Mis Primeros Cincuenta Años. Silvio Maldonado Bautista

  Mis primeros cincuenta años, V

     Silvio Maldonado Bautista

 

Silvio Maldonado Bautista

Silvio Maldonado Bautista

                

Mi padre nació en Jungapeo…

Sí mi padre, Silvio Maldonado Nateras, nació en Jungapeo, Mich., en 1905 y falleció en el mismo pueblo en 1988. Fue un hombre de muy alta honestidad, honradote y muy estimado por sus coterráneos quienes lo llamaban cariñosamente con el remoquete de “Chivito”.

Dicen que un día de sus años mozos se atrevió a ver a la señorita Conchita, hija de don Adrián Bautista, quien era considerado como un hombre de posibles, y no fuese porque era de familia adinerada sino porque siempre se distinguió en el trabajo. Su padre Romualdo Bautista había acumulado algunas propiedades que le daban presencia importante en el pueblo; entre ellas: La Piedra, ubicada en el barranco final de la planicie pueblerina, y El Río Chiquito, bordeado por el río Tuxpan, allí llamado río de Jungapeo. Ambos, huertos de frutales tenían frondosos árboles de mamey, cultivos de plátanos, zapote negro, aguacate y ciruelo; amén de café, el riquísimo café de Michoacán, del que cuentan que un tal Michelena, agregado cultural de una embajada mexicana en Europa, había encaminado sus pasos por la península arábiga en el siglo XIX. Comiendo en la región de Kaffa, y particularmente en el pueblo de Moka, al sentir curiosidad por un fuerte y agradable aroma, preguntó por la bebida de la que emanaba. Le llevaron una rica taza de café y unos granos que bien guardados en su cazadora llegaron hasta su natal Morelia. La señora cuidadora de la casa encontró aquellas frutillas en la chamarra del señor y llegado el tiempo de su lavado, cogiólas y las tiró hacia el patio de la casa. Mayor fue su fortuna cuando viera que la frutilla tirada había originado numerosas plantas que fueron llevadas a la Hacienda de La Parota, ya en el pueblo de Uruapan. Multiplicado su cultivo dio origen al riquísimo “café Uruapan” que pronto extendió su fama por muchos pueblos de México y del extranjero.

Pero volviendo al asunto en cuestión, las huertas de adrián Bautista, lo más importante  de tales predios era la calidad de sus frutas; tan de primera que constituían la envidia de los dueños de otros huertos y de muchos compradores que las llevaban a los mercados de México, Monterrey, Toluca y Morelia.

Adrián Bautista llegó a ser presidente municipal de Jungapeo, y cuentan los que dicen saber, que tuvo como secretario a un ilustre jungapense, Andrés Landa y Piña, que llegaría a ser el director del Registro Nacional de Electores por varios sexenios presidenciales. Así las cosas la señorita Conchita fue de las más sobresalientes damitas de aquel poblado y nada menos que Silvio –Chivo- se había atrevido a posar sus ojos en ella.

En cambio la familia de don Silvio llegó del Rincón de Tamayo en Guanajuato. Su abuela Francisca Maldonado estaba arrejuntada con un fulano de apellido Tzianca que sin decir esta boca es mía, ni  aguas que me desparezco, un día la largó con los varios hijos que tenía y se esfumó por los caminos del tiempo; entre ellos figuraba Francisco a quien terminaron por darle el apellido de su abuela: Francisco Maldonado.

Francisco Maldonado se avecinó en Jungapeo y se casó con la señora Bonifacia Nateras quien era  recién viuda de su marido de apellido Ponce. Cuando eso ocurrió, la señora Bonifacia ya había engendrado con él un varón a quien le pusieron el nombre de Agustín Ponce Nateras, conocido siempremente por su alias de “El Chamorro”. Con don Francisco tuvo cuatro hijos más, todos varones: Leonel, Wilfrido, Demófilo y Silvio. La abuela Bonifacia sí era criolla del pueblo y tenía un árbol genealógico muy nutrido. Ha de verse que el apellido Nateras es muy abundante en estas latitudes.

Muy apenas los Maldonado se mantenían, Leonel como jardinero al cuidado de hermosas plantas de ornato entre las que sobresalían las amapolas de diversos y lucidos colores. Fueron épocas de alta permisibilidad de su cultivo; nadie en el pueblo conocía en aquel momento el potencial que llegarían a tener como fuente muy importante para la obtención de estupefacientes. También fueron aquellos entonces  en los que ya se cantaba la canción que había hecho famosa, internacionalmente hablando, el Dr. Alfonso Ortiz Tirado… Amapola, lindísima amapola, será siempre mi alma tuya sola (Canción de José María Lacalle y Albert Gamse (1924). Posteriormente, la cantarían Hugo Avendaño, Plácido Domingo, el trío Los Panchos y muchos otros.

Wilfrido y Silvio eran hombres de campo, de los de cincuenta centavos al día. Con la ventaja que el primero ya se había hecho de un pequeño predio en la vega del río Jungapeo, en el que sudaba para cultivar principalmente plátano guineo, que de ser tan abundante no solamente en su huerta denominada La Vega, sino en todos los cultivares del pueblo, recibía el nombre de plátano corriente, el más cotizado por ser el más sabroso.

Demófilo nunca tuvo el gusto por la tierra, y para no dar quebraderos de cabeza, se huyó de su casa hacia Morelia, donde con uno y mil trabajos, una y mil carencias, terminó la carrera de maestro normalista, con la que inició una vida más cómoda y confortable. Preocupado por Silvio, su hermano menor, lo instó a ubicarse en la casa de un tío, en Zitácuaro, para estudiar la enseñanza primaria; ciclo que no concluyó, sino hasta el cuarto año, destacándose por su hermosa escritura Palmer y su gusto por las operaciones aritméticas. Complementariamente, se ubicó como mocito con un amigo de su padre y aprendió el A B C de la sastrería en el cortado y costura de los pantalones; y fue con ese bagaje que Silvio pensó en el matrimonio y un día… decía mi madre… se la robó en complicidad con unos amigos… Sin embargo, mi padre negaba aquel rapto, y ratificaba que ella se había querido ir con él y le había pedido que se la robara. Yo creo que mi padre decía la verdad, porque la fuerza física que poseía no le habría sido suficiente para cargar a una mujer tan robusta y bien dada como mi madre.

Autor:

Silvio Maldonado Bautista

+++++++++

Mis primeros cincuenta años

-IV-

21 de julio de 2013

De veras que fue una sorpresa inesperada, pero muy sentida. Mis amigos de la Sociedad Michoacana de Egresados del Instituto Politécnico Nacional AC (SOME IPN),  me organizaron un evento para reconocer mi vida académica en el Politécnico Nacional y más allá, por un poco más de cincuenta años.

