Tangancícuaro. Benjamín González Oregel

Puebleando  Tangancícuaro, lugar donde se clavan las cosas

Aunque sus hijos  prefieren, muchas veces, no plantarse

(Primera y Segunda partes. Más Complemento )

BENJAMÍN GONZÁLEZ OREGEL

 (Primera de 2 partes)

Tangancícuaro de Arista, Mich.—  Tangancícuaro, que es un compuesto de las palabras purhépechas, tanaci, que significa cosa, y kua, con la que se designa clavada, hundida, y el sufijo ro, que se traduce lugares, interpretados por los conquistadores, se convirtió en cosa clavada, o donde se clavan cosas, según los escritos del historiador lugareño don Martín Sámano, en sus Apuntes para la Historia, aparecidos a finales de la década de los setenta, del siglo pasado. Basado en la versión dejada por don Diego de Besalesque, quien en su Historia de la Orden de San Agustín en Michoacán, al referirse a este lugar “Tangansécuáro”, le dio el significado antes anotado. Niegan, por tanto, las interpretaciones en las que se afirma que  el nombre proviene del término tarasco tanimo ítzi gua  ro. En donde la palabra itzí, se traduce como agua. Además, según anotó el historiador, no son 3 los manantiales existentes en el valle, sino 4: Cupátziro, Camécuaro, Junguarán y Toray. Todo esto sin tomar en cuenta la laguna que ocupaba, en aquellos tiempos, el centro del valle.

Cuando los primeros españoles llegaron, allá por el año de 1531, lejos estaba el caserío se estar apiñado. Las viviendas de los naturales se encontraban dispersas. Sin embargo, sus centros, comercial y religioso, se ubicaban en un sitio aún conocido con el nombre de el Acuitze (la víbora, en la lengua de los nativos). De esto, todavía hay vestigios, yácatas y ruinas de casas, según escribió el licenciado Eduardo Ruíz. Entonces, según el célebre historador, al lugar se le conocía con el nombre de Acuítza. Las ruinas existentes en un lugar llamado Las Capillas, revelan el grado de esplendor que alcanzó la cultura local de la época. Aunque hoy, por lo visto, todas esas reliquias están condenadas a la desaparición, al ser arrancadas por quienes se dedican la fabricación de tabiques para la construcción.

Se sabe que entre los años de 1535 y 1545, los naturales fueron concentrados en lo que ahora ocupa la cabecera del municipio, con la finalidad de catequizarlos. Realmente, la intención de los españoles era la de despojarlos de las tierras que labraban los indígenas, y que eran las mejores de la región. Para eso, los nuevos cauces del manantial de Cupátziro, en el tránsito hacia su confluencia con el río del Santuario, fueron desviados. El islote formado quedó comunicado con 5 puentes. Uno de los cuales, el de El Pescador, no ha mucho tiempo permanecía intacto.

En cuanto al despojo de tierra de que fueron objeto los aborígenes, se habla de que, conocida la fertilidad que dan el clima y el agua, una vez conocidas por los peninsulares avecindados en Jacona y Zamora, fueron las causas de tal acción.  Se menciona el nombre de un tal Francisco Martín Trasierra, como el personaje que, en no pocas ocasiones utilizó la violencia para apoderarse de las tierras. Lo que motivó que la comunidad se quejase ante el virrey de la Nueva España, don Martín Enriquez de Almanza. Se sabe que éste, prestó oídos a las demandas de los naturales, y, mediante un escrito, alertó al Alcalde Mayor de Zamora, a quien ordenó:

“Don Martín Enriquez, hago saber a vos, el que fuera Alcalde Mayor de la Villa de Zamora, que por parte de los naturales de Tanguancítaro me ha sido hecha relación de que un Francisco Martín Trasierra, vecino de dicha villa, se le dio un mandamiento para la visita de un sitio de estancia para ganado menor, con una caballería de tierra, en términos del dicho pueblo de tanguancítaro y Jacona, el cual al presente se está presentando y haciendo otras diligencias, y que por dádivas inducimientos que el dicho Francisco Martín Trasierra ha hecho a ciertos maceguales amigos suyos, por la fuerza y contra su voluntad, les había hecho firmar consentimiento de lo que el dicho Francisco Martín pretende en mucho daño y perjuicio, de más de tener como tienen mandamiento de amparo, para que el susodicho, ni otra persona asiente sitio, no tome tierras en los dichos términos y en especial dentro de la banda del río. Atento a habérselas tomado muchas tierras para la población de la Villa de Zamora, y me pidieron los mandase guardar y remediar. Y por mí visto, por la presente os mando que este es mi mandamiento os sea mostrado, veáis el mandamiento que por mí está dado, en este caso a los indios naturales de Tanguancítaro, el cual habéis guardar y cumplir, según que por él se manda”. México, 10 de diciembre de 1579.

Fue obra de los agustinos la evangelización de los nativos. Como prueba del paso de esta congregación, se habla de que fueron ellos quienes construyeron el primer molino de trigo, la edificación del hospital. De aquel, los propios clérigos obtenían los conducente para su manutención, ya que, como bien dice el Evangelio, “no sólo de pan vive el hombre”, tiene que comer pan, para realizar el mandato cristiano.

En ese afán, con tal de que los frailes caminaran una senda menos ardua, fue que, alguna vez trataron de reunir a los distintos grupos que habitaban la región: los de Jacona, los de Santiago Tangamandapio y los de Tangancícuaro. Sin embargo, reunidos los representantes de cada uno de los pueblos mencionados, no se logró tal propósito. Las lenguas con que comunicaban cada una de las partes, eran distintas. Eso creaba un problema. Otro, lo era, y fue parte esencial a la hora del resolutivo: la calidad de los terrenos. Un tal Pedro Pérez, habló acerca de la inconveniencia de “congregar a Tangancícuaro con Xacona” ni “con Santiago, pero sí es necesario y debe tomarse en cuenta que la primera tiene mejores tierras que la segunda y que los (indios) de esta podrán asentarse en Rincón del Mezquite que está algo apartado de Xacona”.

Por acuerdo del obispo de la Provincia de Michoacán, don Martín de Elisacoecha, los servicios eclesiásticos quedaron en manos del bachiller  Francisco Xavier Dávalos, en su calidad de teniente de cura, del partido de Jacona. La entrega del juzgado eclesial corrió a cargo de fray Antonio Cuellar. Esto ocurrió el 15 de noviembre de 1768.

Sin embargo, justo es consignar que en archivo parroquial en que anotó la información, se tienen datos a partir de 1679, sabido como es que el pueblo fue destruido, consumido por las llamas, el 30 de octubre de 1816, de la conflagración escaparon, únicamente: el hospital, el convento y la iglesia parroquial.

Según los datos existentes, tocó a fray Joseph de Alica, firmar las primeras actas, como párroco, el 29 de octubre de 1679. 31 años más tarde, despachaba don Jacinto Ávila, desde el mismo encargo. El primero, de Alica a rubricar, como responsable de la grey católica, en 1730. El último de los agustinos que estampó su firma, como párroco del lugar, fue fray Joseph de Rayas, en 1740. Por eso la creencia de que hacia 1679, ya había sido construida la iglesia parroquial. Esto debió ocurrir entre los años de 1601 y 1678.

