Atecucario. Benjamín González Oregel

Puebleando  Atecucario, donde un cura guió a los peticionarios de tierra.

Atecucario de la Constitución, Mpio. de Zamora, Mich.–  En cuanto uno pone el pie sobre la placita Rafael Galván Galván, de esta localidad, se observan 2 humildes placas que fueron colocadas a ambos lados de la figura que se encuentra en el centro del jardín, el visitante comienza a comprender el por qué del conjunto recreativo construido en este espacio, en honor de un presbítero que ejerció su ministerio entre los fieles de esta comunidad. En una se lee: “Al señor cura, Rafael Galván Galván, insigne benefactor, guía espiritual y social para este poblado. Nació el 4 de febrero, de 1878. Falleció el 6 de febrero de 1940”.

Y es que, con el apoyo y dirección del párroco Rafael Galván Galván, los cabecillas del movimiento agrarista de esta tenencia zamorana, lograron que el reparto de las tierras de lo que fue la hacienda de Atecucario, se hiciese realidad. “Y las tierras del ejido, llegan hasta donde está Zamex”, aseguran los atecucarienses. ¿No que los curas apoyaban a los terratenientes?

266, más o menos, es el número de ejidatarios que fueron beneficiados con el reparto de otras tantas parcelas. Predios en los que se siembra fresa, maíz, trigo y algunas verduras y vegetales. Además, los campesinos productores, a pesar de no contar con congeladoras en sus terrenos, no sufren en ese aspecto. A unos cuantos kilómetros, en la cabecera del municipio, en la parte norte de la ciudad, se ubican los centros de acopio y venta para sus productos: las grandes congeladoras del Valle de Zamora.

Este núcleo ejidal poblacional es vecino de Atacheo, El Sáuz de Abajo, Romero de Torres, Romero de Guzmán, Zamora y Ecuandureo, nunca ha sabido de la escasez de agua. Sí ha sufrido, sobre todo las mujeres, por la falta de infraestructura para llevarla a las casas habitación. Aún son visibles un par de estanques, parecidos a las atarjeas en las que abrevaba el ganado –una seguramente desde los tiempos en que existía la hacienda–. Hoy, de ambos estanques, escurren sendos y gruesos chorros del vital líquido. El par de construcciones, coincidentemente, se encuentra junto a los centros de reunión con los que cuenta la comunidad, cerca de las placitas del pueblo. Sin embargo, para los vecinos, lo que vemos, ahorita, no es nada en comparación con lo que los ojos de agua que hay allá arriba, en las montañas que nos separan de Ecuandureo, daban hace años. “Antes de que se presentaran los años de la resequedad. Porque en el lado ese que usted ve, todo ese lugar, se conocía con el nombre de El Pantano”. Antes, “la pila esa se utilizaba para que abrevara el ganado”.

Cuentan los habitantes del ejido que, en el sitio en donde se encuentra la iglesia, dedicada a San Isidro Labrador, se encontraba el casco de la hacienda. Afirman que en el sitio que ahora ocupa la Casa Ejidal, también existían instalaciones de la antigua finca; lo mismo que otro par de construcciones –de las que nada queda–, también pertenecientes a los terrenos del latifundio. Hoy, en los patios de la Casa Ejidal, llama la atención  un viejo tractor, renovado y repintado por los ejidatarios, que da cuenta de la maquinaria utilizada por los últimos hacendados. Según afirman los vecinos, los últimos propietarios de la hacienda eran unos señores de apellido Verduzco.

Hijos ilustres

Cuando uno habla de hijos ilustres, y menciona el grupo musical de Los Humildes, entre los habitantes nacidos en el pueblo, las opiniones se dividen. Para unos, los miembros de la familia Ayala, residentes desde hace décadas en California, y que se dieron a conocer allá por la década de los setenta, del pasado siglo, como interpretes de la música norteña, no son de aquí. Por lo tanto, no deben ser enlistados como hijos del pueblo. Uno de los papás, dicen los impugnadores, es de aquí. Los que sí nacieron aquí, precisan, fueron los abuelos. Y aunque los miembros del grupo hayan nacido en Zamora, para otro sector de los habitantes de este lugar, son de Atecucario.

No se olvidan, no podía ser de otra manera, de gentes como Francisco Figueroa, Fernando Andrade, José Gutiérrez y Juan Romero, líderes durante el reparto agrario. Guiados, asesorados por el padre Galván Galván.

El recuerdo que no divide a los vecinos del pueblo es el del doctor Arnulfo Alfaro, quien se entregó a favor de la salud de los habitantes del entonces rancho y poblaciones vecinas. Dicen, además, cuando hablan de médicos, llenarse de orgullo al saber que gentes como el doctor Jesús Ayala, reconocido pediatra que ejerce su profesión  en Zamora, hayan visto la primera luz en esta localidad.

Migración

Los nacidos en este lugar son, como los habitantes de esta parte del Estado, aventureros por naturaleza. Muchos son los hijos de esta tierra que, en la actualidad, radican en los Estados Unidos. Sitios como Los Ángeles, Napa, Oxnard y el Valle de San Joaquín, en California, han sido y son su tierra prometida. Pero su estancia, en aquellas tierras, no ha sido gratis. Allá por la década de los setenta, durante las épocas de cosechas, las sombras de los árboles de las huertas de poblaciones como Linden, cerca de Stockton, hacían las veces de casas habitación para estos michoacanos que recolectaban esa deliciosa fruta que es la cereza. Sobre todo de la variedad bing. Aunque ya entrados en sitios de residencia, hay que decir que en el estado de Oregon, también habita gente oriunda de esta tenencia. Allá, a más de cerezas, suelen ocuparse en la cosecha y poda de frutas como la pera y, si caminan más al norte, en el estado de Washington, en el cultivo de la manzana.

