Con el Sol en mis Barrios, de Santiago Tangamandapio, I. Benjamín González Oregel

Con el Sol en mis Barrios, de Santiago Tangamandapio

BENJAMÍN GONZÁLEZ OREGEL

(Primera de 2 partes)

Santiago Tangamandapio, Mich.–  En la ternura de tus mañanas /  tu me despiertas con “La Paloma”/ y se renueva, barrio, mi vida / en la vivencia de tus auroras./ El campanario despierta al barrio, / cuatro mujeres van al molino,/ otras de prisa van al mandado./ Pasan los coros de ordeñadores, / y con el canto de los cenzontles / también despiertan los corazones.

Barrio del Guaje

Así comienza el poético canto que monseñor Vivaldo Oregel Cuevas dedica a los barrios de esta su tierra –en este caso al Barrio del Guaje–. El autor muestra, con gran romanticismo, una  parte de su filón  poético al escribir la obra que tituló “Con el Sol en mis Barrios”.

Y no falta a la verdad. Aquí, cuando las sombras de la noche se aprestan a partir, cada uno de los vecinos sabe que la aurora está próxima, apenas escucha las notas de  “La Paloma”. –Parece que tenemos las bocinas en la casa. ¡Qué fuerte se escuchan campanadas y música!–, dice José Muratalla Torres, conocido y gran maestro albañil, vecino del barrio. Ondas musicales que salen de las trompetas colocadas en una de las arcadas-campanarios de la torre parroquial. Además, si se atiende a lo que sucede cada día, éste aparece precisamente por ese lado de la población, por el oriente. Seguramente los primeros habitantes de este lugar intentaron mantener en secreto el asentamiento. Tan es así que amanece primero en los barrios que se levantan en los sitios más occidentales y altos, que en el centro y oriente del pueblo.

Aunque hoy varias de las actividades cantadas en los versos inicialmente recordados, cosas son del pasado. Las notas de La Paloma aún se escuchan, cada mañana. Y sirven, como antaño, para anunciar que las actividades del diario acontecer están próximas a tomar vida, a reanudarse. Ese: “buue-nos-días, pa-lo-ma-blan-caa-hoy-te-ven-goa-saa-lu-dar,…”, forma parte de una larga, añeja tradición comunitaria. Pocas mujeres quedan –que las hay–, empero, que bajen al centro de la población, donde está el molino, con su cubeta con nixtamal; para, una vez convertidos los granos en masa, volver al hogar, encender el fogón y “echar las tortillas”. Cuando así sucedía, no eran raras las escenas en las que los niños –más en tiempos de lluvias o frío–, rodeaban la chimenea, sobre la que había un metate, a la espera de que su mamá les sirviese un vaso de alguna bebida calientita –arroz o avena en leche, y cuando la cosa iba bien, chocolate–. Y para apaciguar el hambre de la mañana, con una tortilla recién hecha, con sal,  mientras el calor del fuego los protegía de las inclemencias del tiempo. Aunque  esto valía para todos los hogares del pueblo. Hasta la calle llegaban las alegres risas de los chiquillos, envueltos entre las notas del Gallito Madrugador, que conducía nuestro entrañable compañero y amigo Salvador Mejía Aguilar.

Ha crecido mucho

Verdad es que los ordeñadores, cada mañana –aunque no tan anochecida como aquellas de  los tiempos, de los que el entonces joven seminarista en su romance nos canta– como antes, acuden a la ordeña, en pos del lácteo producto de las ansiosas vacas que, al pie de los cercados, donde han dormido sus crías–, esperan que los “portillos” –así son conocidos las puertas por donde se conduce el ganado–  sean abiertos por los ordeñadores. Los bramidos y berreos de unas y otros –vacas y becerros–,  se escuchan en las orillas del barrio. Pero los ganaderos, ahora, hacen los viajes sobre potentes camionetas pick ups. Más tarde,  minutos después, serán acompañados por quienes gustan de los llamados pajaretes. Una láctea bebida en la se combinan la cocoa, el alcohol puro –bautizado generalmente por los bodegueros y tenderos–  de caña y leche recién ordeñada. Y si antes, a caballo, lo hacían a través de las anárquicas calles San Rafael y Guadalupe, hoy, la vía más utilizada es la calle Zaragoza. Aunque no le van a la zaga las primeramente nombradas.

El aspecto que presenta este barrio –de San Rafael, según lo llamó el párroco don Emiliano del Río Hernández, presbítero que dejó honda huella en esta comunidad católica, merced a su entrega y dedicación–, dista mucho de la que ofrecía en los días en que monseñor Oregel Cuevas se dio a la creación, composición y escritura del poema. Ahora, el Barrio del Guaje –conocido así por la abundancia de los blanquecinos árboles productores de las aromáticas vainas–, ha crecido mucho. Tanto que sus inclinadas, serpenteantes y hasta retorcidas calles, entreveradas con estrechos callejones –casi todos cubiertos con cemento hidráulico–, han superado en número a las que motivaron al entonces seminarista, estudiante del seminario diocesano de Zamora  a la hora de crear su obra.

