La Luz. Benjamín González Oregel

Puebleando La Luz, un pueblo que se debe a su campo, pero conserva el nombre de la hacienda

BENJAMÍN GONZÁLEZ OREGEL

(Tomado de GUIA, Semanario Regional Independiente, Zamora, Mich., México

http://www.semanarioguia.com.mx )


La Luz, Mpio. de Pajacuarán, Mich.–   El nombre de esta comunidad, ahora pajacuarense, es propio, lo hereda de su pasado. Así se llamaba la hacienda sobre cuyos cimientos se levanta; la hacienda de La Luz. Sin embargo, hasta nuestros días ha llegado la versión de que el primer nombre con el que se conoció el complejo de lo que fue una gran hacienda, fue el de La Culata. Porque en ese tiempo las aguas del lago de Chapala llegaban  y cubrían parte de la montaña sobre la que se recarga el actual caserío. El agua y los promontorios que salían figuraban  una  culata de las armas largas existentes en los primeros calendarios del siglo XVIII.

Y como las ansias de sobresalir no conocen fronteras, según cuentan los lugareños, no han faltado quienes aseguran que el lugar es conocido con esta nominación debido a que fue uno de los primeros conglomerados urbanos en contar con el servicio de electricidad en la ribera del Lago de Chapala y quienes salían o la habitaban, para distinguirse de los demás, solían decir, ya que era tomada como punto de referencia por la gente de los alrededores: allá por la luz; cerca de la luz; voy para la luz; vengo de la luz; refiriéndose a la luz como los focos o luces que se veían a la distancia por las noches. Esto debió ocurrir –lo del servicio de electricidad–, en los inicios de la década de los 40´s del siglo pasado. Porque este sitio fue  lugar de paso para comerciantes que viajaban hacia Colima en busca de sal para abastecer a algunos estados del centro del país. La carga se transportaba al lomo de caballos, burros, mulas.

El Duero y el agua

Lo cierto es que la hacienda de La Luz, contrariamente a lo que otros piensan  se conoció con tal denominación desde mucho antes de la mitad de la centuria mencionada. Con certeza se sabe que perteneció al señor don José María Méndez y que abarcaba unas 6 mil 119 hectáreas de fértiles terrenos, aunque con el inconveniente de que se anegaban, año tras año, durante la época lluviosa, debido a su cercanía con lo que era el último tramo del cauce del río Duero, que desemboca en el lago natural más grande e importante del país.

Sobre esto, la doctora Brigitte Boehm Sch. escribió que “la hacienda de La Luz entarquinaba de 700 a 800 hectáreas con aguas del río Duero para el cultivo de trigo, maíz, caña y pastos. Para 1926 esta superficie estaba divida en cajas que iban de 293.90.00 a las 61.16.00. Debido a su tamaño los bordos de tierra que rodeaban las cajas tenían una altura que variaba entre 2 y 2.5 metros sobre el nivel del suelo”.

Señaló que “la formación de los ejidos de Pajacuarán, Pueblo Viejo y San Pedro Caro después de terminado el conflicto armado impactó de manera indirecta a la práctica del entarquinamiento en la hacienda de La Luz. Antes que se efectuaran las obras de disecación de la Ciénega de Chapala, el río Duero descargaba sus aguas sobre lo que hoy es el ejido de Pajacuarán, por lo que estas tierras no podían ser aprovechadas por estar siempre cubiertas por el agua”.

Además, “en años abundantes, los sobrantes de las lluvias de las tierras de La Luz y otras más se depositaban en el bajo de los ejidos” antes mencionados. Según las investigaciones de la Doctora, estos terrenos llegaron a “recibir hasta 20 millones de metros cúbicos” de tales excedentes.

Los Cárdenas

Es seguro que aquí, con las tierras de la hacienda, como sucedió en toda la región de la Ciénega de Chapala, el movimiento y reparto agrarios estuvieron a cargo de los Cárdenas del Río, del general Dámaso Cárdenas, cerebro del grupo del que formaron parte individuos como los hermanos Picazo, de Sahuayo, Baltasar Gudiño, Ignacio Chávez y Enrique Bravo Valencia, de Jiquilpan, Bernabé Macías, de Venustiano Carranza,  Jorge Méndez y David Franco Rodríguez, de Pajacuarán, así como la familia Bravo de Briseñas.