Las mejores casas del pueblo, afirman los habitantes de la tenencia, pertenecen a quienes radican fuera de la localidad. A los emigrados, principalmente.

La parroquia local, dedicada a San Isidro Labrador, la iglesia, da la idea de ser demasiado obscura, probablemente porque el plafón es muy bajo. Sencillo el retablo, al costado izquierdo, visto desde la entrada, luce al patrono del pueblo. A quien los fieles gustan celebrar, en el día que el santoral ha marcado: el 15 de mayo. Sin embargo, la fiesta más rumbosa es la que se organiza en diciembre, el 8 del último mes del año. En esos días, muchos de los que radican en California, acostumbran venir. “Los emigrados, porque los que no tienen papales, que antes venían, ya no vienen. Está muy duro para volver a entrar”, señala el propietario de una breve estancia en la que se vende comida rápida y antojitos mexicanos; y que hoy, como día festivo que es, ha terminado con lo que su esposa había preparado para la venta.

La economía

En esta localidad, la economía se sostiene del campo. De su fértil campo. Por estas fechas, deben sentirse alentados y agradecidos los hombres que laboran y cultivan las parcelas que se extienden sobre todo hacia el sur de la población. De no presentarse un desastre natural, habrán de cosechar al cien por uno. Los sembradíos de maíz –más apretados no pueden ser los maizales–, lucen 2 y 3 grandes mazorcas en cada caña. Y cuentan los vecinos que la principal fuente de ingresos proviene del cultivo de la fresa. Aunque también cultivan el trigo, el frijol y el jitomate. Los peones reciben entre 130 y 150 pesos por jornal trabajado. Y no trabaja sólo quien no quiere hacerlo.

Con una breve sonrisa, en la que se mezclan la añoranza y la resignación, don Alejandro Garibay, un setentón comerciante, niega que las remesas enviadas por los norteños sean la base de la economía local. “Eran. A ver dígame: ¿quién manda dinero de allá? Ya están, también, rejodidos. Están igual que los que estamos aquí. Mucha gente, que vivió mucho tiempo allá, cuando han ido a ver a sus hijos, vuelven, al pueblo, convidados a no volver, a estados Unidos, ni de paseo”. Asegura que, los que no tienen papeles, ni el intento de volver hacen. Y los que los tienen, “prefieren quedarse aquí”, sostiene. “El pago de la renta, allá”, es bien duro.

La fresa, indica don Alejandro Garibay, propietario de una paletería ubicada a un costado de la plaza principal, “hasta ahora, según eso, está dando algo. Porque antes, cuando sembraban esa fresa sin tapar, los agricultores ganaban un año; y 4 ó 5 no. Que porque helaba, porque granizaba. Y ya ve, el cultivo tiene muchos contratiempos”.

Para esta actividad, los agricultores cuentan con el agua del río “que viene de la presa de Álvarez, así como de la que extraen de los pozos profundos que han perforado. Han hecho muchos pozos, aquí, en Atecucario”, precisa el paletero.

Como es natural, los habitantes de esta comunidad acuden, a hacer sus compras y a realizar sus ventas, por lo general, a la cabecera del municipio; distante unos cuantos kilómetros. Cuentan, para ello, con un par de buenos caminos –asfaltados, aunque hay tramos en los que la carpeta comienza a deteriorarse–. Uno, con salida hacia el poniente, hacia el Sáuz de Abajo. Otro, rumbo al sur. Este, con un par de bifurcaciones: una hacia Romero de Torres; otra vía el aeropuerto. Cuyas instalaciones, si tomamos en cuenta la propiedad de los predios y su ubicación, habremos de concluir que se asienta en terrenos del ejido de Atecucario.

El rostro del centro urbano

Nada extraño resulta que en esta localidad, en cuanto a su trazo, la anarquía sea la constante. Como sucede en cualquier centro urbano que haya crecido luego del reparto agrario. Las construcciones, en no pocos casos, limitan la longitud de las calles y callejones que, en buen número, descienden desde las faldas de las montañas que se extienden hacia el norte, allá por los rumbos de Ecuandureo. Hay vías que han sido recubiertas, con asfalto mayoritariamente, pero también con planchas de cemento. No son pocas las que carecen de todo.

Hay un constante servicio de transporte suburbano, lo que facilita la comunicación con los ranchos y poblaciones vecinas. Pero, como nada es gratuito, es fácil suponer que esto ha contribuido al deterioro de carpeta asfáltica de la calle principal de la tenencia.

En la actualidad, el servicio de agua potable se abastece con el líquido extraído de pozos profundos. “Antes, había allí –y señala una parte visible desde aquí, al pie de la cuesta–  un pocito. Se alimentaba con el agua que bajaba del cerro grande. Y todos tomábamos agua de allí. Pero hoy, todas las casas tienen agüita”, dice don Alejandro.

Al fabricante de helados y paletas, le acompaña su esposa, que fue la causante y origen del oficio: su padre, suegro de don Alejandro, fue el fundador del negocio. Y la señora nos cuenta que, para comer, durante las celebraciones especiales, el platillo común –que no por ello deja de ser sabroso–, es el mole. La carne puede ser de res –en birria–, de cerdo o de pollo. Guarnicionado con sopa de arroz y frijoles. Los sábados, además, tienen fama las carnitas que prepara un “hijo de nosotros”, que tiene una carnicería, metros más abajo, rumbo a El Sáuz. Elabora, los domingos, chicharrones. Pero no son de esos chicharrones grandes. Se trata de los tradicionales, de tamaño pequeño.

Autor:
(Tomado de GUIA, Semanario Regional Independiente,
Zamora, Mich., México. www.semanariogia.com.mx )
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