Se puede asegurar que, el macizo montañoso, allí donde se empina más el Cerro de La Cruz, seguramente fue escogido por los tecos –fundadores originales del caserío–, como natural muralla que los defendiese ante los embates –que debieron ser constantes–, ha sido principio y fin de una amplia y fértil llanada, propia para el cultivo de granos –maíz, frijol, sorgo–, así como verduras; y, sobre todo, para el pastoreo de ganado.

Tal vez esto motivó al sacerdote a cantar: Balcón del pueblo,/ nido y paisaje,/ barrio que pintas desde la cuesta,/ dame, te pido,/ toda la gracia y el colorido / de este mi pueblo noble y sencillo,/ que se despierta de entre las huertas./ En la ribera de tus arroyos// ya tus casitas están pintando,/ pintan y pintan sus acuarelas / bajo los puentes y los remansos.

De inundaciones y haciendas

A este barrio lo separa, de sus ídem de Arriba y Abajo, El Arroyo, o río Encinillas. Y desde ese su eterno balcón, vio cómo este arroyo cubrió, la noche del martes 12 de julio de 1961, parte del Barrio de Arriba y toda la franja del Barrio de Abajo que lo acompaña hasta más allá del punto en donde se junta con el arroyo que baja desde El Plan, El Nopalito y Querénguaro. Ha sido el percance natural de que se tenga memoria en el pueblo.

¡Ah!, olvidaba decir: los vecinos de esta parte de la mancha urbana, de esta cabecera del municipio, han mantenido el modo de vida que adoptaron los que aquí han vivido, desde los primeros días: se dedican a las labores del campo. Al oriente, más allá de La Loma, se extiende un extenso plan, que fue propiedad de la hacienda de Jerusalén. Tal vez, en tiempos posteriores al Porfiriato, terminada la lucha armada de La Revolución, la mayor concentración de tierras en el municipio, con la excepción de  Guaracha. Aunque no también, por sus calles, se llega a lo que fue el Ochoyeño, otra de las haciendas que se asentaban en el municipio.

Reparto, muy difícil

Cuentan los tangamandapenses que vivieron, o que escucharon los relatos de quienes los conocieron y sufrieron con esos tiempos y aconteceres, que en este lugar la lucha por la posesión de la tierra fue dura, hasta llegar a la sangre. No había domingo, relatan los ahora ancianos,  que no hubiese un muertito. Sobre todo entre los seguidores de Melquíades Guzmán, líder agrarista nacido en la comunidad de Churintzio, de este municipio, y quien seguramente gozaba de la protección y cobijo del clan que lideraba Dámaso Cárdenas del Río –Chavinda está a menos de 3 kilómetros de esa ranchería y la influencia de los chavindenses, entre las pobladores de esta comunidad y los de Telonzo, era inocultable. Allí, entre los más destacados cardenistas, habitaba y había nacido, José Garibay Romero, íntimo de David Franco Rodríguez y Enrique Bravo Valencia–. Melquíades no podía escapar a esta influencia.

Así que cuando el tangamandapense decidió liderar al grupo peticionario, entre los que se encontraban muchos santiagueños, miembros de las familias Campos, Ochoa, Jacobo y Espinoza –por citar algunos patronímicos, y la mayoría de ellos vecinos del Barrio de Abajo–, para ser dotados con tierras pertenecientes a la hacienda de La Verduzqueña, propiedad de doña Antonia Verduzco Del Río, viuda de Verduzco; así como una porción de las propiedades de la familia Del Río, lo hacía con la seguridad de concretar su sueño. Así se formó el ejido de Santiago Tangamandapio.

Con el camino andado, es posible que gentes como José y Manuel Escobar, Rafael  y José María González Ochoa, así como Ramón Robledo, se pusieran al frente de quienes pretendían los terrenos de la hacienda de Jerusalén, propiedad de la familia García. Consumado el reparto, no faltaron, como era de esperarse, las desavenencias. Y como la mejor forma de arreglarlas era mediante las balas o las puñaladas –de preferencia traperas–, la sangre no dejó de correr. Los pleitos entre familias, que durante décadas se palparon, ahora, con la llegada de la educación, por fortuna, han desaparecido. Han muerto. Hoy, si mis cálculos no mienten, son 65 los dueños de los derechos de otras tantas parcelas. Sin embargo,

Cambio de rostro

Todo el terreno conocido con el nombre de El Plan, lo que dio vida a buena parte de la hacienda de Jerusalén –tanto el casco como la casa del último dueño fueron rematadas por sus herederos–, cambió de rostro: de unos meses a la fecha, los tonos oro viejo –propios de los maizales y de las cañas del sorgo–  han dado paso a los plomizos de los túneles formados por el fierro y el plástico que han de cubrir los plantíos de fresas, probablemente arándanos, frambuesas y zarzamoras, próximos a ser plantados. Cultivos que alcanzan mejores precios en los mercados, pero que también exigen y requieren de elevados presupuestos y especiales atenciones.