Tangancícuaro insurgente

Seguramente tocó a los arrieros del pueblo –actividad a la que se dedicaron muchos de los criollos avecindados en el pueblo–, al regresar de sus viajes por el territorio nacional, dar a conocer que en un pueblo de Guanajuato, un cura habíase levantado en armas contra el imperio español. Esto es creíble, porque cuando don Miguel Hidalgo y Costilla estuvo de paso, en Zamora, con rumbo a Guadalajara, un grupo numeroso, formado por naturales y mestizos, vecinos de esta población, se unió a su movimiento. La guerra de Independencia descompuso la vida social del pueblo. Principalmente la de los adinerados. Muchos de los cuales tuvieron que salir de la localidad, en busca de sitios más seguros.

De poco sirvieron las exhortaciones y amenazas del teniente de cura, don Francisco Mendieta. El primero de julio de 1811, una gran muchedumbre formada por vecinos, y armada con machetes y lanzas, salió a las calles en medio de gritos de. ¡Viva América! ¡Muera el mal gobierno! Los recién levantados, engrosaron las filas de José Antonio Torres, un insurgente de la región, que había tomado La Piedad, hacía poco tiempo.

Sin embargo, para muchos de los insurrectos, poco duró la aventura. En Tlazazalca, a fines de febrero de 1812, el ejército realista, al mando de Pedro Celestino Negrete, derrotó a las huestes insurgentes –en la batalla murió José Antonio Torres–. Esta pérdida, la del líder, fue la excusa enarbolada, 4 años más tarde, luego de una sorpresiva toma de la plaza de Tangancícuaro por las fuerzas insurrectas, para tomar venganza. Venganza que se concretó a pesar de las súplicas –se dice que se hincó–  del bachiller José Rafael Sarabia, el 30 de octubre de 1816. Fecha en la que el pueblo ardió, en su totalidad –con las excepciones arriba mencionadas: la iglesia, el hospital y el convento–. Nada quedó en pie, ante los azorados ojos de los moradores, quienes habían huido, con lo que pudieron cargar, a las cercanas montañas.

Las pérdidas, por la guerra

Seguramente, entre la clase alta, la pérdida más significativa fue el asesinato de un anciano, con 87 años a cuestas. Don Francisco Victorino Jasso y Dávalos. De quien escribió, no mucho tiempo ha, don Jorge Moreno, en estas páginas, cuando trató de uno de los testamentos que mayor impacto han tenido en la diócesis y la región: “El testador, Francisco Victorino Jasso nació en Tangancícuaro en 1724, de una familia de ascendencia española. Algún escritor nos dejó esta cita respecto al “pueblo de Nuestra Señora de la Asunción de Tangancícuaro… Hay en este pueblo 70 (setenta) vecinos españoles, cuyo principal giro es la arriería y el de conducir a Chihuahua y otros parajes de Tierra Adentro, azúcar, colambres, zapatos, sillas, frenos, y otros efectos regularmente habilitados de don (Francisco) Victorino Jasso (de Dávalos), comerciante el de muy grueso caudal y de un comercio extremadamente grande, así en lo respectivo a géneros de Europa como de mulada, partidas de ganado y demás producciones del reino”. En efecto Don Victorino Jasso, hombre activo y de amplia visión empresarial, llegó a organizar con cerca de 80 recuas de mulas y otros tantos hatajos de burros, así como una flota de varias carretas, un gran organización para comerciar y transportar especies, semillas, utensilios, etc. hacia todos los rumbos de la Nueva España; incluso llegó a incluir en sus itinerarios poblaciones de Guatemala y Texas. Tal actividad en manos de Don Francisco Victorino influyó mucho en la vida económica de Tangancícuaro y su región, no sólo por el movimiento de mercancías, sino también por dar trabajo a cientos de personas que se dedicaron a la arriería bajo sus órdenes. Se calcula que las ganancias anuales de sus negocios pasaba de los 100,000.00, cosa que parece ratificar lo que pagaba por igualas, tanto en el Diezmo como en el Gobierno, ya que, en 1784 pago por ellas más de 6,400.00. Más aún, agrandó su riqueza y actividad comprando varias haciendas y ranchos a los que hizo producir con eficacia en la siembra y la ganadería. Por diversas circunstancias fue asesinado durante la guerra de Independencia en junio de 1911”.

Las Haciendas de Don Victorino

“Al morir Don Victorino –continúa don Jorge Moreno–, mucha de su riqueza pasó a manos extrañas, pero la mayoría de sus inmuebles, mediante algunos subterfugios, pudieron quedar a salvo y ser asignadas a algunos de sus parientes. Tales inmuebles salvados fueron, sobre todo, las Haciendas y Ranchos que había adquirido y que lo habían convertido en “uno de los más grandes latifundistas del occidente de la Intendencia de Valladolid”, entre los que se contaban  las haciendas de San Juan Guaracha, la de Cojumatlán, la de San Antonio Guaracha, El Platanal y La Mula, y el rancho de El Rincón del Mezquite.

“La Hacienda de San Juan Guaracha (sin duda la más importante de todas ellas) la había adquirido Don Victorino en 1791, en una subasta. Dicha Hacienda, a pesar de su extensión y calidad de sus tierras, había estado casi ociosa por mucho tiempo, pero cuando Don Victorino la adquirió, comenzó a producir en abundancia maíz, trigo y caña de azúcar, además de que se pobló pronto de ganado vacuno (llegaron hasta 9,000 las reses) y equino (varios cientos de ellos). Más aún, se fue extendiendo poco a poco, invadiendo, por compra o ‘a la mala’ otros terrenos, de tal manera que pudo la Hacienda arrendar tierras a 30 familias de españoles llegadas a la región. Tales arrendamientos, a bajo costo (de 5 a 10 pesos anuales), supuso ganancias extras para Don Victorino y sostenimiento para aquellas familias y varios trabajadores más.

“Los límites de esta Hacienda eran los siguientes: ‘…por el oriente con la Hacienda de San Antonio, por el poniente con la de Cojuymatlán y pueblo de Sahuallo; por el norte con el pueblo de Guarachita y Hacienda del Platanal y por el sur con los pueblos de Jaripo, Totolán y Jiquilpan’.

“La Hacienda de Cojumatlán contaba con siguientes límites: ’…por el oriente con la Hacienda de Guaracha, por el poniente con el Río de la Pasión y Portillo de Santa Columna; por el norte con el pueblo y Valle de Mazamitla; por el sur con el pueblo de Cojumatlán y Laguna de Chapala’.

“La Hacienda de San Antonio: ’por el oriente con tierras de Santiago y Valle de Chavinda; por el poniente con las de San Juan Guaracha; por el norte con las del Platanal y por el sur con las de los pueblos de Jaripo, San Ángel y Tarecuato’.

