Este, al conocer esa orden, decidió viajar, un día después, y apersonarse en la oficina del Ejecutivo, a quien le dijo:

–He venido a demostrarle que soy respetuoso de la autoridad. Usted ha ordenado que me fusilen en el lugar en donde me encuentren. He venido para que usted mismo se pueda dar el gusto de hacerlo y, evitar así, que uno de mis fieles tenga que mancharse las manos, disparando contra su obispo.

El Gobernador no supo qué responder. Y con gran admiración sólo atinó a decir:

“Puede retirarse”.

El 6 de julio de 1938, cuando vivía en la ciudad de México, en una casa contigua a su seminario, sufrió una recaída y no logró recuperarse. Auxiliado por su hermano Antonio, también obispo, murió. Habían transcurrido 70 años desde el día en que su madre lo había traído al mundo, en Cotija de la Paz.

¿Tienen razón los descendientes de don Melchor, cuando afirman de su tierra, ser Tierra de Hombres Ilustres?

Pero hay que venir a conocer y disfrutar Cotija.

English: Foto del centro de Cotija

English: Foto del centro de Cotija (Photo credit: Wikipedia)

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English: Viceroy Martín Enríquez de Almansa Es...

English: Viceroy Martín Enríquez de Almansa Español: Virrey Martín Enríquez de Almansa (Photo credit: Wikipedia)

Cotija iglesia

Cotija iglesia (Photo credit: Wikipedia)

Martín Enríquez de Almanza

Martín Enríquez de Almanza (Photo credit: Wikipedia)

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3 Responses

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