Fue una gratísima sorpresa por diversos motivos: en primer instancia, porque se realizó en el Aula Máter del Colegio Primitivo y Nacional de San Nicolás de Hidalgo, cuna del nacimiento de nuestra Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH).

En ese Colegio, y particularmente en su elegante Aula Máter, no deja uno de tener reminiscencias que nos transportan a las épocas de grandes hombres de la historia nacional como Miguel Hidalgo, José María Morelos, José Sixto Verduzco, José María Izazaga, Ignacio López Rayón, por sólo citar a algunos cuantos, que en ese sacro recinto estudiaron.

De veras, entre la visión de los vivos rojos de alfombras y butacas, me sentí nicolaíta y no pude menos que rezar mentalmente el juramento que alienta las acciones de quienes egresan de esa histórica universidad… “Ser nicolaítas es ser responsable, alentar el noble afán del conocimiento y  de la investigación de las ciencias y de las artes, tener el claro concepto de la cultura. Seguir las venerables huellas de don Vasco de Quiroga con Fe en la humanidad y por el amor de los hombres. Ser nicolaítas es llevar en el corazón el ejemplar espíritu de lucha que como su más bella lección nos dio nuestro padre maestro don Miguel Hidalgo porque sólo quien da tiene derecho a recibir. La libertad no se implora, se conquista… ser nicolaítas es ser pueblo y del pueblo como lo fue el gran Morelos, el sublime Siervo de la NaciónSer nicolaítas significa amar la vida, la tierra, sus flores, las cosas de la naturaleza, tal y como lo hizo Melchor Ocampo… los nicolaítas somos y seremos siempre la guardia de honor del corazón de Ocampo… ”

(Bueno, tengo que decir que llevo esencia de nicolaíta, porque mis dos años de estudio en la Secundaria de San José en 1950 y 1951, entonces perteneciente a la UMSNH, me dieron ese derecho. Mi certificado de esos dos años lleva la firma del rector Torres Fraga.

Mis amigos de la SOME IPN, hablaron maravillas de este humilde servidor, en labios de Rogelio, José Luis Ávalos y Samuel Maldonado; quienes, entre otras expresiones dijeron:

Rogelio: “La SOME da la bienvenida para brindar un sensible e importante reconocimiento a un gran maestro y compañero, el Dr. Silvio Maldonado Bautista…

“Estamos aquí para reconocer la labor académica y profesional, durante 50 años, de nuestro compañero maestro y amigo…

“El origen provinciano y popular del Dr. Silvio Maldonado le ha dado el potencial intelectual y la sensibilidad creadora que ha manifestado a lo largo de la vida, por los senderos michoacanos, desde Jungapeo al mundo…

“Fue formado en nuestra gloriosa institución, el Politécnico Nacional, como médico rural; él mismo ha desarrollado la hermosa capacidad creadora musical y literaria que manifiesta en la estela curricular que ha construido…

“La vida prolífica del doctor, como estudiante, maestro, compositor e interprete, escritor, incansable profesionista siempre en pro de la sociedad, con un alto sentido nacionalista será relatada a continuación por el doctor José Luis Ávalos Lemus, alumno, compañero y amigo del doctor Silvio Maldonado…”

Siguió después José Luis y narró innumerables hechos de mi vida como alumno y maestro. Sus palabras fueron muy sentidas y dichas con una fuerte carga de emotividad y fraterna estimación, al tiempo que Marco presentaba imágenes de esos cincuenta años, en las que se evidenciaba lo mismo reconocimientos, que nombramientos de los diversos cargos que, como funcionario, desempeñé dentro y fuera del Politécnico, en el Distrito federal y en Michoacán.

Mi hermano, por su parte, narró hechos que compartimos juntos desde aquellos primeros años infantiles en los que fuimos monaguillos de la iglesia de San Juan Diego, hasta las travesuras que quedaron como improntas en los terrenos entonces plenos de árboles, del ahora pletórico y súper poblado faldón del cerro de Santa María de Guido.

Inolvidable e inesperado ese hermoso acto; ¡para recordarlo siempre! Pero inmerecido en cuanto a que esta importante agrupación de profesionales politécnicos se haya tomado el trabajo de hacer algo que me llegó hasta lo más profundo de mis neuronas. ¡Gracias por todo, compañeros y amigos! ¡Muchas gracias!

Recomendación final: si alguien quiere que le hagan algo semejante, y que se digan linduras y realizaciones de su  vida, por favor, conjunten, sumen al menos estos ingredientes indispensables: un ex alumno de recientes generaciones de la escuela y universidad donde haya estudiado; otro ex alumno como José Luis con el que hayan compartido vicisitudes relacionadas con la profesión; un joven entusiasta ingeniero en electrónica, como Marco, para cubrir los auxiliares didácticos que se habrán de exponer, en escritos, videos y otros elementos; y finalmente un hermano, como el mío, Samuel Maldonado, que además de carnal, sea como quien dice, Elmer O. Chingón y haya participado en aventuras y otros hechos de la vida común… ¡De veras, nunca falla!

Autor:

Silvio Maldonado Bautista

++++++++

Mis primeros cincuenta años

-III-

SILVIO MALDONADO BAUTISTA-Morelia

El casco de Santo Tomás había cambiado mucho desde aquella época en la que Juan de Dios Bátiz trabajaba con un puñado de estudiantes para colocar la alambrada que limitaría el terreno del corazón del Politécnico: el propio Casco de Santo Tomás. Fueron aquellos años treintas -1935–1936-, en los que además de ser jefe del Departamento de Enseñanza Técnica Industrial y Comercial fue senador de la República. Por aquellos años, cuando el presidente Cárdenas llegaba a caballo a visitar la obra politécnica en la que su gran amigo Juan de Dios  ponía todo empeño y corazón…

“¿Por qué no te paras en el Senado, Juan de Dios? –dicen que una ocasión le preguntó el Presidente-. Me dicen que tienes mucho que no vas…”

“Pa qué me quieres allá; esta obra es muy importante para el país. Allá cuentas con muchos C(a%”b=r&#o%n*e+s. Acá hago más falta” -también dicen que le contestó.

Porque Juan de Dios Bátiz Paredes fue siempre un hombre de carácter, recio y decidido como que era revolucionario, ingeniero militar y luchador social en busca de una educación pública al servicio del pueblo.

En ese tiempo y en ese lugar, fue cuando también cuentan que nació la mascota representativa de los politécnicos: el burro blanco. En relación con ello, relatan que llegó un campesino a reclamar su animal porque los jóvenes estudiantes no dejaban que lo sacara del terreno: se habían encariñado con aquel pollino blanco, blanco, color nieve. Después de no conseguir su entrega, acudió con el ingeniero Bátiz y dio la queja…

“¿Cuánto cuesta tu animal?” Le debió preguntar don Juan de Dios.

“No sé, patrón. No pienso que haiga que venderlo”.

Don Juan de Dios sacó un centenario y lo entregó al dueño de la bestia.