“La Hacienda de El Platanal: ‘Por el oriente con la de San Antonio Cuesta Colorada; por el poniente con el pueblo de San Pedro Caro y Tierras de Vallejo; por el norte con el pueblo de Pajacuarán y por el sur con la Hacienda de San Juan Guaracha’.

“La Hacienda de La Mula: ‘por el oriente con tierras del Puesto del Muerto, por el poniente con las de Cuesta Colorada, por el norte con las de San Simón y por el sur con la de los ríos’.

“El Rancho de El Rincón del Mezquite: ‘por el oriente, poniente y norte con la Hacienda de San Simón y por el sur con la Hacienda de Las Cruces’.

(Continuará)

 

++++++++++

 

Puebleando  Y Tangancícuaro, se recuperó, tras el impacto

sufrido

 
 

(Segunda  parte)

Tangancícuaro de arista, Mich.–  “Como consecuencia del profundo impacto que sufrió la comunidad por la destrucción de sus hogares –escribió el historiador local, don Martín Sámano Magaña–, desapareció, como por encanto, la división que existió desde su nacimiento entre los diferentes grupos que la integraban, formando un solo grupo humano, sin distinción de razas ni categorías sociales. A semejanza de un enjambre de abejas y bajo una perfecta disciplina, se dio principio a la reconstrucción, conducido paternalmente por el presbítero Vicente Ríos y el bachiller José Rafael Sarabia, este último teniente de cura de la parroquia del lugar”.

Se dice que las primeras reconstrucciones correspondieron a edificaciones que había existido en el centro del poblado. Así, la alcaldía fue levantada en el mismo sitio donde había funcionado, desde los tiempos de la Colonia. “Contigua a ésta, y por el lado sur –relató el historiador–, la casa de don Martín Sámano Galván; frente a esta, y en el solar que ocupó la casa del capitán Rojas, último representante del gobierno virreinal, fincó la suya el señor Jesús Munguía”.

En 1818, con su “propio peculio”, mandó construir, el presbítero Vicente Ríos, la capilla que se denominó Santuario del Señor de la Salud, en torno se encontraba el panteón que sirvió por cerca de 2 siglos.

En 1820, se iniciaron los trabajos y la edificación de lo que hoy conocemos como parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, “en la parte oriente del solar que ocupó la casa de don Francisco Victorino Jasso, cedido para tal fin, y contando para su construcción con la cantidad de 10 mil pesos”, donado por la señora María Dolores Moreyón de Jasso.

Para el historiador, todo lo anteriormente anotado se debió, en buena medida, a la ampliación de la superficie de tierra laborable, merced a la desecación de la ciénega; a la creación del primer sistema de riego, ya que utilizaron las aguas del río Mala Hora; al mejoramiento de la técnica para el curtido de pieles, en el sitio ahora conocido con el nombre de La Tenería; a creación de talleres para la carpintería de obra negra, en donde se fabricaban ruedas de carreta y arados para yuntas de bueyes; así como la venta de remate hecha por la hija de don Ignacio Jiménez, que había muerto repentinamente, llamada Angelina, quien estaba casada con don Antonio Méndez Padilla, propietario de la hacienda de Canindo, en cuyos terrenos abarcaban el lago de Camécuaro. Predio comprado por don Antonio Gómar, originario de Purépero, para fundar la hacienda de Camécuaro, aunque se trataba de un terreno cenagoso y que, mediante el esfuerzo e ingenio del nuevo dueño, fue transformado en un sitio laborable y fértil.

Como consecuencia de todos estos factores, llegaron al lugar varias familias, de la región, así como de algunos países europeos. Entre estas: don Pablo Tortoriello, originario de Italia, los licenciados Aguiar y don Gonzalo Echeverrieta, que fuera esposo de la poeta Primitiva Quiroz Sámano; los hermanos Alfonso y Florencio Prado, de Huesca, España.

Tangancícuaro, que en 1831 había sido  elevado a la categoría de Cabecera de Municipalidad, mientras que el Obispo de Michoacán, don José Clemente de Jesús Munguía en 1854, por su cuenta y riesgo, lo había erigido en curato independiente, con  la desamortización de los bienes eclesiásticos, sufrió “una recomposición de la propiedad agraria y de la propiedad rural. Las mejores tierras de labor se quedaron en manos de los más pudientes y a los humildes les tocó la periferia del pueblo y tan solo pequeños lotes que poco a poco fueron perdiendo por deudas o por presiones económicas”, señala Guillermo Fernández Ruíz, cronista de esta ciudad.

Porfiriato

“Durante el porfiriato –continúa Fernández Ruiz– hubo un auge constructivo en Tangancícuaro. En toda la región del valle de Zamora se desarrolló una estructura agrícola-comercial que naturalmente tuvo repercusiones visibles en cierta prosperidad de los habitantes y en la transformación del perfil urbano. Los cambios originaron nuevas necesidades y la adecuación de nuevos espacios para satisfacerlas: mercado, panteón, plaza, rastro”.

Tangancícuaro, que desde el 20 de noviembre de 1861 luce el apelativo de Arista, en memoria del general Mariano Arista, recibió el siglo XX, con sus mejores galas. Durante la última etapa del Porfirito, la primera década de la nueva centuria, estrenó empedrados en sus calles. Vio terminada y redecorada la iglesia y se terminó la construcción de las torres. Una en 1902; la otra 2 años después. El quisco lució alumbrado público un par de calendarios más tarde. Se construyeron presas, ruedos para las peleas de gallos, y se contó con servicio telefónico y de telégrafo.

     El reparto agrario

La reforma agraria se hizo efectiva, en el municipio, en 1925. Gobernaba el Esado el General Enrique Ramírez. El movimiento local fue encabezado por los señores: Epifanio Magaña, Miguel Sámano, Socorro Vaca y Benjamín Montañez. Se dijo, entonces, que a partir de ese momento, las 3 cuartas partes de los productos de la región beneficiaban a las 2 terceras partes de la población. Con este acto borraban la amarga experiencia en la que la mayor parte de las cosechas era enviada a la ciudad de Zamora.

Hoy, los agricultores locales, ven con orgullo que el producto de sus esfuerzos y desvelos.   Su actividad es de suma importancia para el municipio siendo sus principales cultivos: el maíz, el trigo, el sorgo, la fresa, la cebolla, la calabacita, el jitomate, el tomate, el frijol, la alfalfa, el garbanzo, la cebada, el chile verde, la papa y el brócoli. Atrás han quedado los tiempos aquellos en que los primeros habitantes del lugar sólo producían maíz, trigo y lentejas.

En el ramo ganadero, que también ocupa un lugar de primer orden, se crían especies de los ganados: bovino, caprino, porcino, ovino, aves de corral. Se realiza también la apicultura.

En el municipio existe gran actividad agroindustrial. Hay congeladoras, descremadoras, empacadoras,  plantas forrajeras, molino de trigo,, curtidoras, fabrica de mosaicos, tabique, tubos y aserraderos siendo está la principal actividad económica del municipio.

