El Platanal, municipio de Villamar. Benjamín González Oregel

Puebleando: El Platanal

BENJAMÍN GONZÁLEZ OREGEL

Las mujeres buscan apoyos para ayudar su economía

Primera parte

El Platanal, municipio de Villamar, Mich., —  La humilde dama me impresiona por su facilidad de palabra. Da gusto escucharla, cuando afirma, sin titubeos, que, para ayudar a la economía familiar, las mujeres del lugar requieren compradores para vender lo que con sus hábiles manos son capaces de bordar. “Yo he buscado mucho ese apoyo, porque aquí hay mucha, mucha necesidad”, señala.

Ubicación e historia

Aquí, no es la primera, ni la única ocasión en que las féminas se aprestan a tomar las riendas para la conducción de la vida de la comunidad. Ya lo han hecho. Tras la muerte de don Francisco Victorino Jasso –un prominente hombre de negocios nacido en Tangancícuaro en 1724 y asesinado durante la Guerra de Independencia, en 1811–, y luego de un largo proceso sucesorio, tocó a su huérfana hija hacerse cargo de la hacienda. “Mucha de su riqueza pasó a manos extrañas, pero la mayoría de sus inmuebles, mediante algunos subterfugios, pudieron quedar a salvo y ser asignadas a algunos de sus parientes. Tales inmuebles salvados fueron, sobre todo, las Haciendas y Ranchos que había adquirido y que lo habían convertido en “uno de los más grandes latifundistas del occidente de la Intendencia de Valladolid’, entre los que se contaban las haciendas de San Juan Guaracha, la de Cojumatlán, la de San Antonio Guaracha, El Platanal y La Mula, y el rancho de El Rincón del Mezquite”, según nos contó don Jorge Moreno Méndez (¿no será pariente de aquellos legendarios terratenientes?).

La Hacienda de El Platanal, sitio que hoy nos ocupa, lindaba, en esos días: “Por el oriente con la de San Antonio Cuesta Colorada; por el poniente con el pueblo de San Pedro Caro y Tierras de Vallejo; por el norte con el pueblo de Pajacuarán y por el sur con la Hacienda de San Juan Guaracha”, según el bien documentado escrito del  chavindense autor del reportaje publicado, el año pasado, por este semanario. Y le fue otorgada, como herencia, a doña María Gertrudis Jasso, hija del sacrificado, previa “licencia de su marido”, el capitán realista don José Rafael de Bustamante, “quien ante Don Manuel Higareda, Alcalde Constitucional de Primera Nominación, se la concedió y prometió no revocar o contradecir esta escritura”.

A ella se le había asignado únicamente la Hacienda de El Platanal y algunos otros dineros –continúa el bibliotecario diocesano–. Esto se debió sin duda al criterio, comúnmente admitido y muy extendido, de que a las muj eres casadas se les dejaba poco en herencia, ya que se suponía que el marido debería luchar por dotarla de bienes y se pretendía evitar el que muchos se casasen con mujeres hijas de ricos, únicamente por el interés de la futura herencia”. Con relación a lo heredado a Doña María Gertrudis Jasso de Bustamante, el acuerdo rezaba de la siguiente manera:“Han convenido en que a Doña María Gertrudis se le adjudique la Hacienda de El Platanal que, aunque tiene en el inventario el valor de 29,220 pesos, seis reales, 20 granos y dos treinta y un avos, por tener presente que, cuando se justipreció dicha hacienda en aquella cantidad, todavía existía un ojo de agua que posteriormente se secó… así por esto y por otros desfalcos que sufrió la Hacienda, la juzgan digna de que se le rebajen quinientos pesos”..

Por lo que se refería a los dineros, se acordó: “En cuenta de lo que le pertenece por herencia paterna de lo que se le resta de la materna, que son 6,100 pesos, un real, seis granos, y de 666 pesos que le quedó debiendo el finado Presbítero Bachiller Don José Benito Jasso, de 400 también que le quedó debiendo su finado padre de unas alhajas que le devolvió y de otros cargos que tiene…recibe la Hda. del Platanal en 28,720 pesos, seis reales, diez granos y treinta un avos”…Y bajo cierta condiciones ”se le dará lo que corresponda de las deudas que no pagan rédito”. Y se hace alusión a cierto conflicto existente en cuanto a límites: “Se le ha de dar posesión de ella, conforme a las actuales posesiones y por el viento que linda con San Antonio, con arreglo a la que se le dio a Don Manuel Esteban de Anaya en el año de 1785 y mediante el cual las Arquillas es término divisorio y, dudando qué puntos de ella sea, se ha de designar por 3 sujetos idóneos mayores de toda excepción y juramentados en debida forma, los que o hayan asistido a la posesión que se le dio al citado Anaya o el avalúo que hicieron Don Joaquín Guzmán y Don Cristóbal Zepeda en el año de 1871”.

Martirio, tormento

Por lo que se ve, lo que el visitante percibe, la vida de los habitantes de esta comunidad villamarense tiene mucho en común con la visión que describió el polaco Ryszard Kapuscinski, en la presentación de su libro Ébano, cuando aseguró que la vida de los nómadas y campesinos africanos es “un martirio, un tormento que, sin embargo, soportan con una tenacidad y un ánimo asombrosos”.

Esta comunidad está edificada sobre  las faldas de un par de breves, parceladas y macizas colinas en las que no se ven más que rocas, a más de las casas. Se adivina que  los fundadores del casco  buscaban, al construir el casco, más que nada, la placidez que brindaba el poder apreciar buena parte del amplio valle que se extiende hacia el sur, oriente y poniente de la inmensa propiedad, entonces,  que fue de las familias que sucedieron, como propietarias del latifundio de Guaracha, desde la del zamorano Pedro de Salceda, hasta la de los Moreno Jasso. Además, hoy comprobamos que el problema del agua no ha desparecido, “porque el ojo de agua ya se nos secó, sobre todo en tiempos de secas”, luego de 142 años, pues doña Gertrudis recibió la herencia en 1871, en los calendarios previos a la llegada de don Porfirio; el oaxaqueño que gobernó al país durante casi 3 décadas, y que llegó a ser compadre del sobrino de la heredera, y posterior propietario del latifundio, Diego Moreno.

Hoy, los moradores de este lugar medio satisfacen las necesidades del líquido, al extraerlo de 2 pozos profundos. “Aunque tenemos otro ojo de agua, allá en La Carámicua –las tierras del ejido–. Ese sí está dando su agua”, asegura doña Lucía Maravilla, que tal es el nombre de la mujer. Pero, precisa: “Es un problemón esto del agua. Aquí, en este barrio –unos metros a la izquierda del casco–, la gente batalla mucho para obtener el agua. De hecho, fíjese como está aquella señora, apartando su agua. Nomás nos dan agua como una hora y media, por día. Le aseguro que esa mujer nunca ha llenado su aljibe, porque no hay agua. Cae muy poquita”.

Cuenta, empero, que el actual presidente del municipio, Froylán Zambrano López, que es originario de esta comunidad, “ha querido ayudar mucho” en este aspecto. “En varias ocasiones ha querido mejorar el servicio. Desgraciadamente, la gente,… Como que somos medio atenidos. Queremos que todo se nos haga gratis”, dice punzante.

De moldes a moldes

Una hipótesis de Kapuscinski, a quien se ha catalogado como el mejor reportero del siglo (pasado), dice que si “nosotros moldeamos nuestro paisaje, él moldea los rasgos de nuestros rostros”. La aseveración aquí tiene cabida. Hacia el norte, rumbo a Pajacuarán, sólo rocas y resequedad se adivinan. El visitante, lógicamente se siente extraño. Y esto lo atormenta. Incómodo, un cierto temor le molesta, y teme ante la ausencia de  satisfactores que han formado parte de su vida diaria. Recela por los insectos, por la falta de agua,… Al contrario, los habitantes de aquí se mueven como siempre: tranquilos, con naturalidad. A la espera de unas lluvias que se avistan lejanas. Para ellos, cocinar y comer a la sombra de un árbol, así se trate de un nopal, en el corral de la casa, es lo más común. Esta tarde, una familia lo hace por la falta de efectivo para cubrir el costo del cilindro de gas. Para esto, hay que trabajar 3 días. Y trabajo no hay.

El estado actual, visto desde afuera

En la actualidad, la fachada del casco de la hacienda luce bien, en su planta baja. Arriba, más o menos a la mitad de la larga arcada que da vida a los portales, sobresale una parte que le fue adicionada al modelo original. Se intentó conservar el estilo, pero el material con que está hecha delata que se trata de nueva construcción. Dentro de lo que ocupó la casona de la hacienda, allá, al fondo, se observa el nuevo edificio eclesial; al que se accede a través de un corredor –formado por las bardas originales y el verde de las plantas que hay en el amplio patio–  que cruza el caserón. Sobre el ala izquierda –visto el conjunto desde la plaza del lugar, tan desolada como toda la ranchería–, se alza, altiva, la capilla donde los hacendados acudían a los actos litúrgicos que presidía el sacerdote encargado para el caso.

La capilla, dedicada a San Diego de Alcalá, es objeto de reparaciones, bajo la batuta y dirección del párroco don Rafael Anguiano. Sobre el retablo –que da la impresión de estar revestido con yeso, pero que nos recuerda al gótico, quizá inglés–, se encuentra la imagen del patrono del lugar –¿será la que mandó traer don Diego Moreno de España?–, y cuya festividad se celebra el 13 de noviembre. El piso del recinto se ve muy bueno, a pesar del paso del tiempo. 14 bancas de madera, acomodadas sin mucho cuidado, con poco orden, indican que en el sitio se trabaja, a pesar de que es utilizada por los fieles y el pastor.

Se ha preocupado por la conservación

El padre Rafael  se ha preocupado  con el fin de conservar lo que queda de la hacienda. Él tiene mucho tiempo aquí con nosotros, a pesar de que había estado un periodo antes. Lo cambiaron. Pero volvió con nosotros. Se trata de un sacerdote muy activo, que le gusta cuidar todo este tipo de construcciones. Lejos de perjudicar, le gusta arreglar lo que puede. Él quiere que no se pierda lo que fue de la hacienda, afirma doña Lucía. Quizá el tema lo trae a la plática por el supuesto problema en que un grupo de inconformes quiso meter al sacerdote. Y quien, supuestamente impidió que un grupo de profesores, que trabajaba en esta localidad, que dormía en lo que fue parte del casco de la hacienda derrumbó un par de habitaciones de la centenaria construcción.

Tal vez parte de lo destruido haya correspondido al espacio que debió ocupar la tienda de raya. Puede ser que el punto más alto del espacio en donde ahora funciona una telesecundaria, haya sido la atalaya desde donde los miembros de la seguridad de la hacienda vigilaban la presencia o llegada de los forajidos. El asunto se enredó cuando los docentes intentaron reconstruir de cualquier forma. Esto es visible al ver los restos de lo renovado. El párroco, cuentan los fieles, ha pretendido rehacer conforme al estilo original. Sin embargo, la presidenta de la sociedad de padres de familia, de ese tiempo, no lo dejó, con el argumento de que el sacerdote quería apropiarse del inmueble. Lo cual era mentira, el sacerdote quería reconstruir lo derrumbado, precisa.

Chozas, el peonaje

Si se observa el conjunto de la población, desde una parte alta, el breve centro de la mancha urbana, sobre todo a la derecha del conjunto hacendario-eclesial, da la impresión de estar densamente edificado. Sobresalen las casas más ostentosas, las de 2 o más plantas. Sin embargo, la realidad, necia como es, es distinta: es más alto de porcentaje de terrenos baldíos, sin construcciones, que el espacio que estas ocupan. Hay muchas viviendas muy  humildes. Desde lo alto, son visibles aún  chozas, dentro de los bardeados lotes. Esto nos recuerda que no ha mucho tiempo, aquí se vivió y sufrió el peonaje.

Cuando se camina por los anárquicos y serpenteantes callejones, la mayoría cubierta con concreto hidráulico, pero sin banquetas, el transeúnte puede y debe mezclarse con los vehículos, automotores y bicicletas; aunque esto es muy remoto, dado el poco movimiento que hay. Porque la población poco sale, no se deja ver. O es tan pocos que se puede afirmar que campea la soledad. Puede ser que este día, por la hora, cuando el astro rey hace de las suyas, los vecinos prefieran protegerse bajo la sombra de sus techos. Podrá tratarse de esa incesante sangría migratoria que tanta desolación ha dejado a lo largo y ancho de buena parte de este país.

Contrariamente a lo esperado, el ganado, que suele apoderarse y recorrer a sus anchas cualquier callejón o calle de estas poblaciones, tampoco se ve; aunque sí forma parte activa de la economía local. Los hatos ganaderos –más caprinos que bovinos–  pastan en las niveladas parcelas,  en los terrenos comunales; y abrevan en estanques apropiados, en el ejido.

Las tierras del ejido, generalmente producen maíz, sorgo, trigo y un poco de garbanzo. Por experiencia, mínimas han sido las inversiones en otro tipo de cultivos, porque, “como tenemos mucha necesidad, cuando siembran cosas como melones, la gente se mete y toma lo que puede”.

Don Diego

Con algo más de mil hectáreas, según los datos existentes de cuando se dio el reparto agrario. El ejido de La Carámicua, hasta donde se sabe, no requirió, como la inmensa mayoría de las tierras a repartirse, de grandes pleitos y peores riñas, en las que no faltó la sangre. Según los campesinos, pocos saben quién encabezó el movimiento agrarista del lugar. Seguramente no faltaron las huestes cardenistas –de don Dámaso: los Picazo de Sahuayo, los Méndez y los Franco Rodríguez de Pajacuarán–. Han oído, los actuales pobladores, que fue don Diego Moreno, “el señor que vivía en la hacienda y que se fue a vivir a Guadalajara, quien heredó este terreno al pueblo. No le sé decir más”, señala un hombre de rostro tan curtido como las piedras.

No falta el que aventura y dice que el ex gobernador dejó sólo la iglesia –en realidad la capillita del casco de la hacienda–, para el pueblo, porque antes fue un lugar exclusivo de los dueños. Para la peonada  había otro lugar. Y fue hasta la llegada del padre Javier –de quien sólo saben que se encuentra enfermo–, al que siguió el padre Ricardo Loera, que se  inició la reconstrucción de la casa de la hacienda. Pero, ¡ojalá estuviera el padre para que le diera chanza de ver lo bonito que tiene adentro! –y la cara de la señora se ilumina, orgullosa.

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