Tacátzcuaro, Tierra Bermeja, según los purhépecha. Benjamín González Oregel

Puebleando Tacátzcuaro, Tierra Bermeja, según los purhépecha

BENJAMÍN GONZÁLEZ OREGEL

Tacátzcuaro, mpio. de Tingüindín, Mich.–  Escribió el escritor y presbítero cotijense, don José Romero Vargas, autor de la obra “Cotija, tierra de trotamundos”,   que “la historia de Tacátzcuaro, antes de la llegada de los españoles, está completamente ligada a la de Chucandirán y Tingüindín. Fue algo así como una ranchería de nuestros días, aunque se le daba el nombre de pueblo. En 1579 se dice que pertenecía a Chucandirán y para 1581 ya era jurisdicción de Tingüindín.

“En el informe levantado en Jiquilpan por don Francisco Medinilla Alvarado sobre los pueblos de su comprensión se hace constar que Tacátzcuaro “está sujeto a Chocandiran” que su nombre “quiere decir: tierra bermeja”; que su vecindario lo forman “quarenta hombres” sin señalar el número de mujeres y de niños y que “está sentado en tierra llana, junto a una laguna que terná tres leguas en redondo, donde los naturales matan cantidad de pescado blanco”.

De tangaxoan II

“Se cree que antiguamente –continúa el P.Romero–  la extensa faja de tierras que hay entre los municipios de Tingüindín, Michoacán,  y Quitupan, Jalisco, a uno y otro lado de las lagunas de La Guadalupe, San Juanico y La Magdalena, pertenecía a los Monarcas Purépechas. Tacátzcuaro estaba en esta propiedad. Esto se saca de dos documentos: uno lo cita don Ramón Sánchez en su Bosquejo Estadístico e Histórico del Distrito de Jiquilpan de Juárez y el otro se conserva en el Archivo General de la Nación. Por el primero se sabe que “el 16 de mayo de 1599, el Corregidor de Chucunadirán-Tingüindín, don Gazpar de los Reyes Medina, a pedimento del R.P.D. Francisco Ramírez, Rector del Colegio que tuvo la Compañía de Jesús en Pátzcuaro, se levantó una información sobre los terrenos que poseía dicho Instituto Religioso en la hacienda de La Magdalena y sus anexos. En él tomaron parte “personas de mucha edad” y, bajo juramento, declararon “que varios terrenos situados en Sumbimito, Uraterotiro, Guaramacuaro, Caraparao y otros puntos inmediatos pertenecen en la actualidad a La Magdalena, ya que eran propiedad particular del Caltzontzin (Tangaxhuan II) y de sus abuelos”.

     Herencias, y herencias

Pero éste fue sacrificado, “con crueldad e injustamente”, por Nuño de Guzmán. Entonces, los bienes antes descritos pasaron a manos de sus herederos legítimos. Uno de ellos, su hijo don Antonio Huitzimengari “al hacer su testamento en Pátzcuaro, de donde era Gobernador, el 13 de septiembre de 1572, dejó de universal heredero de sus bienes muebles y raíces a su hijo don Pablo”. Éste testó, el 17 de abril de 1577, “dejando la quinta parte de su bienes muebles y raíces a doña Mariana Ábrego, su esposa, y el resto a su hijo póstumo por creer que doña Mariana quedaba en estado interesante”. De no ser así, “le dejaba a su mujer la tercera parte y lo demás a su madre doña María Maracuesco”.

La mujer de don Pablo murió al poco tiempo y cedió todos sus bienes a su madre doña Beatriz de Castilleja.

La viuda de don Antonio Huitzimengari, doña María Maracuesco, casó por segunda vez con Juan Puruata, quien al fallecer la Maracuesco, heredó los bienes de la difunta. Soltero, Puruata rehizo su vida con Juana de Garfias, quien, a la muerte de Juan, éste testó a favor de  sus hijos. Juana fue la albacea. Finalmente, estos bienes, como los de Beatriz de Castilleja, fueron vendidos al rector de los Jesuitas, Francisco Ramírez. Pequeñas porciones las adquirió don Juan del Barrio y lo que sobró fue adjudicado a favor de los indígenas de Tacátzcuaro y Chucandirán-Tingüindín.

La Compañía de Jesús

La Compañía de Jesús quedó como dueña de todas las tierras que pertenecieron a los monarcas Purépechas, porque años más tarde adquirieron, también, las porciones que habían sido entregadas a los naturales de los pueblos mencionados. En el segundo documento, que es muy extenso, se confirma lo antes escrito.

En una petición, realizada por la Compañía, ante la Real Audiencia, se daba cuenta que el Colegio de Pátzcuaro tenía “una hacienda de ganado mayor llamada La Magdalena y otra labor llamada Tarita”. Una y otra “con sus sitios, ranchos y agostaderos”. Además, otros 3 sitios y 4 caballerías de tierra,  todos cercados “como lo están con sus casas y corrales… Están a orillas de 2 lagunas, cercados por  una parte de las mismas lagunas y de la otra (por) unos cerros altos”. Hay otra estancia de ganado mayor a orillas de la laguna de Quitupan y un sitio de ganado menor con 2 caballerías de tierra de riego, lindando “otras de Alonso Vázquez en la cabeza de la laguna, junto al río de Quitupan”. Por otra parte “las tierras de San Pedro Uretío con todo lo que les pertenece hasta Tacátzcuaro”. Todo esto por el lado norte de las lagunas de La Magdalena y San Juanico, siguiendo hasta la laguna de La Guadalupe, exceptuando lo que pertenecía a don Juan del Barrio.

Por el lado sur de la laguna de La Magdalena o de Tacátzcuaro, son tantos los puntos que señala que, “comenzando desde Tocumbo y entreverándose entre las mercedes y caballerías de tierra concedidas a los colonos españoles, llega casi a Quitupan”. Entre las tierras donadas a españoles está una porción que linda con “las casas en que solía vivir Francisco Manzo”, otra, “en lo de Xaripitío junto a Nicolás Ruíz con las caballerías que tiene” y otra por el “sitio de ganado mayor que tiene”.

Por todo lo antes conocido, podemos afirmar que los virreyes nunca se preocuparon por conocer si los actos reclamados por los europeos perjudicaban a los nativos. La manutención de los jesuitas estaba por encima de los dueños originales de las tierras. La prueba más clara se dio con la repartición de las mercedes a don Melchor Manzo de Corona y de su hijo Melchor Manzo Pérez, de don Juan Mendoza y don Juan del Barrio.

Por eso, a los indígenas de Tacátzcuaro les quedaron pocos terrenos, y éstos se encontraban al norte y suroeste de su población. En 1591 se quejaban, amargamente, al Virrey de los muchos perjuicios que recibían, de los ganados: mayor y menor, propiedades de los españoles, principalmente por parte de los pertenecientes a don Melchor Manzo. Pero también tuvieron dificultades, por los linderos, con Alonso Vázquez Bermejo y Juan del Barrio.

Migración y fuentes de empelo

Hoy en día,  la forma de tenencia de la tierra abarca los 3 estados: Ejidal, pequeña propiedad y comunal. En lo civil, social y cultural, el destino de Tacátzcuaro ha caminado el mismo sendero de Tingüindín. Cuentan los moradores que esta comunidad es muy tranquila. “Ahorita, casi ni borrachitos vemos por las noches”, indica doña Cecilia Godoy, una joven mujer que se ayuda, en lo económico, con la venta de hielo raspado y frutas, sobre una de las banquetas de la calle de la entrada a la tenencia.

El rosto que ofrece el poblado es bueno: sus calles limpias y anárquicas, están recubiertas con concreto hidráulico, a pesar de que hay tramos en los que se nota quebrado por la ausencia de mantenimiento. No faltan los espacios desprovistos de empedrado o cemento. Pero esto se ve en las orillas. Sin embargo, se nota que hay 2 Tacátcuaros: el del centro, con sus hermosas casas de adobe y tejados de 2 aguas, de teja, aunque ya se han colado los de lámina; y el de las casas de los norteños, las de estilos modernistas, con influencias californianas. Aquí, como en todas partes, las mejores casas, las más bonitas, son de los emigrados, señala la gente.

Es domingo, y las calles se ven desoladas. Muchos de los hijos del pueblo han tenido que abandonar su tierra para buscar oportunidades de trabajo en los Estados Unidos. Se puede asegurar que no hay hogar que no tenga parientes más allá de nuestras fronteras.

En la actualidad el  pueblo vive, como después de la Conquista, que es la época desde la que se ha escrito parte de su historia, del campo, de la agricultura. Siembran, sobre todo, maíz. Se cultiva además, el sorgo –que va a la baja en cuanto a volumen–  y la caña de azúcar, que ha sido un cultivo tradicional en todo este valle, después de la llegada de los españoles. Y que es un producto que venden al ingenio de Santa Clara.

El trabajo, para los jornaleros, en el ejido o pequeña propiedad, en Tacátzcuaro, es casi inexistente. La gente tiene que ir a los campos de Los Reyes o Peribán, a la cosecha de zarzamora. La paga, por un jornal, es de 120 pesos. Otra opción es la de los que se ocupan en las plantaciones de aguacate, en donde reciben 700 pesos semanales por las labores que realizan. Sin embargo, los mejor pagados son los que van a La Laguna –de San Juanico–, a moler el janamargo, donde consiguen  entre 200 y 250 por jornada. “O si entra al molino, les  pagan por hora”.

El tule y el ixtle

En la comunidad trabaja “toda la gente”, afirma la señora María de la luz Ramos. “Uno, como mujer que es, haciendo petate para la cama, o tejiendo sopladores para el fuego”. Hoy, cuando la laguna de La Magdalena es tan sólo un recuerdo –azolvada y seguramente repartida entre los ejidatarios, aunque cuando los años son cargados de agua, la naturaleza retoma  lo que le perteneció desde el principio de los tiempos, cubre de agua los sembradíos–, los artesanos tienen que comprar y traer el tule desde la Tierra Caliente o de la región del lago de Chapala.

Cuenta la señora Ramos que una buena tejedora tarda entre “15 ó 20 minutos”, en la confección de un soplador. Recuerda que “hace como 25 años, le daban a uno 5 pesos” por cada pieza tejida. Esta labor la realizan, las mujeres, una vez que terminan el quehacer doméstico. Pero no sólo eso hacen, también se las ingenian para formar “petatitos para la basura”.

Y es que, en 1594, el juez de la Congregación, don Antonio Espinosa de Figueroa, recibió la orden para que, junto con los religiosos de Tarecuato y el beneficiado Tingüindín, “procuraran, con prudencia, haciendo labor de convencimiento, congregar a los de Tacátzcuaro” en Tingüindín. Por la fuerza, los naturales regresaron un año más tarde y se les permitió, años después, establecerse en su pueblo. Como tenían poca agricultura, su forma de vida la encontraban en la pesca. Pero, ayudados por el padre Juan Ferro, jesuita de la residencia de Pátzcuaro, comenzaron a fabricar petates. Además, de los indígenas de Tarecuato aprendieron a sacar el ixtle de las pencas del maguey; y, con este material, a fabricar las reatas. Se perfeccionaron tanto en esta artesanía que, en todo México, no hay quien los iguale. Lástima que este producto sea conocido en el mercado con el nombre de “reatas de Chavinda”. Una parte esencial  para la práctica de la charrería.

El señor que las “compraba –el acaparador–, se asoció con un comerciante de Chavinda. Pero este último le dijo: yo compro las reatas, pero las voy a ofrecer con el nombre que yo quiera. Y le puso Reatas Chavinda. Pero todas han sido elaboradas y tejidas aquí”—asevera doña Luz. Y de eso algo debe saber la dama, que es hija de un reconocido domador de caballos, nacido en Santiago Tangamandapio, y quien  pasó buena parte de su vida al servicio de don Lázaro Cárdenas, cuando éste y su familia vivían en Cuernavaca.

En la actualidad, el artesanal oficio lo practican los miembros de la familia Díaz, los hijos de Abel García, los sucesores de la familia Natividad  y los herederos de Froylán Hernández. “Pero aquí muchos que tejían reatas”–recuerda.

Comercio

Había, antes de que concretaran esos convenios, personas que acaparaban las prendas y salían a los mercados de Tarecuato, Tierra Caliente, Sahuayo, Zamora. “Por esos rumbos se iban esos comerciantes, con sus burros, a vender lo que aquí hacíamos”.

Para los habitantes de esta población, desde siempre, las plazas en donde suelen realizar sus compras han sido “de preferencia en Zamora,  Sahuayo y Cotija. Los Reyes, es muy caro. Los precios que te dan en Los Reyes son parecidos a los que te dan en la costa. Como hay mucho trabajo allí, le cargan la mano. Aunque mucha agente de aquí sí va a Los Reyes, porque hay más transporte para allá, aseguran.

Festividades

La grey católica del lugar se prepara para festejar a San Antonio de Padua. Esto habrá de ocurrir el próximo jueves 13 de los corrientes. “Ayer empezó el quin-ce-na-rio. Porque este año la fiesta va a durar hasta el sábado 15”, indica doña  Cecilia Godoy Mendoza.  “Ya lo anunció, anoche, el Señor Cura, Jaime Salgado. Pero usted se perdió de una cosa grande, de haber venido hace unos días –3, para ser exactos–, se habría sacado el Premio Mayor: se festejó el Corpus. Tejimos reatas para lazar, allí,  en la plazuela. Hubo así –y la mujer  junta los dedos de sus manos–  de gente”.

La fiesta patronal, empero, se celebra el 29 de septiembre, el día de San Miguel Arcángel. Entonces hay romerías, peregrinaciones de Tingüindín, de La Magdalena, de Santa Inés y de Tocumbo. Se organiza un novenario. Durante los festejos toman parte los barrios en que se divide el pueblo: La Purísima, Sagrado Corazón, San Miguel, San Antonio, Cristo Rey y la colonia Las Margaritas. Los emigrados, aunque no estén presentes, aportan, corren con los gastos de un día del novenario. Ellos suelen venir, los que tienen papeles, en diciembre. Mes en el que se organiza un docenario, en honor de  Santa María de Guadalupe. Por esos días, los vecinos del pueblo se pulen para que las calles de la comunidad luzcan  sus mejores galas. “Cuando nos toca, el día que nos toca la peregrinación, adornamos las calles con tapetes de aserrín pintado. Con el que formamos  figuras”, dice orgullosa una vecina, que ha escuchado la conversación y que se niega a dar su nombre, pero que se ufana cuando dice: “todos los días, los 12 días, las 12 calles, se arreglan así”.

También se celebra, con espíritu cristiano, la Semana Santa.

Platillos

Aquí, el platillo por excelencia, el que se sirve durante las grandes ocasiones, es el mole –de cerdo,  pollo, bistec de res o guajolote–  con sopa de arroz y frijoles rancheros –también conocidos con el nombre de charros–. Es lo más típico. Aunque de un tiempo para acá, suele servirse birria de becerro. “Pero esto es para las bodas”.  Las mujeres tacátzcuarenses, en medio de sonoras carcajadas, aseguran que a una fiesta acude todo el pueblo. Por aquel dicho en el que se afirma que: “donde bailan y tocan, todos se embocan”. Coinciden en que la cocina de esta comunidad es parecida a la de Cotija –se preparan las conocidas tostadas raspadas: de jamón, queso de puerco, queso blanco, patitas de puerco–, pero tienen ciertas diferencias con las costumbres culinarias de Tocumbo y Santa Inés.

Los habitantes de la tenencia invitan a los lectores de GUÍA para este 13 de junio, para que vean: “que las primeras guares van entrando allá, a la iglesia, y las últimas apenas se han sumado a la peregrinación. Todas las mujeres del pueblo nos vestimos de guares, bailando, al ritmo de las notas de las bandas de viento”, asegura la señora Ramos Ceja.

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2 Responses

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