Personajes ilustres

En esta tierra vieron su primera luz, el poeta Rafael Paz Romero,
(1822-1875) , Ramón Silva Álvarez, filántropo , Primitiva Quiroz Sámano, poeta, Rubén C. Navarro, poeta (1892-1957), Ángel Morales, obispo de Sonora, Francisco Victoriano Jasso de Dávalos, benefactor del pueblo, Angel Mariano Morales y Jasso, obispo y político, fue diputado a las Cortes de Madrid antes de la Independencia de México, y ya de regreso  al Congreso Nacional, en 1837 fue miembro del Congreso de Gobierno.(1784-1843) , Mariano Irigoyet, Obispo de Abdera, Ramón Paz Romero, Fue poeta e impresor autor de “Recuerdos”
(1835-1911), Rafael Galván, sacerdote, sociólogo, apoyo la labor pro-agrarista, autor del libro de Derecho Civil Mexicano (1878-1940), David Marín Quiroz, revolucionario, se le concedieron dos condecoraciones al mérito militar (1890-1961), Rubén Claudio Navarro Murgia, revolucionario, poeta, desempeño algunos cargos administrativos durante el periodo del Presidente Venustiano Carranza, fue diputado local, agregado comercial de México en la ciudad de los Ángeles, Cónsul, editor del libro “Ritmos de Otoño”, fundo una compañía cinematográfica, fue nombrado hijo predilecto del pueblo de Tangancícuaro (1894-1958), Roberto Quiroz Guerra, Maestro Normalista, Director de Educación en el estado de Puebla y Yucatán Director Federal de Educación en el Estado de Jalisco, supervisor General y Jefe de Zona (1914-1978)  y Martín Sámano Magaña, profesor e historiador (1897-1987).

La migración

Vecino de Zamora, Jacona, Tlazazalca, Chilchota, Tingüindín, Purépero, Charapan, Los Reyes  y Tangamandapio, el centro urbano  de Tangancícuaro aparece, orgulloso, apenas el viajero deja las suaves ondulaciones y breves montañas que amorosas lo acunan. Y esta imagen la conocen muy bien sus hijos, principalmente los que, por tradición, por herencia y conveniencia, se han ausentado del terruño. No olvidemos a don Francisco Victorino Jasso, que llegó a ser considerado uno de los más grandes arrieros de la Nueva España y que, si él no viajaba –por aquello de que “al ojo del amo, crece el dinero”–, los arrieros que conducían sus recuas debieron contar, a cada regreso de los largos viajes –iban más allá de lo que hoy son las fronteras del país–, acerca de sus experiencias en aquellos sitios.

Fiestas,  y tradiciones

Cada  15 de agosto, la población celebra a su patrona, Nuestra Señora de  la Asunción. Pero ese es el último día del quincenario que, con el inicio del octavo mes del calendario, sacude a los católicos de la parroquia, hoy bajo la batuta del padre Nacho Gil Moreno, un joven sacerdote chavindense que antes había oficiado en sitios como Angahuan , Sahuayo y Jacona, como ecónomo del Seminario Mayor. Le auxilia el padre vicario Pedro Cortés, según cuentan los fieles. Porque tienen que atender, además, el Santuario del Señor de la Salud –que volvió a ser consumido por las llamas, y que hoy luce traje de gala. Su día grande es el 14 de noviembre.

Sin embargo, la fiesta mayor, en cuanto a rumbosa, es la que se organiza  durante el último mes del año. Todos los días, a partir del primero de diciembre, las romerías anteceden a las celebraciones litúrgicas, antes de las lúdicas. Es que han vuelto muchos de los que han emigrado. ¡Ni para qué hacer comparaciones con las demás fechas de fiestas. Estas son las grandes!  Con menos brillo, sin faltar el entusiasmo, los fieles de este lugar recuerdan, cada 19 de marzo, al Santo Cristo . Febrero 2, encienden velas y maderos en honor de La Candelaria, fiesta tradicional entre los pueblos de la sierra.

Gastronomía y turismo

Por sus condiciones naturales el municipio cuenta con lugares propios para el desarrollo turístico, el cual constituye una actividad de vital importancia, para el desarrollo económico. Cuenta con el Lago de Camécuaro, el Parque Nacional, una Zona Arqueológica y manantiales. La actividad artesanal también juega un importante rol, sobre todo en la región de la montaña: Patamban y sus alfareros tienen  bien ganada fama, en la región, el país y el extranjero.

La comida típica del municipio, son: el Churipo, los uchepos, la camata -putzuti (atole de grano), la barbacoa de borrego y las corundas.  Hay que venir a este paradisíaco pueblo y visitar  los centros turísticos como: el Lago de Camécuaro, el Parque Nacional de Camécuaro, la Zona Arqueológica, manantiales y balnearios.

Pero, venir a Tangancícuaro e irse sin probar las carnitas, es pecado mortal.

 
 
++++++++++

 

Complemento a “Puebleando por Tangancícuaro” (Guía,  8  y 15 de Sept.)

 

Templo de la Divina Providencia * El Proyecto de Asilo de Ancianos * Próspera Secundaria regional *

 Colonia El Refugio * Cupátziro,  una maravilla

(Complemento)

Por Benjamín González Oregel

Tangancícuaro de Arista, Mich.,–  Don José Antonio Torres Partida, párroco de la Divina Providencia,  me había dicho para Puebleando por Tangancícuaro “¡venga para que conozca la parte bonita de Tangancícuaro!”, luego de haber leído que el señor cura del lugar era el chavindense padre Nacho Gil Moreno. Jamás imaginé que en esta cabecera del municipio hubiese otra parroquia.

Respondiendo a la invitación

En cuanto el par de motociclistas detiene  sus motocicletas, y uno de ellos me indica que hemos llegado al lugar que busco, creo estar lejos de Michoacán. Frente a mí aparecen imágenes y visiones propias de sitios, de ciudades muy alejadas de mi querido Estado. Lo que mis ojos ven nada tiene que ver con los paisajes de los pueblos y ciudades de esta parte del occidente del país. El tipo de construcciones, la amplitud de la calle y la extensión de la misma –que parece perderse, sin desviación ninguna, más allá de las montañas que la separan de la Meseta– , me recuerda mis estancias en lugares como Culiacán, Ciudad Obregón, o hasta en alguna ciudad de California. Pero me encuentro en Tangancícuaro de Arista, frente a la iglesia de la Divina Providencia.

Entre iglesias

–Esta es la iglesia que busca –señala uno de los  atentos policías que me han guiado desde el centro del poblado, y que junto con su pareja se dispone a continuar su rondín.

Para colmo, a esta hora del día, con la amplia avenida desolada, las puertas del sagrado recinto parecen estar cerradas. Camino unos cuantos metros –creo que hacia el sur, sobre la banqueta en cuya acera se levanta la moderna construcción– y al descubrir que un portón permanece entreabierto, lo traspongo. Subo unos cuantos escalones y, de pronto, me encuentro a la puerta de la nave eclesial. Lo que veo, me deja boquiabierto. ¡Qué estancia más digna para visitar a Dios!