Se advierte que los renteros de parcelas y pequeñas propiedades –que también las hay, y en cantidades mayores a las ejidales, en manos de los inversionistas–,  no son improvisados ni piensan, ni han pensado en jugársela. Los sistemas de riego son por goteo. La cantidad de pozos profundos en los que han invertido una millonada –se habla de varias perforaciones–, habla de las grandes cantidades de agua que han de utilizar y no deben desperdiciar el preciado líquido. “Con 2 horas de trabajo, diariamente, esos equipos de bombeo regarán unas 20 hectáreas, porque el sistema de riego es por goteo”, asegura un empresario nivelador de terrenos, que conoce a fondo lo que se realiza en El Plan.

Con estas inversiones, es claro que sólo quien no quiera trabajar, no lo hace, o lo hará. El problema estriba en que la gran mayoría de los habitantes del lugar sabe o ha cobrado en los campos estadounidenses. Y lo primero que hace cualquier aspirante a trabajador –en ésta y otras poblaciones–, es que compara el poder adquisitivo de uno y otro salarios: el de aquí –unos 130 pesos–, con el de allá: 8 dólares por hora. Y allí es donde “la puerca tuerce el rabo”, según relataba el maestro zamorano Luis Del Río, Rius, a través de sus sabrosísimas y queridísimas historietas.

(Continuará)

(Tomado de GUIA, Semanario Regional Independiente, Zamora, Mich., México. http://www.semanarioguia.com.mx )

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Puebleando Con el Sol en mis Barrios, de Santiago

Tangamandapio, II

BENJAMÍN GONZÁLEZ OREGEL

Barrios de Arriba y de Abajo-Y es que ¡Tangamandapio sí existe!

Santiago Tangamandapio, Mich.–  ¡Tangamandapio sí existe!

Esto lo afirmamos los aquí nacidos cuando fuera del terruño –andariegos como somos–. Nuestros interlocutores arquean las cejas y preguntan, maliciosos, si de veras existe Tangamandapio. Hoy, menos mal que se cuenta con la credencial de elector –aunque se utilice mayoritariamente para la realización de muchos trámites legales, más que para acudir a las urnas, cansada como está la población de prestarse a una obra que no acaba de terminar. Las elecciones del pasado 7 de los corrientes avalan lo antes dicho–. Con ella nos identificamos y convencemos a los incrédulos.

La palabra Tangamandapio es de origen chichimeca y significa “tronco podrido que se mantiene en pie”. Tras la llegada de los españoles, ahora resulta claro que Atengomandapeo, fue considerado y catalogado como Pueblo de Indios. Así lo revela el acta Real, firmada por su majestad Carlos V, entonces monarca hispano, el 19 de noviembre de 1529. Y cuyo original es propiedad de los miembros de la familia Jacobo. Herederos que se enorgullecen, con mucha razón, de la custodia del citado documento.

Barrio de Arriba

Al Barrio de Arriba, al mismo que lo vio nacer, Vivaldo, como los vecinos le dicen, monseñor le canta con amoroso sentimiento:

Con la magia de doce campanas / y prendido del gran meridiano / se presenta mi barrio de Arriba / abrazado por todos los barrios, / a la danza del sol en los mangos. / Este barrio nació a mediodía / de la entraña de dos ojos de agua; / y por eso su risa es eterna, / sus leyendas alegres y amargas.

Curiosamente, en este pueblo, el Barrio de Arriba, se encontraba al sur de la mancha urbana.  Hoy, ante el crecimiento de ésta, esta fracción del pueblo, que nació de la “entraña de dos ojos de agua”, esa que “sabe del sabino  que le diera nombre al pueblo”, se encuentra ya no solamente abrazado –como canta monseñor Vivaldo Oregel Cuevas–, sino aprisionado por los demás barrios de la población. Espacio para su extensión, poco queda. Sin embargo, con todo en contra, es, como siempre ha sido, el corazón de la cabecera del municipio.

En este barrio se asentaron seguramente, tanto los xanuchas, los tecos que lo fundaron, como los primeros españoles y, con el mestizaje, los primeros mestizos. Aquí se abrieron los primeros y únicos mesones que han existido en el pueblo. En este barrio, el más comercial, se llegaron a contar hasta media docena de panaderías. Todavía hoy, al filo del medio día, se puede oler ese agradable aroma del pan en el horno, durante la cocción.

Además del par de manantiales existentes –que hoy en día no son las únicas fuentes de abastecimiento de agua potable de la localidad–, en el Barrio de Arriba se acunó, entre otras, la industria textil que alguna vez fue fuente de empleo a un buen número de vecinos. Con la llegada de los hermanos Navarro Ochoa, Jorge y Samuel, también llegaron oportunidades para muchos tangamandapenses desempleados. Poco más tarde, a ellos se sumaría su hermano Miguel y las cosas mejoraron visiblemente. Esto ocurrió allá por los primeros calendarios de la década de los años sesenta.

Barrio de Abajo

Así  veía, y seguramente lo ve, al Barrio de Abajo, monseñor Vivaldo Oregel Cuevas. Así lo describe en su poético canto, Con el Sol en mis Barrios:

“Todas tus callis güelin a fruta / y de cogollus todas se llenan / porque la genti qui hay en el barriu / lleva en sus ojos la primavera. / Barrio de floris y carrizalis, / barriu de huertas y canasterus, / tem mi afiguras comu rebozu / con alcatraces y limas llenu”.

Si se ingresa a la población, desde la carretera federal número 15, por la calle principal, el Barrio de Abajo es el sitio con el que el viajero hace el primer contacto. Por allí, por la calle Madero –que desde la plaza principal, hacia la sierra, se llamaba Calle Real–, lo primero que se observa, desde hace un año, es la bronceada estatua que el actual ayuntamiento, en un gesto que lo ennoblece, erigió en memoria de Raúl Padilla, Jaimito el Cartero. Cientos de personas, semanalmente, detienen sus andaduras para apreciar, tocar y tomarse  la fotografía ante el monumento.

El barrio de Abajo disputa, en este tiempo, al Barrio de Arriba, la primacía en cuanto a potencial económico. Ambos cuentan con todos los servicios que la población requiere para su pleno desarrollo. Casi el 100 por ciento de sus calles, están pavimentadas. Y cada mañana, los vecinos suelen barrerlas. En ambos lados, quedan construcciones de adobe y tejados de dos aguas, aunque también se pueden observar las construcciones de cemento y fierro armado. En esto, un papel importantísimo lo jugó la población. Las primeras pavimentaciones se llevaron a cabo durante la segunda administración de don José González Padilla (1969-1971)  –un zamorano avecindado en el pueblo, que supo ganarse el aprecio y respeto de todos los santiagueños–. Los propietarios de los inmuebles costearon la totalidad de la obra –no había participaciones ni apoyos de ninguno de los 3 niveles de gobierno–: la calle principal, la de la entrada. Fue la primera calle recubierta en el municipio.

Y la costumbre de recubrir las demás rúas, no paró, siempre bajo las reglas antes señaladas: todo a costillas de los vecinos. Pero eso sí, la mayoría de los expresidentes, se pavoneaban –y aún se cuelgan las medallas–, de haber encabezado esos trabajos. Los gobiernos estatales, federal y municipales, comenzaron a gastar dineros, bien entrado el sexenio de Salinas de Gortari.

Otro primer sitio que se ha llevado el Barrio de Abajo, es el haber sido el lugar en donde se construyó la primera escuela pública del lugar. La Justo Sierra. Edificada sobre una de las parcelas en las que fue dividida la hacienda de Jerusalén. Sitio en el que ahora se levanta y presta sus servicios la casa de la Cultura. También el primer centro, de su tipo, en la mancha urbana.

Chávez y La Cristiada

Se sabe que, a lo largo del Porfiriato, el pueblo estuvo en manos de una clase pudiente y poderosa formada por las familias: García, Ochoa y González. Aunque también influían algunos ricos de Zamora, Jacona y Chavinda: los Del Río, los Igartúa, Los Plancarte, los Jasso, los Méndez y los Cacho. Se dice que entre todos, poseían 22 grandes ranchos. Razones por las que controlaban y manejaban los asuntos económicos y políticos de la localidad. Sin olvidar que los dueños de las haciendas de San Juan Palmira, Guaracha y La Verduzqueña, también metían sus manos en las cuestiones del ayuntamiento y sus moradores.

Durante la etapa armada de Doña Revolufia, los santiagueños no tomaron parte ni bando. Sin embargo, no salieron incólumes del trance vivido en el país. En diciembre de 1917, se apareció el demonio, por estas calles de Dios: cayó Inés Chávez García, a recoger lo que creía de su propiedad. Los relatos que contaban los viejos, escalofriaban la piel. “Allí mataron a una hermana de Chole la del Petróleo (Soledad González, una mujer que, desde que recuerdo siempre vivió sola y soltera, pero a la que nuca se borraba la sonrisa). “Esa casa del portal, frente a la plaza, fue el cuartel del bandido.”  –y señalaban el sitio en el que quedó el cuerpo de la señorita González, o la amplia casona que da a la plaza principal.

No olvidaban que, además de honras, Chávez García cargó con toda la semilla –maíz y garbanzo–  que encontró. Esto provocó que la gente sufriera por la escasez de comida. Como tampoco dejaban de recordar que la mayoría de gente del lugar, una década más tarde, había apoyado a los cristeros. Lugareños como Eulalio Torres, Antonio Quintero  y Antonio Campos, bajo el liderazgo de Ramón Aguilar, lideraron miembros de las familias Barajas, Vega, Sandoval, Salcido y Torres, por citar algunos apellidos –todos de rancia raigambre católica–, durante esa revuelta. El pueblo, casi todo, era considerado como una cueva cristera. No fueron pocas las ocasiones en que corrieron rumores que hablaban de que el Ejército lo quemaría. Y la gente corría. Los que tenían familiares, se refugiaron en Jacona, Zamora y Tarecuato. Los más ricos, no regresaron. Los jodidos lo tuvieron que hacer.

La migración, por Arizona

La apertura de las fuentes de empleo en las fábricas de textiles,  no fue suficiente. Por ese tiempo, todo el que contaba con una green card, con papeles de residencia, había concretado el sueño de su vida. Un futuro amplio, esplendoroso se abría para él y los suyos. Esto provocó una nueva etapa migratoria, distinta totalmente, a la que se dio antes y durante La Cristiada. Esa vez, la mayoría de quienes optaron por la aventura norteña lo hizo de “alambre”, a través del desierto de Arizona, principalmente; aunque no faltaron los que se atravesaron por las cercanías de Tijuana y Mexicali. Las playas del Pacífico y lo que se conoce como la Mesa de Otay, eran puntos muy favorecidos por los polleros  y enganchadores, por la módica suma de 200 ó 250 dólares, por “pollo”.

Una década después, en un solo lugar de Arizona, llamado Queen Creek, cerca de Phoenix, en lo que se conocía como rancho California, había unos 200 ó más santiagueños, 98, 99 por ciento “alambres”, sin papeles. Era, en muchas ocasiones, la primera de varias escalas para llegar a California. Y lo hacían con su propio esfuerzo. Cruzaban por Naco y Agua Prieta, desde Sonora. Caminaban durante días por el inhóspito desierto. Cruzaban por una reserva de indios –en la que llegaron a vivir algunos de los aquí nacidos–, antes de alcanzar la primera meta. No pagaban más que sus provisiones. Ellos eran sus propios polleros.

En Queen Creek, bajo los quemantes rayos del sol, rodeados de la desértica soledad y de los reptiles –había tantos que afirmaban que anunciarían el rancho con los cascabeles que habían recogido tras haber dado muerte a las víboras–, mis paisanos se ganaban la vida en la poda, desahije y cosecha de durazneros y chabacanos. Muchos, empero, eran los que, enganchados por sinvergüenzas polleros –eran pocos, casi inexistentes los riesgos que corrían–, con un buen dinero en la bolsa, terminada la “corrida”, continuaban sus viajes. Unos eran llevados a las plantaciones de Idaho; otros eran desviados a Colorado, unos pocos se quedaba en Utah. El destino final: California. De preferencia el valle de San Joaquín. Se trataba de jóvenes, que abandonaban las aulas de las secundarias y preparatorias de Jacona y Zamora,  deseosos de recorrer los caminos que los braceros –en buena parte sus propios padres–, les habían descrito.

Faltaba la más terrible tarascada migratoria. Esa con que nos anestesió el gobierno encabezado por Ronald Reagan.

(Tomado de GUIA, Semanario Regional Independiente, Zamora, Mich., México. http://www.semanarioguia.com.mx )

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Con el Sol en mis Barrios: Barrios Santo y de Jerusalén. III

BENJAMÍN GONZÁLEZ OREGEL

 

 Aquel, barrio de cristeros y emigrados. Este, laberinto de caminitos por donde se pasea el Patrón Santiago. Todo el pueblo, ahora, de fiesta.

 

S. Tangamandapio, Mich.,–  “Los cerros del Guayabo y de La Loca, / con sombra de arrugados pergaminos, / te envuelven en la noche de la historia. / Vive el combate de los Cristeros / por las barrancas y los potreros. / Tarde de barrio, tarde piadosa, / te vas sangrando por las Guarachas / desde que herida fuiste en La Loca. / Tarde que sueña como paloma, / tarde que muere donde nacieron / interminables noches de bodas. / Tarde del barrio de los ocasos, / cómo revives siempre el cariño / cuando del Norte llega el marido”.

Si en los primeros 3 capítulos de su amoroso canto, monseñor Vivaldo Oregel Cuevas no esconde su sentir para con esas porciones de la tierra que lo vio nacer, en el par restante desvela a plenitud que no es poco el poso que guarda su encendido pecho, cuando habla de los barrios, Santo y de Jerusalén. Además, de paso, habla de una verdad tan grande como una catedral: el Barrio Santo ha sido una fuente inagotable de braceros y emigrantes. Por otro lado, es innegable la veneración que le provoca y siente  su estirpe paterna. Sentimiento que también se manifiesta cuando canta a Jerusalén. Aunque, tal vez aquí, esa emoción se reparte en tantas fracciones, como el laberíntico enredo de veredas y callejones que se entrelazan en esa comunidad. Su par de abuelos, el paterno y el materno, administraron la hacienda de El Ocholleño. A cuyos potreros, para ir desde el pueblo, hay que dirigirse a través de Jerusalén.

Allí podemos encontrar el por qué de estos versos, con los que el irredento juglar ensalza al Barrio de Jerusalén: “Caminitos que salen del barrio / y se van en la noche a las presas, / que duermen allá con la luna / donde duermen también las estrellas”.

La amnistía reaganiana

Desde lejanos tiempos, en la población se ha tenido la certeza de que los habitantes del Barrio Santo, son, desde la cuna, proclives a la migración. Sin embargo, a partir de la mitad de la sexta década del pasado siglo, ningún barrio se libró de este fenómeno. Tiempo después, durante el octavo decenio, fue una de las pocas salidas que se abrieron para quienes habían perdido sus fuentes de empleo, tras la quiebra de la industria textil local. Esa pujante actividad que parecía destinada a competir con sus similares guanajuatenses: Moroleón y Uriangato.

Las razones principales del fracaso: las cuotas que había que pagar al Seguro Social, los esbozos de un preocupante sindicalismo y los altos intereses bancarios que los ahorradores, sobre todo los norteños, recibían por hacer nada. Ante este panorama, muchos inversionistas optaron por vender sus maquinarias. En el pecado, el banco que prestaba sus servicios en el municipio, el que se jactaba de contar con una sucursal que dejaba muy buenos dividendos –según confesiones de un alto ejecutivo hechas al corresponsal–, llevó la penitencia: cerró la oficina, por incosteable. Hoy, la población adolece de este servicio. Quien por necesidad tiene que hacer sus transacciones mediante una cuenta bancaria, tiene que desplazarse a Jacona, Zamora o Chavinda.

. Los empleados y obreros, una vez liquidados, se vieron desamparados. El éxodo hacia Estados Unidos aumentó considerablemente. En el pueblo se quedaron las mujeres, a la espera de las remesas que les enviaban sus consortes. La separación familiar era lo común. Esto duró hasta mayo de 1988.

Las campañas políticas estaban en su apogeo (Salinas, postulado por el PRI; Manuel J. Clouthier, por el PAN; y Cuauhtémoc Cárdenas por el FDN), habían entrado a la recta final. El ingeniero Cárdenas, al conocerse el monto de la deuda externa del gobierno Federal –más de 100 mil millones de dólares–, aseguraba en las plazas, y en cuanto medio de comunicación le abría la ventana, que de llegar a ocupar la Presidencia, tras las elecciones del miércoles 6 de julio de ese año, declararía una moratoria de pagos.

Los hombres del dinero se incomodaron, perdieron el sueño. Y Ronald Reagan, presidente estadounidense, ante el acoso de los banqueros internacionales, optó por declarar una amnistía migratoria. Entonces, los ilegales, que estaban solos, se llevaron a sus esposas e hijos. Hubo quienes arrastraron a sus padres y hermanos.

Volverán a tus casas pintadas

Con esa sola jugada, el político-actor logró, entre otros beneficios: detener el flujo de efectivo, que tanto daño causaba a las deterioradas finanzas del país que gobernaba, impidió el crecimiento que experimentaba el costo de la mano de obra –ahora sobraba oferta–, pero permitió que el costo de la vida, víveres y vivienda –las rentas–,  se elevara. Los “alambres” –la mayoría pasaba por el desierto, con coyote, o sin él; cuando el esposo o familiar conocía el camino a seguir–,  y sus familias, no las pasaron fáciles. En una casa con 3 recámaras, llegaron a vivir hasta 3 familias, para poder costear el pago de la renta. Nada hay gratis en la vida, también hay que lamentar la pérdida de vidas, durante el paso por el desierto.

Y sin embargo, profético, el poeta afirma:  “Volverán a tus casas pintadas / golondrinas de todos los cielos. / Volverán de los llanos lejanos / los paisanos que aquí un día nacieron. / Volverán a cazar mariposas / tus retoños, mi barrio paterno”.

Durante el gobierno del antropólogo, Lázaro Cárdenas Batel, en la única visita que realizó a esta cabecera municipal, gracias a la intervención del entonces senador de la República, el profesor Serafín Ríos Álvarez, se abrió una puerta por la que se introdujo una bocanada de fresco aire: el gobierno del Estado se comprometió a comprar la producción a los pocos industriales que habían soportado todo el vendaval. Ambas partes, en la actualidad, firman contratos temporales y, de esa manera, los talleres se han mantenido en funcionamiento. Esto, por otra parte, ha resultado benéfico, sobre todo para los inversionistas. Los productos deben pasar exámenes y control de calidad.

El sano deseo de tener algo

Pero no sólo la industria ha resentido los efectos de la quiebra de la industria textil. Los barrios y calles del pueblo, desde el éxodo, cada vez lucen más desolados. El comercio local ha resentido y resiente la falta de circulante. Sólo la industria de la construcción había soportado y sobrevivido a la carencia de dinero, sostenida por las remesas que los ahora emigrados enviaban –una vez que toda la familia tenía trabajo en el otro lado–. Más que nada por el sano deseo de tener algo, en esta tierra, cuando de bienes raíces se habla.

La cabecera y el rancho de Jerusalén –situación jurídica real del Barrio—se han extendido. Por los 4 puntos cardinales, la mancha urbana ha crecido tanto que ha terminado por ahogar a los barrios originales. Sobresale, empero, un grupo de construcciones de modernistas estilos, al suroeste del pueblo. Sin embargo, es justo decir que, si hay nuevas viviendas habitadas, son muchas las que permanecen solas. Además  –con una sola excepción–, a ninguno de los fraccionadores, ninguna autoridad del municipio, parece haberle requerido el cumplimiento que exigen las leyes de la materia. Ningún fraccionamiento cuenta con fuente propia que lo abastezca de agua potable. Nadie se preocupó porque en los terrenos ofertados se construyeran banquetas, redes de agua potable y menos alcantarillado. Y en cuanto a las áreas verdes, nadie pensó. Quien quiera acudir a un parque, tiene que desplazarse hasta la plaza principal. Y hay que recorrer distancias no muy cortas.

Modos de vida

La informalidad comercial ha venido a medio suplir el hueco dejado por la industria del acrilán y los textiles. Cada mañana, apenas se avistan los primeros rayos solares, cuadrillas de vendedores se arremolinan y trepan a las camionetas pick up, cargadas con artículos para el hogar: muebles de madera, artefactos de lámina y tubular, y se trasladan a los pueblos y ciudades vecinas –a veces no tanto–. Productos que han de ofrecer casa por casa, y en abonos. Ellos suelen cobrar de acuerdo a sus ventas. La mayoría acostumbra regresar a comer a su casa. Pero hay quienes lo hacen los fines de semana.

La agricultura es, con mucho, el principal sostén de los santiagueños, así sea para el autoconsumo. Le sigue, tal vez, la ganadería. Actividad que se realiza de forma tradicional: en los potreros, en las dehesas. Muchas de las cuales cuentan con abrevaderos, represas que dependen de las lluvias. Cuando estas son escasas, los ganaderos tienen que llevar agua al potrero y completar la alimentación de los vacunos mediante la compra de concentrados, lo que encarece la producción de lácteos y carne. Empero, son raros quienes se dedican al corte y venta de leña, talados como han sido los bosques, sobre todo los de la Sierra.

Como se acabó, también, la arriería. Una actividad en la que llegaron a ocuparse más de un centenar de santiagueños (106, según los testimonios recopilados por investigadores), quienes ocupaban uno de los primeros 5 lugares en el Estado. Llevaban maíz y garbanzo, que se producía en abundancia en el municipio y región, hasta la costa, o las ciudades de Michoacán y Jalisco. Volvían con sal, trigo, piloncillo, azúcar, alcohol y frutas de aquellos lugares a donde se habían desplazado. Las historias que contaban, de las peripecias y aventuras que tenían que sortear, eran escuchadas por los vecinos con silencioso respeto. De allí que monseñor haya escrito, cuando de Jerusalén se trata, por ser la última parte del poblado:

“Estos caminos llenos de sombra, / saben la historia de los arrieros / que un día se fueron para la costa, / pero que nunca jamás volvieron. / Ellos vieron cristeros colgados. / Ellos vieron bandidos huyendo. / Ellos guardan la historia del pueblo / cuyo aliento quedose vagando / en las yácatas que hay en el cerro. / Ellos saben misterios de tumbas, / del templo sepultado / por los potreros del Ocholleño”.

La gente, nos hace sentir en casa

Desde el inicio de la actual administración, una campaña negativa se dejado sentir en algunos medios de comunicación y  a través de las redes sociales. Preocupa que así suceda. Porque los que aquí vivimos, no hemos perdido la calma. En ninguno de los sangrientos sucesos que han sido denunciados en periódicos, la Internet y la radio, han tomado parte los santiagueños (Mejor no digas, me recomendaba mi inolvidable amigo y jefe Edgardo Levy Gallardo, porque luego suceden las cosas, supersticioso como era, el irredento taurino que dirigió y condujo el noticiero policíaco más escuchado en Guadalajara). Por desgracia, se han dado, pero esto ha sucedido fuera, lejos de la mancha urbana. Por eso me parece importante dar a conocer las impresiones de María del Rocío Ramírez Zacarías, periodista que se labora en la Secretaría de Comunicación Social del gobierno del estado de Michoacán, a quien tuve la fortuna de encontrar una dominguera y joven tarde, cuando se tomaba una foto junto a la estatua de Jaimito, El Cartero:

–¿Qué la trajo a Santiago Tangamandapio? –le pregunté.

–Andamos de vacaciones, andamos de paseo –me respondió, en medio de alegre risa–, y no pudimos sustraernos a conocer quién fue Jaimito, El Cartero, conocido internacionalmente por el programa El Chavo del 8; y que al traspasar las fronteras dio a conocer a este pueblo hermoso, que, como él expresaba, era un pueblito lleno de vegetación y de colorido. Y, de verdad, mucha gente venimos a conocer el pueblo de Tangamandapio.

–¿Y ya entró al pueblo?

–Sí, ya entramos, ya entramos a conocer. Está muy bonito. Muy bonito. Y, de verdad, quiero felicitarlos. Porque la gente (de aquí) nos hace sentir en casa.

–¿Qué fue lo que más le llamó la atención de Tangamandapio?

–El centro. El atrio, en donde está su iglesia. Y, por supuesto, también la comida. Por aquí desayunamos, muy sabroso. Y, como le digo, la gente.

–¿Conoció el Ojo de Agua y el árbol?

–Al Ojo de Agua no alcanzamos a ir. Pero el árbol sí (lo vimos).

–Es una maravilla de la naturaleza, ¿no?

–Sí, así es. Felicidades por esta población del Estado, que pone en alto al estado de Michoacán.

–En el caso de la estatua de Jaimito, me parece que la inversión fue una niñería, si tomamos en cuenta los resultados que a la vista tenemos –le solté al recordar los comentarios de un emigrado que se quejaba del trato que se daba al hecho.

–Así es. A veces pensamos que las obras no se notan, pero traen un trasfondo. Y al ver la estatua aquí, viene la gente a tomarse la foto y reditúa en un progreso para la comunidad, en este caso Tangamandapio. ¿Por qué? Porque la gente conoce a Jaimito, viene a visitar, se viene a quedar (un rato). Incluso, llegan a quedarse aquí, en Tangamandapio. Pero, simplemente, el que vengan a conocer, el que vengan a consumir, son oportunidades que posibilitan la apertura de fuentes de trabajo. Es turismo que viene, atraído por Jaimito, El Cartero. Y, una vez más, ¡Felicidades por este monumento con el que, ustedes, como paisanos de él le están reconociendo!

–Usted, a la gente que está en Comunicación Social, a sus compañeros, a la gente que los ve y los escucha, a nuestros paisanos michoacanos, ¿los invitaría a que viniesen a Tangamandapio?

–¡Claro que sí! Llevamos fotografías para promocionarlos, para subirlos a Facebook. Es una red social donde también damos a conocer nuestro estado, para que vengan. Hay gente que no conoce Michoacán, que no conoce Tangamandapio. Los invitamos para que vengan.

María del Rocío, quien se ha desempeñado como locutora, en una estación radiofónica  asegura que tras el regreso del PRI al gobierno del Estado, en el campo de la información ha habido un cambio, que se nota, porque “quieren conservar el poder”. “Hay cosas que están mejorando, a pesar de que se quedó el estado, endeudado, están enderezando el barco, lo están haciendo por los michoacanos. Esto se está viendo poco a poco”.

Yo, mientras sopesaba las palabras de mi colega, pensaba en los versos que don Vivaldo dedica a  Jerusalén. Y aunque parezca una falta de respeto, los tomo para escribirlos en agradecimiento a mi querido pueblo. Pueblo que celebra las festividades en honor de Santiago Apóstol:

“Dicen que el Santo Patrón del pueblo / sale de noche con su caballo / por tus caminos llenos de estrellas. / Dicen que vienen las golondrinas / y que florecen todas las siembras / por donde el Santo deja sus huellas; / y todo el barrio  duerme tranquilo / porque el Apóstol cuida los bienes / de quien devoto se le encomienda”.

 

Autor:
(Tomado de GUIA, Semanario Regional Independiente, Zamora, Mich., México. http://www.semanarioguia.com.mx )
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2 Responses

  1. […] Con el Sol en mis Barrios, de Santiago Tangamandapio, I. Benjamín González Oregel. […]

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