Esto forzó la aparición  de grupos caciquiles en la región  y, entre los habitantes de la región, aún son motivo de pláticas y comentarios las atrocidades y desmanes cometidos por los grupos encabezados por estos personajes. Se escuchan, todavía, relatos en los que, asesinos confesos y convictos, de opositores y críticos de tales asociaciones, fueron liberados por órdenes del jiquilpense hermano de La Efigie –como también se conoce al Expropiador.

Empero, si uno trata de conocer a cabalidad quién, o quiénes fueron los encargados locales del reparto agrario, por toda respuesta se escucha: “Mi padre me decía que el que repartió la tierra fue Don Lázaro”. Con una singularidad: en este lugar no hay nada que recuerde al General. No se ve ninguna estatua, ningún busto. Nada.

Feraces tierras

En la actualidad los más viejos, los ancianos del lugar, recuerdan haber escuchado los relatos de sus padres y abuelos acerca de la feracidad de los terrenos que sostenían y enriquecían a los  miembros de la familia Méndez, hasta antes de la “inundación de 1926”. Lo que relatan, hoy, los viejos, es que hasta antes de ese año, el hacendado solía volver al pueblo, en tiempos de cosechas, “en un carro muy bonito, con llantas delgaditas y rines de madera”. Ordenaba que las semillas fuesen llevadas a Vista Hermosa, a las trojes de la hacienda El Molino. De donde las embarcaba a la ciudad de México. Y si por esos años se sembraban maíz, trigo y pastos, hoy, las feraces parcelas producen fresa y algunos vegetales y tubérculos, en abundancia. Sobre sale, sin embargo, la fresa, en cuanto a monto y rendimiento económicos. Esto sucede desde la década de los 60´s del siglo pasado.

–Pero estas tierras son tan buenas, que la semilla que usted les ponga, habrá de producir –afirma un recién llegado emigrante que vacaciona en su tierra.

–Gracias a la fresa –tercia José Luis, el joven vendedor de elotes asados que suele instalarse y ganarse la vida frente a la iglesia, con la venta de las tiernas mazorcas–, aquí siempre hay trabajo. Un jornalero gana 150 pesos, por una jornada que empieza a las 7 horas y termina 360 minutos después.  Aquí, sólo el flojo, el verijón –como yo, dice entre sonoras carcajadas–, no trabaja. Porque trabajo, para los hombres, hay diariamente.

Existe, además, otra singularidad entre los hombres del campo lucense  –¿Será éste el gentilicio de los hijos de esta población?–. Una vez que las matas de fresa no producen, es común que el terreno y surcado de las plantaciones sean reutilizados: siembran maíz, con estaca como utensilio para abrir el terreno, entre planta y planta. Con este método, los agricultores aprovechan, al máximo, los nutrientes que no han sido absorbidos por la fresa, y obtienen buenos dividendos.

Gracias a la fertilidad y necesidad de mano de obra, esta comunidad se ha dado el lujo de haberse convertido en el nuevo lugar de residencia de muchos trabajadores del campo que han acudido a esta localidad en busca de una oportunidad, y se han quedado a vivir.

El quiosco, como oficina

Visto desde el camino que la une con la vecina Los Quiotes, el caserío parece temer, si sube –y es el mejor destino si se quiere conservar lo cultivable–  a la empinada montaña,  sobre la que se adivina una adornada cruz, al oriente de la población. El rostro que ofrece la comunidad, una vez dentro, es el de un pueblo en movimiento. No tanto como el de una ciudad, pero sí mayor al que se observa en otros lugares cercanos. Sus calles, recubiertas de concreto hidráulico aparecen limpias, en su mayoría.

La plaza, de regular tamaño, cubierta con adoquines, luce unas jardineras atendidas sin mucho celo. Llaman la atención, empero, un conjunto de altos cipreses que, por visto, intentan competir, en eso de la altura, con la torre eclesial,  y el quiosco. Este, como si sintiera vergüenza, como si intentara esconder una función para la que no fue construido, luce en uno de sus lados un letrero en el que se lee: Jefatura de Tenencia. Imagino la oscuridad y calor que hay en ese cubil, bajo la plancha de concreto.

“Le pido que tome una fotografía de esto”, solicita un lugareño, ante la presencia del corresponsal. “Es una vergüenza como nos tienen nuestra autoridades municipales –continúa–. Durante la campaña electoral se le solicitó (un espacio digno). Él se comprometió a construirlo. Se trata de la principal tenencia del municipio. Y vea cómo nos tiene”, señala el inconforme ciudadano.

Comercio

Pero, por otra parte, para el tamaño de la población, es grande el número de establecimientos comerciales que se advierten. Se ven grandes tiendas de agroquímicos –y cómo no, si la agricultura es la vida del pueblo–. Hay zapaterías, paleterías, misceláneas, papelerías estéticas y gasolinera.

Sin embargo, cuando se trata de compras mayores, importantes, las hacen en Zamora y Sahuayo. Si es necesario, hacen el viaje a Pajacuarán. Esto ha sucedido desde que cuentan con buenas vías de comunicación, caminos asfaltados.

La iglesia

Mediaba el siglo XIX cuando el hacendado, el señor José María Méndez –y tal sus descendientes–, se dieron a la tarea de construir la capilla de la hacienda. Se le conoce como el Templo Chiquito –hoy se anuncia como la Capilla del Santísimo–, y se encuentra en parte trasera y a un costado de la nueva construcción. Como todos los inmuebles de su tipo, se nota el buen gusto de los hacendados tenían, en este campo.

Hay una nueva iglesia, la parroquial, levantada en los terrenos en los que se ubicaba el casco de la hacienda. Dedicada a la virgen de Guadalupe, patrona del pueblo, los primeros trabajos corrieron a cargo del santiagueño presbítero don José Cortés Medina, miembro del trío sacerdotal del que formaron parte sus hermanos Alfonso y J. de Jesús. Alfonso, líder nacional de la ACJM, murió en ese encargo, a temprana edad. Jesús, fue fundador del famosísimo coro de los Niños Cantores de Monterrey.  La obra, de tabique y concreto armado, iniciada por el padre Cortés, la continuaron los presbíteros Mosqueda, Juan Talavera, Gerardo Aviña y Gonzalo Farías.

El interior, lleno de luz, como es la mayoría de las nuevas edificaciones, termina en un retablo recubierto de loseta de cantera, en el que sobresalen la Patrona y un gran Crucifijo. Llama mi atención, en uno de los costados, una fotografía de un viejo y querido conocido, el padre Gumersindo Moreno Salas, muerto prematuramente, hace años. En una placa, colocada en la parte inferior de la foto, se puede leer: “En recuerdo al compañero que, como buen maestro, tuvo por lema: humanizar y personalizar”.

En el espacio del casco se observan, además, la notaría parroquial, el curato y hasta un colegio que, posiblemente, sea dirigido por religiosas.

Personajes ilustres

Esta comunidad, pequeña en cuanto al número de habitantes, puede sentirse, se siente, orgullosa de haber sido la cuna de 3 obispos. Ellos son: Don Ramón Calderón, obispo de Montemorelos, Nuevo León; don Jaime Rodríguez, obispo de Cuernavaca; y don Alfonso Cortés, al parecer recientemente nombrado arzobispo de León.

Además, no se olvidan, sino al contrario, de don Salvador Ávalos, párroco de El Cerrito Colorado. –¿Lo has oído predicar?  –me pregunta mi interlocutor–. Cuando estuvo aquí –aquí nació el sacerdote–, y citaba para la Hora de Adoración a los jóvenes, se te pasaban así –y truena los dedos–, las 2 ó 3 horas que duraba la ceremonia. Pero ya pronto lo tendremos aquí –se consuela.

De Gumersindo poco hablan, pero no olvidan.

De festividades y platillos

Cuentan Lupita Salazar y Mónica Zárate, que los platillos que suelen servirse durante las fechas grandes, son la carnitas y el mole, de cerdo, o pollo, guarnicionados con la sopa de arroz y los frijoles refritos. Y que esto suele suceder durante las festividades del 12 de enero, día de la Virgen de Guadalupe, fiesta parroquial. A la que se preparan con peregrinaciones, misas  solemnes y serenatas. A ellas acuden católicos de Los Quiotes, Valenciano, La Higuera, así como los barrios de Guadalupe, San Isidro, San Francisco, El Calvario y la Santa Cruz.

Imposible que, en una parroquia a la que asisten campesinos agricultores, se olvidasen de San Isidro Labrador. Y cada 15 de mayo, los hombres del campo le organizan su romería.

Cae el sol a plomo, quema. Es hora de partir. Pero uno de mis interlocutores hace esta invitación a los lectores de GUIA: ¡Vengan, visítenos! Porque con la conversación pueden nacer ideas. Y nosotros podemos luchar para convertirlas en realidades, a favor de nuestros pueblos.

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