Luego de una breve mirada, vuelvo sobre mis pasos y salgo a la calle. Desde allí, auxiliado por un grueso y pesado aro metálico, que cuelga de una puerta, llamo. Casi al instante aparece el sacerdote. Me invita a pasar. Subimos a la azotea de la casa, a través de una laberíntica escalera. Las vistas que se me ofrecen, desde ese sitio, son espléndidas: “Aquel es el cerro de Patamban, detrás de esa montaña se encuentra Purépero, aquel cerro es el de Tlazazalca. La gente de aquí gusta pasear, los domingos, por esa loma… “, afirma el anfitrión, mientras señala con su dedo y su brazo alargados, los distintos puntos. Pero también advierto que, nada más cruzar la amplia avenida, se levanta una modesta capilla donde los hermanos pentecostales se reúnen.

Para presumir

Volvemos al interior de la iglesia. La exposición que hace revela que sabe lo que tiene en sus manos: en la nave –dispuesta para que el visitante no se distraiga durante su estancia–  caben 600 personas. Hay bancas, como las tradicionales, para los jóvenes, para los ancianos y los enfermos; hay butacas de fibra de vidrio recubiertas con suaves materiales plásticos. Encima, más allá del amplio portón, hay un mezanine donde se instalan los miembros del coro. El altar y el retablo, son para presumir. Todo, bañado por la abundante luz que dejan pasar los hermosos vitrales que se encuentran en lo alto de los muros, por todos los costados del edificio. Entre las imágenes, sobresale un crucifijo que pende a un costado del retablo y que, en estos días, resalta si tomamos en cuenta la vertical Bandera, con sus hermosos colores, que nos recuerda que estamos en Septiembre, el mes de la Patria. Esto es obra del padre Belmontes, me dice el párroco.

Tata Keri

En uno de los espacios libres que quedan dentro de la iglesia, es posible ver una maqueta. Se trata del proyecto Tata Keri, que quiere decir: papá viejo, abuelo. Es obra de los arquitectos José Luis Oropeza López y su esposa Lourdes Galicia Rivera –y del que GUÍA dio cuenta hace unos días–.  En el modelo a escala, también aparecen los nombres de Guillermo Adso Fernández Arceo, José Luis Menchaca Cruz, Silvia Angélica Peña Gil y el ingeniero Miguel Ángel Mendoza Muñíz. “Para todo esto, no estoy pagando ni un solo centavo”, señala el sacerdote.

De acuerdo a las palabras de don José Antonio Torres Partida, en este lugar podrán vivir ancianos de todos los puntos y pueblos del Estado. “En Los Reyes –donde fue párroco–, hice un asilo de ancianos. Es el más grande de Michoacán, el más bonito, llamado El Buen Samaritano. Fue iniciativa mía. Allí tenemos ancianos de Uruapan, Purépero, Maravatío, Apatzingán, Los Reyes, Zamora, Tangancícuaro; de todos lados. No se le cierra la puerta a ningún anciano, en un asilo”. Este asilo está pensado para albergar a gente pobre. Pero la gente, los ancianos que tengan posibilidades económicas y quieran ir allí, pagarán una cuota. “Pero, la idea es de que sea para gente pobre”. Se tiene pensado que el número de residentes sea de hasta 54 personas.

Peso a peso, casa por casa

De acuerdo con la maqueta –donde se observa un quiosco, “porque a los ancianos no les gusta estar encerrados, les gusta estar en las plazas”–, y según lo confirmó el propio presbítero, el espacio a construirse no es nada pequeño; abarcará una hectárea. Regalo del señor Salvador Fernández Zamora, se encuentra al lado poniente de la cabecera municipal. En el modelo influyó el espacio creado en Los Reyes, “los arquitectos fueron a ver el de Los Reyes”, por lo que el proyecto es algo parecido, indica don José Antonio. Aunque admite que en “hermosura, va a superar al de Los Reyes”.  Afirma que para la construcción y mantenimiento del asilo, ha conseguido que empresarios y políticos se comprometan con sus donativos. “Hoy, precisamente, fuimos reconocidos como Asociación Civil”, para que las donaciones sean deducibles de impuestos.

Hemos hablado con empresarios. Están dispuestos a apoyar para la realización de esta obra. Pero, lo “más importante es que estas obras se hacen peso a peso. Las hace la gente, peso a peso. En todos los negocios vamos a poner alcancías. Vamos a recolectar casa por casa, cada 8 días. Tenemos alcancías en las iglesias. No nos preocupa mucho lo de la construcción. Sabemos que hay que empezar y, según el ánimo que le ponga la gente, así vamos a acabar”.

El Tangancícuaro más hermoso

Platicar con don José Antonio es agradable, muy ameno. Además, se trata de un hombre que se preocupa por lo que acontece en su parroquia. Seguramente son muchos los políticos con los que cultiva buenas relaciones –posiblemente de amistad–, ahora que,  por lo visto, éstos se han atrevido a dejar, arrinconados, esos prejuicios que siguieron a la Guerra Cristera, sobre todo en algunas regiones del occidente de México. Y si traigo a cuento lo anterior se debe a que es notoria esa posible relación.

Días ante, el párroco me había asegurado que el Tangancícuaro más hermoso era el que se asentaba en los terrenos que su parroquia abarcaba. Para confirmarlo, nos dimos una vueltecita, en su propia camioneta.

La primera gran diferencia es que las calles, en este Tangancícuaro moderno, son amplias, a más de muy limpias. Se nota que quienes aquí habitan suelen pasar la escoba cada mañana. Contrariamente a lo que sucede en el centro, no son visibles –por lo tanto no hay molestias–  los tapones y atascos automovilísticos que se sufren en el centro de la población, sobre todo en la parte más vieja.

La Secundaria más grande del Estado

A menos de 500 metros, apenas se deja la amplia calzada por la que se va rumbo a Patamban,  Charapan,  Uruapan y más abajo, allá por Tierra Caliente, se observa una gran explanada, salpicada de altos árboles. Es la escuela secundaria “más grande del Estado”, dice el sacerdote. Se trata de un plantel en el que la mística es el trabajo. “Es raro que haya paros en esta secundaria. Ahora que los hubo en todo Michoacán, esta secundaria siguió trabajando”, señala. Hay una buena dirección en la institución y “parece que la educación que se brinda a los estudiantes es de calidad”. Hasta sus aulas, cada mañana, acuden estudiantes de los Once Pueblos, de Patamban y de Zamora. De esta última, vienen 2 camiones con muchachos a estudiar a esta secundaria. Sin contar a los que acuden procedentes de las comunidades del municipio: San Antonio, Gómez Farías, Ocumicho, Etúcuaro. Me han dicho que hay cerca de mil alumnos, repartidos en 2 turnos”. Se trata de la secundaria número 23, indica el clérigo.

Desde la calle, son visibles las instalaciones con que cuenta la institución: canchas deportivas, bajo techo y a cielo abierto: canchas para voleyball, basketball y futbol. Además de los edificios en las que se ubican las aulas.