“Mira despreocúpate por el burro, porque no te lo van a devolver los chamacos” –seguramente le dijo y le completó con una andanada de palabrotas porque el jefe se las gastaba para lucir su lenguaje. Con aquella valiosa moneda terminó la discusión y el hombrecillo se fue más que contento. Hasta entonces el ingeniero se percató  de que no era burro sino burra.

… En 1952 –repito, año de mi ingreso al Poli-  Santo Tomás ya tenía una barda perimetral interrumpida al oriente, norte y sur por sendas puertas con sus respectivas rejas de entrada; la que abría al poniente, lucía en su trabe limítrofe superior, las clásicas tres letras, siglas emblemáticas del Instituto, esto es, IPN.

Por esa puerta del poniente, todas las mañanas, rayando las 8 horas, entraba una dama, que bien sabía lo que tenía, pues provocaba, en la chamacada que esperaba su cotidiano arribo, un coro de gritos y aullidos que la acompañaban al paso. Además, formaban valla juvenil por la que obligadamente caminaba con pasos acompasados, cadenciosos, luciendo su figura plena de sinuosidades, ¡ahí mero! -donde dicen que hasta el diablo se paralizó de euforia cuando las vio-, hasta desaparecer en uno de los laboratorios de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas… ¡era la famosa mujer, bella entre las bellas, conocida en el mundillo guinda y blanco, como la 90°!

Yo apenas si conocía algo del fútbol americano, pero me gustaba ver los entrenamientos de los equipos… Biología…, ESIA y otros, en el hermoso estadio Camino Díaz. Por distraído y descuidado, en una de esas visitas al estadio, un mi saco recién estrenado cambió de dueño; nunca pude recuperarlo; con él se fueron también mis útiles escolares.

También me gustaba formarme con los estudiantes del internado para esperar algo de comida. La fila se hacía cerca de la puerta norte, a un lado del gimnasio. Llegaban grandes peroles que se colocaban en fogatas para calentar su contenido. Después los jóvenes en larga cola, con charola en la mano, pasaban por sus raciones.

No siempre alcanzaba a comer con ellos; los estudiantes, casi todos provincianos, carecíamos de todo menos de hambre; así que devorábamos los alimentos… sopa, algún guisado de carne y frijoles… como todos decíamos, “como pelón de hospicio”. Cuando la tragedia del no alcancé ocurría, entonces salía del casco por la puerta sur, atravesaba el puente sobre el río Consulado y compraba una telera -diez centavos- para rellenarla con un plátano Tabasco de cinco. Ciertamente, aquella torta de plátano que sabía a gloria, era de lo más sabroso que podía conseguir. En otras ocasiones, salía por la puerta norte para echar volados con el inolvidable Charro, saciador de hambres con sus tacos de canasta.

A veces el Charro no alcanzaba a cubrir la hambrienta demanda y terminaba por hacer vales canjeables por 1, 2 ó 3 tacos para entregar en días subsecuentes. Mañosamente, reclamábamos la deuda tres o cuatro días después, sólo que el 1 y el 2  milagrosamente se habían transformado en 11 o doce, lo que aseguraba una comida para varios días.

Ese año de 1952 fue cuando ocurrió la mayor tragedia del futbol americano politécnico. Tragedia que bañó de tristeza y lágrimas los sueños de los villamelones aficionados de guinda y blanco: los pumas de la UNAM derrotaron a los burros blancos del Poli, al son de 20– 19, en los últimos minutos, en el estreno de su magno estadio, el olímpico de la Ciudad Universitaria…

Autor:

Silvio Maldonado Bautista

++++++

Mis primeros cincuenta años

-II-

-Morelia

El Politécnico de aquellos años (los cincuenta del siglo anterior), era más que realidad, una hermosa promesa de un México grande. El México que llegó a ser, hasta la llegada de Luis Echeverría Álvarez. Porque no es de olvidarse que nuestro país fue en ese tiempo la nación envidiada por todos los hermanos latinoamericanos. México era el hermano mayor, y también del que había de tomar el ejemplo. Ese México que no supimos defender cuando empezó a desquebrajarse con locos y neoliberales.

Ya para el año de mi inscripción, el Politécnico había sentado sus reales en el Casco de Santo Tomás; independientemente de que más allá del territorio de esa vieja ex hacienda se  asentaban la Escuela Superior de Comercio y Administración, la inmensa Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica (ESIME), la Escuela Nacional de Medicina Homeopática (ese era su nombre), la Superior de Ingeniería Textil (ESIT) y un buen número de vocacionales y prevocacionales.

En el Casco existía el cuadrilátero, recuerdo imborrable de lo que había sido uno de sus precursores, el Instituto Técnico Industrial, obra grande de Wilfrido Massieu en 1923; este recinto tenía diversas oficinas entre las cuales estaban las del director de la ESMR, Luis Augusto Méndez Zavala; las del director de Ciencias Biológicas, y las del director general Ing. Juan Manuel Ramírez Caraza.

Claro que para ese año de 1952,  el Casco también albergaba escuelas como la Nacional de Ciencias Biológicas (ENCB), la Superior de Ingeniería y Arquitectura (ESIA), la Superior de Medicina Rural ESMR), la Superior de Ingeniería Química e Industrias Extractivas ESIQIE), la Prevocacional # 5 (del director Espinosa y Grande), la Vocacional # 4 de Ciencias Médico Biológicas, y algunas instalaciones de canotaje de la ESIME. El remate deportivo del conjunto primigenio politécnico eran el fabuloso estadio Camino Díaz y el gimnasio con su hermosa y única pista de ciclismo. Igualmente existían oficinas administrativas y la hermosa biblioteca general.

Fueron para mí aquellos años del camión de diez y quince centavos; años de…no te hagas el remolón y levántate porque si no vas a llegar tarde… en labios de mi madre; porque había que treparse antecitos de las seis; lo contrario era el no llegar. La travesía era equivalente al recorrido de media ciudad capitalina.

Apenas trepado al cambión, mis ojos somnolientos buscaban un asiento trasero donde tirarme a todo lo que daba mi larguirucho y flaco cuerpo. No siempre lo lograba, de tal modo que me acompletaba, acurrucado en las frías bancas de cemento de los pasillos del primitivo Politécnico de Santo Tomás, con el frío clavado en mis costillas. Allí, apenas iluminado el día se escuchaba la gritería de quienes llegaban retrasados a pie o en bicicleta; entre ellos nuestro maestro de química que al presentarse nos había dicho:

“Miren jóvenes… de la materia que según tengo que enseñarles no sé ni madres. Como tengo que cumplir con un horario, aquí estaré con ustedes si es que quieren. Si no, pos me voy y que venga otro que sí sepa. A cambio, todos tienen 8 de calificación final y la pasaremos a toda madre contando cuentos”.

No aprendí nada de la química, pero empecé a oir los llamados cuentos colorados que aquel mal conductor de nuestra enseñanza secundaria se sabía y muy bien.

Una venerable y flaca anciana fungía como maestra de inglés. Tan vieja y arrugada nos parecía que no tardó en ser bautizada como Mis Pellejos. Aparte de estar cargada de años, acaso unos sesenta (la ancianidad de esa época), nos hablaba siempre en la lengua de Shakespeare, por lo que nos amotinamos contra ella frente al subdirector secretario, Flavio Camelo, después de atiborrar el pizarrón con caricaturas mostrando gatos en permanente maullidos y comiendo pellejos. El subdirector nos recetó un remedio tal que añoramos a Mis Pellejos. El nuevo maestro resultó ser un anciano cascarrabias, pelirrojo y regañón que llegaba siempre montado en una motoneta luciendo un elegante sombrero tipo europeo. Con inusitada frecuencia, sombrero y motoneta se desaparecían de sus ojos y recalaba con todos.

En ese grupo de tercero de secundaria, dos personas fueron muy notorias para mí: Nancy, una tímida muñeca morena de apenas si habla, que me perseguía por todos los rincones del Casco de Santo Tomás; y un dizque amigo que aprovechó mi singular timidez de provinciano y enamoró a la Nancy. Cuando le reclamé a la jovencita enamorada me contestó: ¡újule!, tantas veces que estuve para allá y para acá contigo y ni un beso me diste.

Mi compañero, el quemecomióelmandado hizo una travesura genial: puso una colilla de cigarro en el banco donde el profesor cascarrabias sentaba sus posaderas. Después de unos minutos en los que su pantalón empezó a humear, el profesor me aventó el borrador a la cara, al grito de ¡usté fue, verdá buey!, me sacó del salón y me endilgó un cinco de calificación mensual… Con esta calificación reafirmé mi calidad de provinciano ingenuo.

Autor:

Silvio Maldonado Bautista

+++++++++

Yo era un mocoso… (Mis primeros cincuenta años…)

– I –

-Morelia

Para mi fortuna nací en Michoacán el mismo año que nació el Instituto Politécnico Nacional, 1936. Como quien dice, con el tiempo y más años, presumiría de ente destinado a formarme en esa casa de estudios, máxima obra educativa de Lázaro Cárdenas del Río y Juan de Dios Bátiz y pilar fundamental del desarrollo tecnológico de México.

Mis primeros años se fueron en una miscelánea de planteles; entre ellos, uno moreliano para soplarme dos años de párvulo. Después, apareció en mi camino la Escuela Rural Federal Francisco I. Madero (Jungapeo) en la que cubrí tres años completos y un cuarto que, oficialmente, no tuvo validez educativa, como cuarto de primaria, porque aquella maestra Esther Pedraza no me concedió el examen final; yo había tenido un accidente y, como consecuencia, no pude asistir el día de las pruebas. Independientemente de ser el alumno más sobresaliente en los años anteriores, el cuarto se me esfumó en la necedad y sentido poco práctico de la profesora: en mi boleta asentó: no presentó examen final.

La ciudad de México del 1947 fue donde repetí el cuarto grado en la Escuela de las Vizcaínas. Un año pleno de aventuras, porque además de tener excelente maestra, tuve un recorrido interminable y placentero, desde las calles de la colonia Obrera, patas de perro hacia delante, por los paseos sobradamente atractivos y fantásticos de aquellos años, que La Muy Noble, Leal e Imperial Ciudad de México (José Antonio de Villaseñor y Sánchez, 1753); Ciudad de los Palacios (Charles Joseph La Trobe, 1834) ofrecía a sus visitantes: Chapultepec, Coyoacán, La Villa, Xochimilco, El Peñón, Nativitas, Tlalpan, San Ángel, La Alameda, El Puente de Nonoalco, monumento a La Raza y muchos otros de aquella ciudad, la de la región más transparente (Alexander Von Humboldt 1804; Alfonso Reyes 1917; Carlos Fuentes, novela 1955) y cosmopolita, en la que ya se vislumbraba el crecimiento de la televisión a partir de su primitivo canal XE1GC de Guillermo González Camarena (IPN, inventor de la televisión tricrómica o a color)); en tanto, las estaciones radiodifusoras reinaban a plenitud y vivían la preferencia de los casi cuatro millones de habitantes de la ciudad y muchos más de las entidades federativas de México y países de  América: XEB, XEQ, y más que nada la XEW, la Voz de América Latina desde México, con programas estelares como La hora Azul del músico poeta Agustín Lara; Cri, Cri, “El Grillito Cantor”; Apague la Luz y Escuche, con Arturo de Córdoba; Chucho el Roto; radio moconovelas, como “El Derecho de Nacer”; de suspenso y miedo como el Monje Loco;  y el desfile interminable de estrellas de primera magnitud como Emilio Tuero, Juan Arvizu, Luis Arcaraz, Nicolás Urcelay, José Mojica, Alfonso Ortiz Tirado, Tito Guízar, Los Panchos, Maria Luisa Landín, María Victoria, Panzón Panseco, Mario Moreno Cantinflas, Germán Valdés “Tin Tán”, Agustín Lara, Toña la Negra, Angelines Fernández, Carmen Rey, Pedro Infante, Jorge Negrete, Pedro Vargas, José Alfredo Jiménez, Fernando Fernández “El Crooner de México”, Gustavo Adolfo Palma, Los Tres Ases, Los Tres diamantes, Hugo Avendaño, Amparo Montes, Héctor Martínez Serrano, un universo de luminarias del cielo mexicano y latino.

Regresé a la capital michoacana y llegué a ocupar las butacas escolares, primero del Instituto Valladolid; después las del Colegio Valladolid en un intento frustrado de convertirme en hermano marista, hijo del entonces venerable Marcelino Champagnat (Marcelino Champagnat sería beatificado tiempo después por el papa Pio XII; y elevado a los altares como santo, por Juan Pablo II).

Con tristeza intensa regresé al Instituto, porque el titular del Colegio dijo claramente que no servía para maestro. A la culminación de esa enseñanza primaria fui galardonado por el Instituto Valladolid como el mejor de mi generación y campeón de ortografía. Esos dos años tuve de condiscípulos a Guillermo Villicaña y Manuel Romero, hijos de reconocidas familias morelianas.

Dos años, 1950 y 1951, estuve como estudiante de la entonces Secundaria San José de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Mi certificado de esos dos años fue firmado por el rector Gregorio Torres Fraga.

Finalmente, en 1952 entraría a las aulas de la Escuela Tecnológica o Prevocacional # 5, del Instituto Politécnico Nacional, en el Casco de Santo Tomás…

Sigue

¡Y de veras que yo era un mocoso e incansable pata de perro!

Autor:

Silvio Maldonado Bautista

(Tomado de GUIA, Semanario Regional Independiente,

Zamora, Mich., México. www.semanarioguia.com.mx )

++++++++++

  Mis primeros cincuenta años, V

     Silvio Maldonado Bautista

 

                

Mi padre nació en Jungapeo…

Sí mi padre, Silvio Maldonado Nateras, nació en Jungapeo, Mich., en 1905 y falleció en el mismo pueblo en 1988. Fue un hombre de muy alta honestidad, honradote y muy estimado por sus coterráneos quienes lo llamaban cariñosamente con el remoquete de “Chivito”.

Dicen que un día de sus años mozos se atrevió a ver a la señorita Conchita, hija de don Adrián Bautista, quien era considerado como un hombre de posibles, y no fuese porque era de familia adinerada sino porque siempre se distinguió en el trabajo. Su padre Romualdo Bautista había acumulado algunas propiedades que le daban presencia importante en el pueblo; entre ellas: La Piedra, ubicada en el barranco final de la planicie pueblerina, y El Río Chiquito, bordeado por el río Tuxpan, allí llamado río de Jungapeo. Ambos, huertos de frutales tenían frondosos árboles de mamey, cultivos de plátanos, zapote negro, aguacate y ciruelo; amén de café, el riquísimo café de Michoacán, del que cuentan que un tal Michelena, agregado cultural de una embajada mexicana en Europa, había encaminado sus pasos por la península arábiga en el siglo XIX. Comiendo en la región de Kaffa, y particularmente en el pueblo de Moka, al sentir curiosidad por un fuerte y agradable aroma, preguntó por la bebida de la que emanaba. Le llevaron una rica taza de café y unos granos que bien guardados en su cazadora llegaron hasta su natal Morelia. La señora cuidadora de la casa encontró aquellas frutillas en la chamarra del señor y llegado el tiempo de su lavado, cogiólas y las tiró hacia el patio de la casa. Mayor fue su fortuna cuando viera que la frutilla tirada había originado numerosas plantas que fueron llevadas a la Hacienda de La Parota, ya en el pueblo de Uruapan. Multiplicado su cultivo dio origen al riquísimo “café Uruapan” que pronto extendió su fama por muchos pueblos de México y del extranjero.

Pero volviendo al asunto en cuestión, las huertas de adrián Bautista, lo más importante  de tales predios era la calidad de sus frutas; tan de primera que constituían la envidia de los dueños de otros huertos y de muchos compradores que las llevaban a los mercados de México, Monterrey, Toluca y Morelia.

Adrián Bautista llegó a ser presidente municipal de Jungapeo, y cuentan los que dicen saber, que tuvo como secretario a un ilustre jungapense, Andrés Landa y Piña, que llegaría a ser el director del Registro Nacional de Electores por varios sexenios presidenciales. Así las cosas la señorita Conchita fue de las más sobresalientes damitas de aquel poblado y nada menos que Silvio –Chivo- se había atrevido a posar sus ojos en ella.

En cambio la familia de don Silvio llegó del Rincón de Tamayo en Guanajuato. Su abuela Francisca Maldonado estaba arrejuntada con un fulano de apellido Tzianca que sin decir esta boca es mía, ni  aguas que me desparezco, un día la largó con los varios hijos que tenía y se esfumó por los caminos del tiempo; entre ellos figuraba Francisco a quien terminaron por darle el apellido de su abuela: Francisco Maldonado.

Francisco Maldonado se avecinó en Jungapeo y se casó con la señora Bonifacia Nateras quien era  recién viuda de su marido de apellido Ponce. Cuando eso ocurrió, la señora Bonifacia ya había engendrado con él un varón a quien le pusieron el nombre de Agustín Ponce Nateras, conocido siempremente por su alias de “El Chamorro”. Con don Francisco tuvo cuatro hijos más, todos varones: Leonel, Wilfrido, Demófilo y Silvio. La abuela Bonifacia sí era criolla del pueblo y tenía un árbol genealógico muy nutrido. Ha de verse que el apellido Nateras es muy abundante en estas latitudes.

Muy apenas los Maldonado se mantenían, Leonel como jardinero al cuidado de hermosas plantas de ornato entre las que sobresalían las amapolas de diversos y lucidos colores. Fueron épocas de alta permisibilidad de su cultivo; nadie en el pueblo conocía en aquel momento el potencial que llegarían a tener como fuente muy importante para la obtención de estupefacientes. También fueron aquellos entonces  en los que ya se cantaba la canción que había hecho famosa, internacionalmente hablando, el Dr. Alfonso Ortiz Tirado… Amapola, lindísima amapola, será siempre mi alma tuya sola (Canción de José María Lacalle y Albert Gamse (1924). Posteriormente, la cantarían Hugo Avendaño, Plácido Domingo, el trío Los Panchos y muchos otros.

Wilfrido y Silvio eran hombres de campo, de los de cincuenta centavos al día. Con la ventaja que el primero ya se había hecho de un pequeño predio en la vega del río Jungapeo, en el que sudaba para cultivar principalmente plátano guineo, que de ser tan abundante no solamente en su huerta denominada La Vega, sino en todos los cultivares del pueblo, recibía el nombre de plátano corriente, el más cotizado por ser el más sabroso.

Demófilo nunca tuvo el gusto por la tierra, y para no dar quebraderos de cabeza, se huyó de su casa hacia Morelia, donde con uno y mil trabajos, una y mil carencias, terminó la carrera de maestro normalista, con la que inició una vida más cómoda y confortable. Preocupado por Silvio, su hermano menor, lo instó a ubicarse en la casa de un tío, en Zitácuaro, para estudiar la enseñanza primaria; ciclo que no concluyó, sino hasta el cuarto año, destacándose por su hermosa escritura Palmer y su gusto por las operaciones aritméticas. Complementariamente, se ubicó como mocito con un amigo de su padre y aprendió el A B C de la sastrería en el cortado y costura de los pantalones; y fue con ese bagaje que Silvio pensó en el matrimonio y un día… decía mi madre… se la robó en complicidad con unos amigos… Sin embargo, mi padre negaba aquel rapto, y ratificaba que ella se había querido ir con él y le había pedido que se la robara. Yo creo que mi padre decía la verdad, porque la fuerza física que poseía no le habría sido suficiente para cargar a una mujer tan robusta y bien dada como mi madre.

Autor:

Silvio Maldonado Bautista

+++++++++

Mis primeros cincuenta años

-IV-

21 de julio de 2013

De veras que fue una sorpresa inesperada, pero muy sentida. Mis amigos de la Sociedad Michoacana de Egresados del Instituto Politécnico Nacional AC (SOME IPN),  me organizaron un evento para reconocer mi vida académica en el Politécnico Nacional y más allá, por un poco más de cincuenta años.

Fue una gratísima sorpresa por diversos motivos: en primer instancia, porque se realizó en el Aula Máter del Colegio Primitivo y Nacional de San Nicolás de Hidalgo, cuna del nacimiento de nuestra Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH).

En ese Colegio, y particularmente en su elegante Aula Máter, no deja uno de tener reminiscencias que nos transportan a las épocas de grandes hombres de la historia nacional como Miguel Hidalgo, José María Morelos, José Sixto Verduzco, José María Izazaga, Ignacio López Rayón, por sólo citar a algunos cuantos, que en ese sacro recinto estudiaron.

De veras, entre la visión de los vivos rojos de alfombras y butacas, me sentí nicolaíta y no pude menos que rezar mentalmente el juramento que alienta las acciones de quienes egresan de esa histórica universidad… “Ser nicolaítas es ser responsable, alentar el noble afán del conocimiento y  de la investigación de las ciencias y de las artes, tener el claro concepto de la cultura. Seguir las venerables huellas de don Vasco de Quiroga con Fe en la humanidad y por el amor de los hombres. Ser nicolaítas es llevar en el corazón el ejemplar espíritu de lucha que como su más bella lección nos dio nuestro padre maestro don Miguel Hidalgo porque sólo quien da tiene derecho a recibir. La libertad no se implora, se conquista… ser nicolaítas es ser pueblo y del pueblo como lo fue el gran Morelos, el sublime Siervo de la NaciónSer nicolaítas significa amar la vida, la tierra, sus flores, las cosas de la naturaleza, tal y como lo hizo Melchor Ocampo… los nicolaítas somos y seremos siempre la guardia de honor del corazón de Ocampo… ”

(Bueno, tengo que decir que llevo esencia de nicolaíta, porque mis dos años de estudio en la Secundaria de San José en 1950 y 1951, entonces perteneciente a la UMSNH, me dieron ese derecho. Mi certificado de esos dos años lleva la firma del rector Torres Fraga.

Mis amigos de la SOME IPN, hablaron maravillas de este humilde servidor, en labios de Rogelio, José Luis Ávalos y Samuel Maldonado; quienes, entre otras expresiones dijeron:

Rogelio: “La SOME da la bienvenida para brindar un sensible e importante reconocimiento a un gran maestro y compañero, el Dr. Silvio Maldonado Bautista…

“Estamos aquí para reconocer la labor académica y profesional, durante 50 años, de nuestro compañero maestro y amigo…

“El origen provinciano y popular del Dr. Silvio Maldonado le ha dado el potencial intelectual y la sensibilidad creadora que ha manifestado a lo largo de la vida, por los senderos michoacanos, desde Jungapeo al mundo…

“Fue formado en nuestra gloriosa institución, el Politécnico Nacional, como médico rural; él mismo ha desarrollado la hermosa capacidad creadora musical y literaria que manifiesta en la estela curricular que ha construido…

“La vida prolífica del doctor, como estudiante, maestro, compositor e interprete, escritor, incansable profesionista siempre en pro de la sociedad, con un alto sentido nacionalista será relatada a continuación por el doctor José Luis Ávalos Lemus, alumno, compañero y amigo del doctor Silvio Maldonado…”

Siguió después José Luis y narró innumerables hechos de mi vida como alumno y maestro. Sus palabras fueron muy sentidas y dichas con una fuerte carga de emotividad y fraterna estimación, al tiempo que Marco presentaba imágenes de esos cincuenta años, en las que se evidenciaba lo mismo reconocimientos, que nombramientos de los diversos cargos que, como funcionario, desempeñé dentro y fuera del Politécnico, en el Distrito federal y en Michoacán.

Mi hermano, por su parte, narró hechos que compartimos juntos desde aquellos primeros años infantiles en los que fuimos monaguillos de la iglesia de San Juan Diego, hasta las travesuras que quedaron como improntas en los terrenos entonces plenos de árboles, del ahora pletórico y súper poblado faldón del cerro de Santa María de Guido.

Inolvidable e inesperado ese hermoso acto; ¡para recordarlo siempre! Pero inmerecido en cuanto a que esta importante agrupación de profesionales politécnicos se haya tomado el trabajo de hacer algo que me llegó hasta lo más profundo de mis neuronas. ¡Gracias por todo, compañeros y amigos! ¡Muchas gracias!

Recomendación final: si alguien quiere que le hagan algo semejante, y que se digan linduras y realizaciones de su  vida, por favor, conjunten, sumen al menos estos ingredientes indispensables: un ex alumno de recientes generaciones de la escuela y universidad donde haya estudiado; otro ex alumno como José Luis con el que hayan compartido vicisitudes relacionadas con la profesión; un joven entusiasta ingeniero en electrónica, como Marco, para cubrir los auxiliares didácticos que se habrán de exponer, en escritos, videos y otros elementos; y finalmente un hermano, como el mío, Samuel Maldonado, que además de carnal, sea como quien dice, Elmer O. Chingón y haya participado en aventuras y otros hechos de la vida común… ¡De veras, nunca falla!

Autor:

Silvio Maldonado Bautista

++++++++

Mis primeros cincuenta años

-III-

SILVIO MALDONADO BAUTISTA-Morelia

El casco de Santo Tomás había cambiado mucho desde aquella época en la que Juan de Dios Bátiz trabajaba con un puñado de estudiantes para colocar la alambrada que limitaría el terreno del corazón del Politécnico: el propio Casco de Santo Tomás. Fueron aquellos años treintas -1935–1936-, en los que además de ser jefe del Departamento de Enseñanza Técnica Industrial y Comercial fue senador de la República. Por aquellos años, cuando el presidente Cárdenas llegaba a caballo a visitar la obra politécnica en la que su gran amigo Juan de Dios  ponía todo empeño y corazón…

“¿Por qué no te paras en el Senado, Juan de Dios? –dicen que una ocasión le preguntó el Presidente-. Me dicen que tienes mucho que no vas…”

“Pa qué me quieres allá; esta obra es muy importante para el país. Allá cuentas con muchos C(a%”b=r&#o%n*e+s. Acá hago más falta” -también dicen que le contestó.

Porque Juan de Dios Bátiz Paredes fue siempre un hombre de carácter, recio y decidido como que era revolucionario, ingeniero militar y luchador social en busca de una educación pública al servicio del pueblo.

En ese tiempo y en ese lugar, fue cuando también cuentan que nació la mascota representativa de los politécnicos: el burro blanco. En relación con ello, relatan que llegó un campesino a reclamar su animal porque los jóvenes estudiantes no dejaban que lo sacara del terreno: se habían encariñado con aquel pollino blanco, blanco, color nieve. Después de no conseguir su entrega, acudió con el ingeniero Bátiz y dio la queja…

“¿Cuánto cuesta tu animal?” Le debió preguntar don Juan de Dios.

“No sé, patrón. No pienso que haiga que venderlo”.

Don Juan de Dios sacó un centenario y lo entregó al dueño de la bestia.

“Mira despreocúpate por el burro, porque no te lo van a devolver los chamacos” –seguramente le dijo y le completó con una andanada de palabrotas porque el jefe se las gastaba para lucir su lenguaje. Con aquella valiosa moneda terminó la discusión y el hombrecillo se fue más que contento. Hasta entonces el ingeniero se percató  de que no era burro sino burra.

… En 1952 –repito, año de mi ingreso al Poli-  Santo Tomás ya tenía una barda perimetral interrumpida al oriente, norte y sur por sendas puertas con sus respectivas rejas de entrada; la que abría al poniente, lucía en su trabe limítrofe superior, las clásicas tres letras, siglas emblemáticas del Instituto, esto es, IPN.

Por esa puerta del poniente, todas las mañanas, rayando las 8 horas, entraba una dama, que bien sabía lo que tenía, pues provocaba, en la chamacada que esperaba su cotidiano arribo, un coro de gritos y aullidos que la acompañaban al paso. Además, formaban valla juvenil por la que obligadamente caminaba con pasos acompasados, cadenciosos, luciendo su figura plena de sinuosidades, ¡ahí mero! -donde dicen que hasta el diablo se paralizó de euforia cuando las vio-, hasta desaparecer en uno de los laboratorios de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas… ¡era la famosa mujer, bella entre las bellas, conocida en el mundillo guinda y blanco, como la 90°!

Yo apenas si conocía algo del fútbol americano, pero me gustaba ver los entrenamientos de los equipos… Biología…, ESIA y otros, en el hermoso estadio Camino Díaz. Por distraído y descuidado, en una de esas visitas al estadio, un mi saco recién estrenado cambió de dueño; nunca pude recuperarlo; con él se fueron también mis útiles escolares.

También me gustaba formarme con los estudiantes del internado para esperar algo de comida. La fila se hacía cerca de la puerta norte, a un lado del gimnasio. Llegaban grandes peroles que se colocaban en fogatas para calentar su contenido. Después los jóvenes en larga cola, con charola en la mano, pasaban por sus raciones.

No siempre alcanzaba a comer con ellos; los estudiantes, casi todos provincianos, carecíamos de todo menos de hambre; así que devorábamos los alimentos… sopa, algún guisado de carne y frijoles… como todos decíamos, “como pelón de hospicio”. Cuando la tragedia del no alcancé ocurría, entonces salía del casco por la puerta sur, atravesaba el puente sobre el río Consulado y compraba una telera -diez centavos- para rellenarla con un plátano Tabasco de cinco. Ciertamente, aquella torta de plátano que sabía a gloria, era de lo más sabroso que podía conseguir. En otras ocasiones, salía por la puerta norte para echar volados con el inolvidable Charro, saciador de hambres con sus tacos de canasta.

A veces el Charro no alcanzaba a cubrir la hambrienta demanda y terminaba por hacer vales canjeables por 1, 2 ó 3 tacos para entregar en días subsecuentes. Mañosamente, reclamábamos la deuda tres o cuatro días después, sólo que el 1 y el 2  milagrosamente se habían transformado en 11 o doce, lo que aseguraba una comida para varios días.

Ese año de 1952 fue cuando ocurrió la mayor tragedia del futbol americano politécnico. Tragedia que bañó de tristeza y lágrimas los sueños de los villamelones aficionados de guinda y blanco: los pumas de la UNAM derrotaron a los burros blancos del Poli, al son de 20– 19, en los últimos minutos, en el estreno de su magno estadio, el olímpico de la Ciudad Universitaria…

Autor:

Silvio Maldonado Bautista

++++++

Mis primeros cincuenta años

-II-

-Morelia

El Politécnico de aquellos años (los cincuenta del siglo anterior), era más que realidad, una hermosa promesa de un México grande. El México que llegó a ser, hasta la llegada de Luis Echeverría Álvarez. Porque no es de olvidarse que nuestro país fue en ese tiempo la nación envidiada por todos los hermanos latinoamericanos. México era el hermano mayor, y también del que había de tomar el ejemplo. Ese México que no supimos defender cuando empezó a desquebrajarse con locos y neoliberales.

Ya para el año de mi inscripción, el Politécnico había sentado sus reales en el Casco de Santo Tomás; independientemente de que más allá del territorio de esa vieja ex hacienda se  asentaban la Escuela Superior de Comercio y Administración, la inmensa Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica (ESIME), la Escuela Nacional de Medicina Homeopática (ese era su nombre), la Superior de Ingeniería Textil (ESIT) y un buen número de vocacionales y prevocacionales.

En el Casco existía el cuadrilátero, recuerdo imborrable de lo que había sido uno de sus precursores, el Instituto Técnico Industrial, obra grande de Wilfrido Massieu en 1923; este recinto tenía diversas oficinas entre las cuales estaban las del director de la ESMR, Luis Augusto Méndez Zavala; las del director de Ciencias Biológicas, y las del director general Ing. Juan Manuel Ramírez Caraza.

Claro que para ese año de 1952,  el Casco también albergaba escuelas como la Nacional de Ciencias Biológicas (ENCB), la Superior de Ingeniería y Arquitectura (ESIA), la Superior de Medicina Rural ESMR), la Superior de Ingeniería Química e Industrias Extractivas ESIQIE), la Prevocacional # 5 (del director Espinosa y Grande), la Vocacional # 4 de Ciencias Médico Biológicas, y algunas instalaciones de canotaje de la ESIME. El remate deportivo del conjunto primigenio politécnico eran el fabuloso estadio Camino Díaz y el gimnasio con su hermosa y única pista de ciclismo. Igualmente existían oficinas administrativas y la hermosa biblioteca general.

Fueron para mí aquellos años del camión de diez y quince centavos; años de…no te hagas el remolón y levántate porque si no vas a llegar tarde… en labios de mi madre; porque había que treparse antecitos de las seis; lo contrario era el no llegar. La travesía era equivalente al recorrido de media ciudad capitalina.

Apenas trepado al cambión, mis ojos somnolientos buscaban un asiento trasero donde tirarme a todo lo que daba mi larguirucho y flaco cuerpo. No siempre lo lograba, de tal modo que me acompletaba, acurrucado en las frías bancas de cemento de los pasillos del primitivo Politécnico de Santo Tomás, con el frío clavado en mis costillas. Allí, apenas iluminado el día se escuchaba la gritería de quienes llegaban retrasados a pie o en bicicleta; entre ellos nuestro maestro de química que al presentarse nos había dicho:

“Miren jóvenes… de la materia que según tengo que enseñarles no sé ni madres. Como tengo que cumplir con un horario, aquí estaré con ustedes si es que quieren. Si no, pos me voy y que venga otro que sí sepa. A cambio, todos tienen 8 de calificación final y la pasaremos a toda madre contando cuentos”.

No aprendí nada de la química, pero empecé a oir los llamados cuentos colorados que aquel mal conductor de nuestra enseñanza secundaria se sabía y muy bien.

Una venerable y flaca anciana fungía como maestra de inglés. Tan vieja y arrugada nos parecía que no tardó en ser bautizada como Mis Pellejos. Aparte de estar cargada de años, acaso unos sesenta (la ancianidad de esa época), nos hablaba siempre en la lengua de Shakespeare, por lo que nos amotinamos contra ella frente al subdirector secretario, Flavio Camelo, después de atiborrar el pizarrón con caricaturas mostrando gatos en permanente maullidos y comiendo pellejos. El subdirector nos recetó un remedio tal que añoramos a Mis Pellejos. El nuevo maestro resultó ser un anciano cascarrabias, pelirrojo y regañón que llegaba siempre montado en una motoneta luciendo un elegante sombrero tipo europeo. Con inusitada frecuencia, sombrero y motoneta se desaparecían de sus ojos y recalaba con todos.

En ese grupo de tercero de secundaria, dos personas fueron muy notorias para mí: Nancy, una tímida muñeca morena de apenas si habla, que me perseguía por todos los rincones del Casco de Santo Tomás; y un dizque amigo que aprovechó mi singular timidez de provinciano y enamoró a la Nancy. Cuando le reclamé a la jovencita enamorada me contestó: ¡újule!, tantas veces que estuve para allá y para acá contigo y ni un beso me diste.

Mi compañero, el quemecomióelmandado hizo una travesura genial: puso una colilla de cigarro en el banco donde el profesor cascarrabias sentaba sus posaderas. Después de unos minutos en los que su pantalón empezó a humear, el profesor me aventó el borrador a la cara, al grito de ¡usté fue, verdá buey!, me sacó del salón y me endilgó un cinco de calificación mensual… Con esta calificación reafirmé mi calidad de provinciano ingenuo.

Autor:

Silvio Maldonado Bautista

+++++++++

Yo era un mocoso… (Mis primeros cincuenta años…)

– I –

-Morelia

Para mi fortuna nací en Michoacán el mismo año que nació el Instituto Politécnico Nacional, 1936. Como quien dice, con el tiempo y más años, presumiría de ente destinado a formarme en esa casa de estudios, máxima obra educativa de Lázaro Cárdenas del Río y Juan de Dios Bátiz y pilar fundamental del desarrollo tecnológico de México.

Mis primeros años se fueron en una miscelánea de planteles; entre ellos, uno moreliano para soplarme dos años de párvulo. Después, apareció en mi camino la Escuela Rural Federal Francisco I. Madero (Jungapeo) en la que cubrí tres años completos y un cuarto que, oficialmente, no tuvo validez educativa, como cuarto de primaria, porque aquella maestra Esther Pedraza no me concedió el examen final; yo había tenido un accidente y, como consecuencia, no pude asistir el día de las pruebas. Independientemente de ser el alumno más sobresaliente en los años anteriores, el cuarto se me esfumó en la necedad y sentido poco práctico de la profesora: en mi boleta asentó: no presentó examen final.

La ciudad de México del 1947 fue donde repetí el cuarto grado en la Escuela de las Vizcaínas. Un año pleno de aventuras, porque además de tener excelente maestra, tuve un recorrido interminable y placentero, desde las calles de la colonia Obrera, patas de perro hacia delante, por los paseos sobradamente atractivos y fantásticos de aquellos años, que La Muy Noble, Leal e Imperial Ciudad de México (José Antonio de Villaseñor y Sánchez, 1753); Ciudad de los Palacios (Charles Joseph La Trobe, 1834) ofrecía a sus visitantes: Chapultepec, Coyoacán, La Villa, Xochimilco, El Peñón, Nativitas, Tlalpan, San Ángel, La Alameda, El Puente de Nonoalco, monumento a La Raza y muchos otros de aquella ciudad, la de la región más transparente (Alexander Von Humboldt 1804; Alfonso Reyes 1917; Carlos Fuentes, novela 1955) y cosmopolita, en la que ya se vislumbraba el crecimiento de la televisión a partir de su primitivo canal XE1GC de Guillermo González Camarena (IPN, inventor de la televisión tricrómica o a color)); en tanto, las estaciones radiodifusoras reinaban a plenitud y vivían la preferencia de los casi cuatro millones de habitantes de la ciudad y muchos más de las entidades federativas de México y países de  América: XEB, XEQ, y más que nada la XEW, la Voz de América Latina desde México, con programas estelares como La hora Azul del músico poeta Agustín Lara; Cri, Cri, “El Grillito Cantor”; Apague la Luz y Escuche, con Arturo de Córdoba; Chucho el Roto; radio moconovelas, como “El Derecho de Nacer”; de suspenso y miedo como el Monje Loco;  y el desfile interminable de estrellas de primera magnitud como Emilio Tuero, Juan Arvizu, Luis Arcaraz, Nicolás Urcelay, José Mojica, Alfonso Ortiz Tirado, Tito Guízar, Los Panchos, Maria Luisa Landín, María Victoria, Panzón Panseco, Mario Moreno Cantinflas, Germán Valdés “Tin Tán”, Agustín Lara, Toña la Negra, Angelines Fernández, Carmen Rey, Pedro Infante, Jorge Negrete, Pedro Vargas, José Alfredo Jiménez, Fernando Fernández “El Crooner de México”, Gustavo Adolfo Palma, Los Tres Ases, Los Tres diamantes, Hugo Avendaño, Amparo Montes, Héctor Martínez Serrano, un universo de luminarias del cielo mexicano y latino.

Regresé a la capital michoacana y llegué a ocupar las butacas escolares, primero del Instituto Valladolid; después las del Colegio Valladolid en un intento frustrado de convertirme en hermano marista, hijo del entonces venerable Marcelino Champagnat (Marcelino Champagnat sería beatificado tiempo después por el papa Pio XII; y elevado a los altares como santo, por Juan Pablo II).

Con tristeza intensa regresé al Instituto, porque el titular del Colegio dijo claramente que no servía para maestro. A la culminación de esa enseñanza primaria fui galardonado por el Instituto Valladolid como el mejor de mi generación y campeón de ortografía. Esos dos años tuve de condiscípulos a Guillermo Villicaña y Manuel Romero, hijos de reconocidas familias morelianas.

Dos años, 1950 y 1951, estuve como estudiante de la entonces Secundaria San José de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Mi certificado de esos dos años fue firmado por el rector Gregorio Torres Fraga.

Finalmente, en 1952 entraría a las aulas de la Escuela Tecnológica o Prevocacional # 5, del Instituto Politécnico Nacional, en el Casco de Santo Tomás…

Sigue

¡Y de veras que yo era un mocoso e incansable pata de perro!

Autor:

Silvio Maldonado Bautista

(Tomado de GUIA, Semanario Regional Independiente,

Zamora, Mich., México. www.semanarioguia.com.mx )

++++++++++

Advertisements

One Response

  1. […] Mis Primeros Cincuenta Años. Silvio Maldonado Bautista. […]

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: