Chilchota.Benjamín González Oregel

Puebleando  Chilchota, lugar de chiles verdes, o el níveo de sus azahares.

BENJAMÍN GONZÁLEZ OREGEL

Chilchota, Mich., —  Chilchota, tanto en purépecha como en náhuatl, tiene el mismo significado: “lugar de chiles o chile verde“. Sin embargo, algunos etimologistas interpretan la palabra como “lugar de sementeras“. La primera interpretación de Chilchota puede ser la más acertada, ya que durante la época prehispánica el chile era cultivado y recolectado en gran escala en toda la cañada, como forma de tributo y comercio con los pueblos de la puesta, se lee en la versión presuntamente oficial, que aparece en la monografía del municipio. Condición que ostenta desde que la Ley Territorial del año de 1831 le otorgó dicha categoría.

Sabemos que las primeras luces acerca de la existencia de lo que hoy la cabecera del municipio, que lleva el mismo nombre, proceden de la época de la conquista. Evento que se dio allá por el año de 1524. Desde entonces, Chilchota fue señalada como asentamiento de familias hispanas. Y fue allí, como en la entrega anterior se anotó, donde se instaló el corregimiento tributario, bajo la tutela de don Alonso de Haro (el 24 de septiembre de 1603), antes de ser constituido como “República de Indios”. Condición que, en no pocas ocasiones fue violada por los llegados del otro lado del Atlántico.

El territorio de este municipio, que se localiza al noroeste del Estado, en las coordenadas 19º51′ de latitud norte y 101º87′ de longitud oeste, a una altura de 1,770 metros sobre el nivel del mar, y que tiene como vecinos a Tangancícuaro, Purépero al norte y a Zacapu y Cherán, al este,  a Charapan y Paracho al sur, mientras al oeste vuelve a encontrarse con Tangancícuaro, y que dista unos 120 kilómetros de Morelia, no iba a ser la excepción en aspecto relacionado a la posesión y propiedad de las tierras. Lo que motivó la aparición de latifundios. Mismos que, al paso de los años y el cambio de las circunstancias, dieron origen al nacimiento de líderes de todo tipo.

En la investigación realizada por Christopher R. Boyer, de la Academy for International and Area Studies, Harvard University Department of History, Kansas State University, subtitulada Viejos amores: la llegada del agrarismo a Michoacán, puede leerse que:

“Cuando Francisco J. Múgica llegó al gobierno estatal en el año de 1920, pocos michoacanos habían experimentado levantamientos campesinos en su patria chica. En el siglo XIX, los insurgentes Miguel Hidalgo y José María Morelos levantaron ejércitos en la región occidental del país, pero durante la revolución del siglo siguiente, no hubo mayores trastornos en la región. En contraste a sus similares en Sonora y Coahuila, los terratenientes y políticos revolucionarios michoacanos nunca movilizaron grandes ejércitos de “sus” campesinos y empleados. Tampoco crearon los mecanismos del control de las masas armadas que los constitucionalistas lograron imponer en el norte. Y en contraste a Chihuahua y Morelos, nunca hubo un Villa o un Zapata que encendiera un movimiento amplio de gente rural. En Michoacán pues, la mayoría de la población experimentó la revolución como un periodo de inseguridad, carestía y enfermedad, sólo interrumpido a intervalos por la ocasional aparición de ejércitos revolucionarios que transitaron el territorio michoacano con destino a otros estados de la república.

“La relativa calma de Michoacán antes de y durante la revolución favoreció a los hacendados locales. Las haciendas más grandes continuaron sus operaciones agrícolas durante los años revolucionarios y consecuentemente obtuvieron ganancias impresionantes cuando la demanda por sus productos aumentó después de 1910. Por 1920, las tensiones entre hacendados y pueblos independientes circunvecinos se mantuvo en auge. Grupos de campesinos se quejaron de una nueva ola de saqueos. Denunciaban que las haciendas acaparaban cada vez más territorios, comprándolos, presionando a los pueblos a vender, o simplemente robándolos.

La revolución de los socialistas

“Francisco J. Múgica llegó al poder en octubre de 1920 gracias en gran parte a un levantamiento campesino bien planificado. La campaña electoral para gobernador había transcurrido tres meses antes, y produjo dos cámaras de diputados locales y dos gobernadores auto-proclamados. Para consolidar su posición, Múgica y sus aliados persuadieron a las defensas civiles de dos pueblos campesinos cercanos a Morelia. Les invitaron a expulsar a los anti-mugiquistas y también introdujeron otro grupo de campesinos armados, originarios de Uruapan, disfrazados de una banda de música. Las defensas agraristas se combinaron y sacaron a sus contrincantes de sus posiciones en el palacio municipal de Morelia. El destacamento federal en Morelia -en aquel entonces bajo las órdenes del joven general Lázaro Cárdenas, el gran amigo y confidente de Múgica- no impidió la intervención de las defensas civiles. Gracias a la movilización militar y política de campesinos afines, Múgica ganó un control raquítico del gobierno. Asimismo, dio un tono militante a su corta administración en Michoacán.

“Aunque muchos campesinos habían perdido sus tierras a manos de hacendados en las décadas antes de la llegada de Múgica, muy pocos apoyaron al gobernador agrarista. La política mugiquista, y sobre todo el anticlericalismo de los socialistas, sembró desconfianza entre la mayoría de los campesinos.  Además, Múgica no era el primer político que prometía una reforma agraria en Michoacán, y ningún político revolucionario había cumplido con sus promesas. Así que Múgica y sus aliados no tardaron en notar la falta de apoyo rural para su gobierno. Aun los campesinos que protestaron su apoyo a Múgica exigieron pago para asistir a las manifestaciones socialistas. Múgica hizo frente a sus problemas políticos por medio de una reforma agraria de relámpago, esperando que se le diera un apoyo más firme entre las clases humildes. Pero los socialistas, como casi todos los líderes de la época posrevolucionaria, tenían dificultades en hacer que sus disposiciones legales fueran respetadas en el campo y los pueblos, donde los que tenían el control efectivo eran los bandidos, las guardias  blancas y los militares. Los mugiquistas también se dieron cuenta de que tendrían que armar a los agraristas si querían realizar su programa político en el campo. La actuación de Múgica militarizó el proceso de la reforma agraria y fomentó la elaboración de discursos populares que asociaron la violencia colectiva con el establecimiento de los ejidos en Michoacán.

“Otro ejemplo del poder transformador de la política cultural posrevolucionaria se percibe en el hecho de que os jefes agraristas generalmente expresaron su poder a través de prácticas culturales bien establecidas y tradicionales. Ahora bien, es cierto que Primo Tapia, el famoso agrarista de Naranja, se burló del clero y expulsó unos supuestos “fanáticos” del pueblo. Pero Tapia también resucitó varias fiestas religiosas en Naranja. Tapia impulsó el litigio agrario de su pueblo con las ganancias de las fiestas locales. Pero por otro lado, reconoció el poder simbólico de las danzas tradicionales y la pompa religiosa. Según el antropólogo Paul Friedrich, Tapia ‘quiso reproducir el estímulo popular y sensible de las fiestas y ligarlo con el nuevo orden moral y político del agrarismo’.

“Otro cacique agrarista, Ernesto Prado, también participó públicamente en espectáculos anticlericalistas. No obstante, a él también le gustaba patrocinar las danzas tradicionales de su tierra natal. Además, Prado se llevaba bien con el párroco local y -tal como Tapia en Naranja- a él le gustaba encabezar los desfiles religiosos de La Cañada. Ambos caciques se comportaron como los tradicionales “cargueros” políticorreligiosos de Michoacán. Claro que esos ‘cargueros’ agraristas se diferenciaron de sus antepasados: también eran jefes políticos relacionados con la expansión del Estado posrevolucionario.

“Las prácticas que caracterizaron al agrarismo no eran completamente novedosas, pero el discurso agrarista que los caciques y maestros rurales construyeron, sí lo fue. Los revolucionarios pueblerinos tildaron a los hacendados de ‘explotadores latifundistas’, mientras que los agraristas se presentaron como ‘honrados y entusiastas campesinos’, y la reforma agraria (de por sí una novedad) llegó a ser una iniciativa hecha por el gobierno ‘por la emancipación de los derechos sagrados del pueblo, [que] ha dado al pueblo lo que es del pueblo’. El nuevo lenguaje revolucionario se difundió a lo largo de la esfera pública de Michoacán. Los maestros rurales asistían a los mítines agraristas y leían en voz alta su correo oficial; los políticos y maestros más destacados de la entidad pronunciaron plática tras plática en las escuelas y en los zócalos; y donde quiera que había un acontecimiento de alguna importancia, llovían pasquines y hojas sueltas.

El lenguaje político de los revolucionarios pueblerinos logró vincular las experiencias de los agraristas (sobre todo, su desconfianza en cuanto al clero) con la ideología oficialista revolucionaria que emanó desde Morelia y la capital de la república. Ya en 1923 -tres años antes de la cristiada- los líderes agraristas de Tiríndaro se quejaron de un cura que, “no solo se ha prestado como instrumento de los latifundistas aventureros.., sino que, ya en el púlpito, ya en el confesionario y por todos los medios a su alcance, hostiliza de una manera despitadada [sic] a los trabajadores en general. . .“. En los años siguientes, los agraristas se quejaron cada vez más frecuentemente del clero rural, y de “las clases reaccionarias” en general. Así, el radicalismo anticlerical de los agraristas se identificó simbólicamente con su lucha por la tierra”.

La migración y economía

Aunque es evidente, la migración de los nacidos en la cabecera del municipio –es más abundante esta sangría en las comunidades situadas al noroeste del municipio, allí donde se besa con Tangancícuaro, en donde se presume que más de la mitad de los allí nacidos viven fuera del terruño–, es mucho menor que la que  experimentan y sufren los vecinos, sobre todo hacia Estados Unidos. Notable es, sin embargo, la frecuencia con que los hijos de los chicholtenses, cuando han salido a completar su educación, gustan avecindarse en la capital del Estado, principalmente.

Cruzado por las corrientes de los ríos Duero y Rito, el municipio cada vez depende menos de los recursos que le proporcionan especies maderables como son el pino y el encino. Gracias a tala indiscriminada a que han sido sometidos sus bosques. Lo que ha propiciado el surgimiento de grandes plantaciones aguacateras.

Un lugar preponderante, en lo económico, lo ocupan la panadería –un pan que se consigue, consume y aprecia en buena parte del noroccidente del Estado, y que es ofrecido, en no pocas veces,  por los chicholtenses tahoneros; y la fabricación y confección de azahares y prendas para ocasiones especiales. En esta actividad, las cifras que se dan a conocer son increíbles. Tanto que podríamos afirmar que al verde de sus bosques, lo cubre el regio níveo que elaboran sus mujeres.

Hijos ilustres

Jesús Álvarez Constantino nació en esta población el 17 de octubre de 1914. Narrador. Estudió en la Escuela Normal de Morelia. Fue director de Educación Federal y Estatal. Editor de Nosotros; dirigió las ediciones de Renovación y La Gaceta Municipal. Presidente del Círculo de Amigos de la Cultura de La Piedad, escribió y publicó una par de novelas: El Centauro y El Quijote adolescente. Además, como maestro que fue, enriqueció la docencia con obras como: La educación en la comunidad, Lecciones de historia de Michoacán, para uso de los alumnos del tercer año de enseñanza primaria, Lecciones de geografía de Michoacán, para uso de los alumnos del tercer año de enseñanza primariaDirección de escuelas, teoría y práctica, Los nuevos programas de educación primaria,  Interpretación y desarrollo, Nociones de lingüística, Gramática funcional del español y El pensamiento mítico de los aztecas. Murió, en 1986. Es, con mucho, el más preclaro de cuantos hijos ha dado esta comunidad.

Como insignes son también: el poeta Agapito Silva (quien murió jovencito, nació en 1850 y partió 19 años más tarde); así como el jurisconsulto, dramaturgo y también poeta, Francisco Vaca (1824-1894).

Una visita a este lugar es recomendable. Además de las bellezas naturales que nos ofrecen la Cañada, el valle y las vistas de sus pueblitos, podremos disfrutar de su gastronomía y artesanías; y hasta de un buen chapuzón en el Ojo de Agua.

(Tomado de GUIA, Semanario Regional Independiente.

Zamora, Mich., México. www.semanarioguia.com.mx )

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