El Refugio, colonia

En el plan original, el que habíamos acordado, nos habíamos planteado visitar el ojo de agua de Cupátziro, para que conociésemos, los lectores y este corresponsal, un lugar paradisíaco. Camino  hacia ese sitio,  se nos atraviesa una colonia nueva, conocida con el nombre de El Refugio.

En este lugar, cuenta el anfitrión, habita gente procedente de un rancho, que se encontraba en el municipio de Angamacutiro, llamado El Refugio. El gobierno construyó una presa y esta obra inundó el caserío –al parecer la presa se construyó en 1970, y lleva por nombre Melchor Ocampo–. Entonces, el constructor –el Ejecutivo– se vio forzado a darles tierra. Y se las dio en Tangancícuaro. Les construyó las casas y la gente, procedente de aquel rancho, bautizó al nuevo asentamiento con el nombre de colonia El Refugio.

A leguas se adivina que los refugiados salieron beneficiados con el cambio. Ya que, a más de las viviendas, el gobierno los dotó  de mejores tierras, en la fértil llanada que circunda a esta población. Ellos, por su parte, construyeron una ermita “esta” –y me señala con el dedo la iglesia–, dedicada a la Virgen del Refugio. “No se olvidaron de su patrona”, advierte el pastor, cuando el vehículo pasa frente a la iglesia. Es una más, entre las 5 iglesias que debe atender el sanjosefino sacerdote.

–Y ¿cómo le hace? –le pregunto.

–¡Así, a la carrera! –entre risas me responde.

–¿No tiene vicario?

–No, los vicarios están escasos. No hay muchas vocaciones. Pero mire, es una colonia bonita, habitada por gente contenta. Les fue bien. Estas tierras son mejores. Por otro lado, la gente, aquí en Tangancícuaro, no vive con mucha pobreza. Muchos de los habitantes de la misma  ya nacieron aquí, pero la gente grande llegó de El Refugio.

Pero no están solos los habitantes del refugio en esta parte de la cabecera del municipio, tienen como vecinos a los afiliados a la propriísta asociación llamada Antorcha Campesina, compuesta por ciudadanos de cualquier lado de la República.

Cupátziro, una maravilla

La fracción donde se encuentran los manantiales de Cupátziro está  cercada y se ubica frente a la porción donde se levanta la capilla de la Virgen del Refugio.  A simple vista, el visitante se da cuenta que se trata de un sitio bien atendido, protegido. Limpio en su interior, sólo se advierten algunas hojas que han caído de los frondosos y verdes árboles que allí crecen: sabinos y Sauces.  Una batería de bombas –5 ó 6– se encarga de la extracción y propulsión del agua con que se llena la red de agua potable con que cuenta la población, que ya no es chica. Bien asegurado, el sitio cumple con lo que había sentenciado el párroco de la Divina Providencia: “este ojo de agua, es más bonito que el mismo Camécuaro”. Y a la verdad no faltaba. Cupátziro es una maravilla, merced a sus manantiales color esmeralda. Y lo mejor, conforme se observa el conjunto, se advierte que esto fue descubierto y tenido en cuenta hace muchos años, por todos los que han tenido alguna responsabilidad en el municipio, a lo largo de los tiempos.

La calle Adoquinada –así es nombrada entre los moradores de la Villa–, que corre sobre uno de los costados del predio donde brotan los  azulados veneros del vital líquido, reconfirma lo anterior, por si quedasen dudas.  En épocas de estío, cuando los rayos solares queman, debe ser una delicia caminar bajo la sombra de los cientos de fresnos centenarios que delinean y refrescan los miles de adoquines que la cubren. No se trata de un espacio angosto. Al contrario. Aquí, cuentan los habitantes, se le llamó y conoció, mucho tiempo ha, como El Callejón. Son visibles algunos huecos, dejados por la incuria, tal vez,  o la necesidad de los propietarios de los terrenos aledaños para ingresar a sus viviendas, quienes tuvieron que cortar algunos especímenes de estos árboles.

Gente trabajadora, no es pueblo pobre

Conforme se transita por esta parte de la población, uno cae en la cuenta de que Tangancícuaro es más hermoso de lo que deja ver desde la carretera federal. Además, asegura el presbítero, la gente es muy trabajadora; sin dejar de lado que, metidos en la globalización, este paraíso michoacano no ha escapado a la avaricia de las transnacionales, “las que se llevan la mayor parte del dinero”, producto de la generosidad de la tierra.

A simple vista uno advierte que no se trata de un pueblo pobre. La generalidad de las viviendas nos habla de que los habitantes de este lugar disfrutan de un nivel económico bueno, sobre todo los que habitan en la parte que corresponde, en lo eclesiástico, a la parroquia de la Divina Providencia. Aunque, bueno es precisar, que hacia el centro de la población, las casas de adobe con tejados a dos aguas, no son extrañas. Tanto que, por momentos, me recuerdan a la hermosa Santa Inés, un pueblo serrano en cuya formación  también intervinieron tangancicuarenses. Tal vez de allí la semejanza en sus construcciones.

Y mientras recorremos los límites de la circunscripción parroquial, el sacerdote, nacido en San José de Gracia, Michoacán, refiere que, como pastor, ha ejercido su ministerio en las parroquias de Los Reyes durante 18 años, Penjamillo una docena de calendarios y “aquí apenas voy a cumplir 4”.

Birria de lengua y buñuelos, únicos

Cuenta el párroco que, contrariamente a la información que publiqué hace días en un Puebleando, la comida típica del lugar no es la que yo anoté. Esa variedad corresponde a los pueblos de la sierra. Lo que aquí se acostumbra y que da fama a la cocina lugareña, es la “birria de lengua de res, y los buñuelos”. Se trata de una birria especial, que gusta a los habitantes de Zamora. “Porque yo no la he visto en ningún lugar, solamente aquí”.

Complemento a “Puebleando por Tangancícuaro” (Guía,  8  y 15 de Sept.)

Templo de la Divina Providencia * El Proyecto de Asilo de Ancianos * Próspera Secundaria regional *

 Colonia El Refugio * Cupátziro,  una maravilla

Por Benjamín González Oregel

Tangancícuaro de Arista, Mich.,–  Don José Antonio Torres Partida, párroco de la Divina Providencia,  me había dicho para Puebleando por Tangancícuaro “¡venga para que conozca la parte bonita de Tangancícuaro!”, luego de haber leído que el señor cura del lugar era el chavindense padre Nacho Gil Moreno. Jamás imaginé que en esta cabecera del municipio hubiese otra parroquia.

Respondiendo a la invitación

En cuanto el par de motociclistas detiene  sus motocicletas, y uno de ellos me indica que hemos llegado al lugar que busco, creo estar lejos de Michoacán. Frente a mí aparecen imágenes y visiones propias de sitios, de ciudades muy alejadas de mi querido Estado. Lo que mis ojos ven nada tiene que ver con los paisajes de los pueblos y ciudades de esta parte del occidente del país. El tipo de construcciones, la amplitud de la calle y la extensión de la misma –que parece perderse, sin desviación ninguna, más allá de las montañas que la separan de la Meseta– , me recuerda mis estancias en lugares como Culiacán, Ciudad Obregón, o hasta en alguna ciudad de California. Pero me encuentro en Tangancícuaro de Arista, frente a la iglesia de la Divina Providencia.

Entre iglesias

–Esta es la iglesia que busca –señala uno de los  atentos policías que me han guiado desde el centro del poblado, y que junto con su pareja se dispone a continuar su rondín.

Para colmo, a esta hora del día, con la amplia avenida desolada, las puertas del sagrado recinto parecen estar cerradas. Camino unos cuantos metros –creo que hacia el sur, sobre la banqueta en cuya acera se levanta la moderna construcción– y al descubrir que un portón permanece entreabierto, lo traspongo. Subo unos cuantos escalones y, de pronto, me encuentro a la puerta de la nave eclesial. Lo que veo, me deja boquiabierto. ¡Qué estancia más digna para visitar a Dios!

Luego de una breve mirada, vuelvo sobre mis pasos y salgo a la calle. Desde allí, auxiliado por un grueso y pesado aro metálico, que cuelga de una puerta, llamo. Casi al instante aparece el sacerdote. Me invita a pasar. Subimos a la azotea de la casa, a través de una laberíntica escalera. Las vistas que se me ofrecen, desde ese sitio, son espléndidas: “Aquel es el cerro de Patamban, detrás de esa montaña se encuentra Purépero, aquel cerro es el de Tlazazalca. La gente de aquí gusta pasear, los domingos, por esa loma… “, afirma el anfitrión, mientras señala con su dedo y su brazo alargados, los distintos puntos. Pero también advierto que, nada más cruzar la amplia avenida, se levanta una modesta capilla donde los hermanos pentecostales se reúnen.

Para presumir

Volvemos al interior de la iglesia. La exposición que hace revela que sabe lo que tiene en sus manos: en la nave –dispuesta para que el visitante no se distraiga durante su estancia–  caben 600 personas. Hay bancas, como las tradicionales, para los jóvenes, para los ancianos y los enfermos; hay butacas de fibra de vidrio recubiertas con suaves materiales plásticos. Encima, más allá del amplio portón, hay un mezanine donde se instalan los miembros del coro. El altar y el retablo, son para presumir. Todo, bañado por la abundante luz que dejan pasar los hermosos vitrales que se encuentran en lo alto de los muros, por todos los costados del edificio. Entre las imágenes, sobresale un crucifijo que pende a un costado del retablo y que, en estos días, resalta si tomamos en cuenta la vertical Bandera, con sus hermosos colores, que nos recuerda que estamos en Septiembre, el mes de la Patria. Esto es obra del padre Belmontes, me dice el párroco.

Tata Keri

En uno de los espacios libres que quedan dentro de la iglesia, es posible ver una maqueta. Se trata del proyecto Tata Keri, que quiere decir: papá viejo, abuelo. Es obra de los arquitectos José Luis Oropeza López y su esposa Lourdes Galicia Rivera –y del que GUÍA dio cuenta hace unos días–.  En el modelo a escala, también aparecen los nombres de Guillermo Adso Fernández Arceo, José Luis Menchaca Cruz, Silvia Angélica Peña Gil y el ingeniero Miguel Ángel Mendoza Muñíz. “Para todo esto, no estoy pagando ni un solo centavo”, señala el sacerdote.

De acuerdo a las palabras de don José Antonio Torres Partida, en este lugar podrán vivir ancianos de todos los puntos y pueblos del Estado. “En Los Reyes –donde fue párroco–, hice un asilo de ancianos. Es el más grande de Michoacán, el más bonito, llamado El Buen Samaritano. Fue iniciativa mía. Allí tenemos ancianos de Uruapan, Purépero, Maravatío, Apatzingán, Los Reyes, Zamora, Tangancícuaro; de todos lados. No se le cierra la puerta a ningún anciano, en un asilo”. Este asilo está pensado para albergar a gente pobre. Pero la gente, los ancianos que tengan posibilidades económicas y quieran ir allí, pagarán una cuota. “Pero, la idea es de que sea para gente pobre”. Se tiene pensado que el número de residentes sea de hasta 54 personas.

Peso a peso, casa por casa

De acuerdo con la maqueta –donde se observa un quiosco, “porque a los ancianos no les gusta estar encerrados, les gusta estar en las plazas”–, y según lo confirmó el propio presbítero, el espacio a construirse no es nada pequeño; abarcará una hectárea. Regalo del señor Salvador Fernández Zamora, se encuentra al lado poniente de la cabecera municipal. En el modelo influyó el espacio creado en Los Reyes, “los arquitectos fueron a ver el de Los Reyes”, por lo que el proyecto es algo parecido, indica don José Antonio. Aunque admite que en “hermosura, va a superar al de Los Reyes”.  Afirma que para la construcción y mantenimiento del asilo, ha conseguido que empresarios y políticos se comprometan con sus donativos. “Hoy, precisamente, fuimos reconocidos como Asociación Civil”, para que las donaciones sean deducibles de impuestos.

Hemos hablado con empresarios. Están dispuestos a apoyar para la realización de esta obra. Pero, lo “más importante es que estas obras se hacen peso a peso. Las hace la gente, peso a peso. En todos los negocios vamos a poner alcancías. Vamos a recolectar casa por casa, cada 8 días. Tenemos alcancías en las iglesias. No nos preocupa mucho lo de la construcción. Sabemos que hay que empezar y, según el ánimo que le ponga la gente, así vamos a acabar”.

El Tangancícuaro más hermoso

Platicar con don José Antonio es agradable, muy ameno. Además, se trata de un hombre que se preocupa por lo que acontece en su parroquia. Seguramente son muchos los políticos con los que cultiva buenas relaciones –posiblemente de amistad–, ahora que,  por lo visto, éstos se han atrevido a dejar, arrinconados, esos prejuicios que siguieron a la Guerra Cristera, sobre todo en algunas regiones del occidente de México. Y si traigo a cuento lo anterior se debe a que es notoria esa posible relación.

Días ante, el párroco me había asegurado que el Tangancícuaro más hermoso era el que se asentaba en los terrenos que su parroquia abarcaba. Para confirmarlo, nos dimos una vueltecita, en su propia camioneta.

La primera gran diferencia es que las calles, en este Tangancícuaro moderno, son amplias, a más de muy limpias. Se nota que quienes aquí habitan suelen pasar la escoba cada mañana. Contrariamente a lo que sucede en el centro, no son visibles –por lo tanto no hay molestias–  los tapones y atascos automovilísticos que se sufren en el centro de la población, sobre todo en la parte más vieja.

La Secundaria más grande del Estado

A menos de 500 metros, apenas se deja la amplia calzada por la que se va rumbo a Patamban,  Charapan,  Uruapan y más abajo, allá por Tierra Caliente, se observa una gran explanada, salpicada de altos árboles. Es la escuela secundaria “más grande del Estado”, dice el sacerdote. Se trata de un plantel en el que la mística es el trabajo. “Es raro que haya paros en esta secundaria. Ahora que los hubo en todo Michoacán, esta secundaria siguió trabajando”, señala. Hay una buena dirección en la institución y “parece que la educación que se brinda a los estudiantes es de calidad”. Hasta sus aulas, cada mañana, acuden estudiantes de los Once Pueblos, de Patamban y de Zamora. De esta última, vienen 2 camiones con muchachos a estudiar a esta secundaria. Sin contar a los que acuden procedentes de las comunidades del municipio: San Antonio, Gómez Farías, Ocumicho, Etúcuaro. Me han dicho que hay cerca de mil alumnos, repartidos en 2 turnos”. Se trata de la secundaria número 23, indica el clérigo.

Desde la calle, son visibles las instalaciones con que cuenta la institución: canchas deportivas, bajo techo y a cielo abierto: canchas para voleyball, basketball y futbol. Además de los edificios en las que se ubican las aulas.

El Refugio, colonia

En el plan original, el que habíamos acordado, nos habíamos planteado visitar el ojo de agua de Cupátziro, para que conociésemos, los lectores y este corresponsal, un lugar paradisíaco. Camino  hacia ese sitio,  se nos atraviesa una colonia nueva, conocida con el nombre de El Refugio.

En este lugar, cuenta el anfitrión, habita gente procedente de un rancho, que se encontraba en el municipio de Angamacutiro, llamado El Refugio. El gobierno construyó una presa y esta obra inundó el caserío –al parecer la presa se construyó en 1970, y lleva por nombre Melchor Ocampo–. Entonces, el constructor –el Ejecutivo– se vio forzado a darles tierra. Y se las dio en Tangancícuaro. Les construyó las casas y la gente, procedente de aquel rancho, bautizó al nuevo asentamiento con el nombre de colonia El Refugio.

A leguas se adivina que los refugiados salieron beneficiados con el cambio. Ya que, a más de las viviendas, el gobierno los dotó  de mejores tierras, en la fértil llanada que circunda a esta población. Ellos, por su parte, construyeron una ermita “esta” –y me señala con el dedo la iglesia–, dedicada a la Virgen del Refugio. “No se olvidaron de su patrona”, advierte el pastor, cuando el vehículo pasa frente a la iglesia. Es una más, entre las 5 iglesias que debe atender el sanjosefino sacerdote.

–Y ¿cómo le hace? –le pregunto.

–¡Así, a la carrera! –entre risas me responde.

–¿No tiene vicario?

–No, los vicarios están escasos. No hay muchas vocaciones. Pero mire, es una colonia bonita, habitada por gente contenta. Les fue bien. Estas tierras son mejores. Por otro lado, la gente, aquí en Tangancícuaro, no vive con mucha pobreza. Muchos de los habitantes de la misma  ya nacieron aquí, pero la gente grande llegó de El Refugio.

Pero no están solos los habitantes del refugio en esta parte de la cabecera del municipio, tienen como vecinos a los afiliados a la propriísta asociación llamada Antorcha Campesina, compuesta por ciudadanos de cualquier lado de la República.

Cupátziro, una maravilla

La fracción donde se encuentran los manantiales de Cupátziro está  cercada y se ubica frente a la porción donde se levanta la capilla de la Virgen del Refugio.  A simple vista, el visitante se da cuenta que se trata de un sitio bien atendido, protegido. Limpio en su interior, sólo se advierten algunas hojas que han caído de los frondosos y verdes árboles que allí crecen: sabinos y Sauces.  Una batería de bombas –5 ó 6– se encarga de la extracción y propulsión del agua con que se llena la red de agua potable con que cuenta la población, que ya no es chica. Bien asegurado, el sitio cumple con lo que había sentenciado el párroco de la Divina Providencia: “este ojo de agua, es más bonito que el mismo Camécuaro”. Y a la verdad no faltaba. Cupátziro es una maravilla, merced a sus manantiales color esmeralda. Y lo mejor, conforme se observa el conjunto, se advierte que esto fue descubierto y tenido en cuenta hace muchos años, por todos los que han tenido alguna responsabilidad en el municipio, a lo largo de los tiempos.

La calle Adoquinada –así es nombrada entre los moradores de la Villa–, que corre sobre uno de los costados del predio donde brotan los  azulados veneros del vital líquido, reconfirma lo anterior, por si quedasen dudas.  En épocas de estío, cuando los rayos solares queman, debe ser una delicia caminar bajo la sombra de los cientos de fresnos centenarios que delinean y refrescan los miles de adoquines que la cubren. No se trata de un espacio angosto. Al contrario. Aquí, cuentan los habitantes, se le llamó y conoció, mucho tiempo ha, como El Callejón. Son visibles algunos huecos, dejados por la incuria, tal vez,  o la necesidad de los propietarios de los terrenos aledaños para ingresar a sus viviendas, quienes tuvieron que cortar algunos especímenes de estos árboles.

Gente trabajadora, no es pueblo pobre

Conforme se transita por esta parte de la población, uno cae en la cuenta de que Tangancícuaro es más hermoso de lo que deja ver desde la carretera federal. Además, asegura el presbítero, la gente es muy trabajadora; sin dejar de lado que, metidos en la globalización, este paraíso michoacano no ha escapado a la avaricia de las transnacionales, “las que se llevan la mayor parte del dinero”, producto de la generosidad de la tierra.

A simple vista uno advierte que no se trata de un pueblo pobre. La generalidad de las viviendas nos habla de que los habitantes de este lugar disfrutan de un nivel económico bueno, sobre todo los que habitan en la parte que corresponde, en lo eclesiástico, a la parroquia de la Divina Providencia. Aunque, bueno es precisar, que hacia el centro de la población, las casas de adobe con tejados a dos aguas, no son extrañas. Tanto que, por momentos, me recuerdan a la hermosa Santa Inés, un pueblo serrano en cuya formación  también intervinieron tangancicuarenses. Tal vez de allí la semejanza en sus construcciones.

Y mientras recorremos los límites de la circunscripción parroquial, el sacerdote, nacido en San José de Gracia, Michoacán, refiere que, como pastor, ha ejercido su ministerio en las parroquias de Los Reyes durante 18 años, Penjamillo una docena de calendarios y “aquí apenas voy a cumplir 4”.

Birria de lengua y buñuelos, únicos

Cuenta el párroco que, contrariamente a la información que publiqué hace días en un Puebleando, la comida típica del lugar no es la que yo anoté. Esa variedad corresponde a los pueblos de la sierra. Lo que aquí se acostumbra y que da fama a la cocina lugareña, es la “birria de lengua de res, y los buñuelos”. Se trata de una birria especial, que gusta a los habitantes de Zamora. “Porque yo no la he visto en ningún lugar, solamente aquí”.

 
(Tomado de GUIA, Semanario Regional Independiente,
Zamora, Mich., México. www.semanariogia.com.mx )
Advertisements

2 Responses

  1. […] Tangancícuaro. Benjamín González Oregel […]

  2. […] Tangancícuaro. Benjamín González Oregel. […]

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: